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Por Gustavo Thompson.
No es un problema menor. No es un ruido pasajero. Es, a esta altura, una crisis comunicacional en toda regla.
El gobernador Claudio Poggi cuenta con algo que cualquier dirigente del país envidiaría: un aparato comunicacional que concentra cerca del 90% de los medios provinciales. Sin embargo, hoy ese mismo esquema muestra una debilidad tan evidente como incómoda: menos de media docena de medios lo han puesto en jaque.
Y eso, en términos políticos, no es casualidad.
Es un síntoma.
Porque cuando un gobierno con semejante volumen de comunicación no logra ordenar el relato en un momento crítico, lo que falla no es la cantidad… es la calidad, la estrategia y la inteligencia del manejo.
Lo que estamos viendo en San Luis es un caso de estudio.
Mientras el escenario político se recalentaba por causas judiciales de un lado y del otro, el gobierno provincial no solo no logró contener el impacto, sino que cometió errores básicos de manual. El más grave: subestimar el momento, confiar en que el control de medios alcanza y, peor aún, exponer decisiones que profundizan el problema en lugar de resolverlo.
Blanquear gastos millonarios en figuras mediáticas como Wanda Nara, en medio de un escándalo judicial que involucra a funcionarios de primera línea, no es una estrategia: es una torpeza comunicacional. Porque la política no se tapa con entretenimiento cuando lo que está en juego es la credibilidad.
La sociedad sanluiseña no necesita que le “desactiven” un escándalo.
La sociedad ya sabe. Ya vio. Ya entendió.
Y ahí es donde la comunicación oficial debió actuar como lo que realmente es:
el principal anticuerpo del gobierno.
La comunicación no está para decorar.
No está para amplificar lo que anda bien.
No está para gastar millones en marketing vacío.
Está para algo mucho más serio:
– proteger la credibilidad de la gestión
– ordenar el mensaje en momentos de crisis
– anticiparse a los conflictos
– y tomar decisiones rápidas que eviten que el daño escale
Nada de eso ocurrió.
Desde afuera —y con sentido común— se advertía algo elemental:
Bazla debía renunciar de inmediato.
No lo hicieron.
Se demoraron. Dudaron. Subestimaron.
Y lo que podría haber sido un control de daños terminó en una situación más grave: el propio gobernador se vio forzado a echarlo.
Ese detalle no es menor.
Marca pérdida de iniciativa. Marca reacción tardía. Marca desorden y torpeza.
Y pasa algo aún más profundo: una conducción comunicacional que no está a la altura del poder que administra.
Porque si con el 90% del aparato mediático no lográs imponer agenda, ni encuadrar una crisis, ni proteger al gobernador de un desgaste innecesario… entonces el problema no es externo.
– El problema está adentro.
Hoy, Claudio Poggi aparece molesto. Incómodo. Cuestionado.
Y tiene razones.
Pero la pregunta que empieza a flotar es otra:
¿qué están haciendo sus “genios” de la comunicación?
Porque lejos de blindar la gestión, la han dejado expuesta.
Lejos de ordenar, han desordenado.
Lejos de anticipar, han corrido de atrás.
Y lo más grave: han permitido que un puñado de medios, con mucha menos estructura, marquen el pulso de la conversación pública.
Eso, en política, es inadmisible.
San Luis está dando una lección clara:
no alcanza con tener medios.
no alcanza con tener presupuesto.
no alcanza con tener influencia.
– Hace falta conducción, criterio y timing. Esta claro que: NO MANEJAN, MENOS, CONTROLAN EL RELATO.
Porque en la comunicación política, como en la gestión,
el poder no se mide por lo que tenés… sino por lo que sabés hacer con eso.
Y hoy, ese poder, claramente,
está mal administrado.