Cuando la política deja de ser ideas y se convierte en acuerdos de poder

Cuando la política deja de ser ideas y se convierte en acuerdos de poder

Por Walter Magallanes.

La historia nos enseña que, cuando los partidos dejan de defender ideas y se unen solo para sostenerse en el poder, la democracia se vacía de contenido.
En Italia, en los noventa, Silvio Berlusconi armó un movimiento que absorbía socialistas, conservadores y hasta la extrema derecha. No había proyectos en disputa: se votaba a Berlusconi.
En Argentina, Carlos Menem siguió un camino parecido: llegó con discurso peronista, pero terminó aliado con liberales y aplicando políticas opuestas a la tradición de su partido. El peronismo pasó a ser un vehículo pragmático, sin identidad definida.
Tras la Segunda Guerra Mundial, un alemán explicó por qué había apoyado tanto tiempo al nazismo: “No había otra cosa que votar. Las elecciones ya no eran para elegir ideas, sino para ratificar al poder de turno.” Esa amarga lección llevó a que Alemania blindara su democracia para garantizar siempre proyectos distintos y evitar que el voto se redujera a obediencia.
Hoy, en San Luis, Claudio Poggi parece repetir ese patrón. Armó alianzas con radicales, PRO, sectores del peronismo como los de Adolfo Rodríguez Saá en San Luis y Maxi Frontera en Villa Mercedes y ahora incluso con la extrema derecha de Milei. El impacto se siente más en los seguidores de Adolfo y Maxi, ya que sus bases peronistas se ven obligados a apoyar lo que antes combatían. El disgusto es evidente: saben que ya no defienden ideas, sino que están atados a un pacto que contradice años de militancia.
Y aquí queda en claro algo más profundo: estos aliados no están juntos por convicciones, sino por comodidad en el poder. Lo que predomina es el cálculo individual, el resguardo de cada espacio, el deseo de seguir ocupando lugares, aunque eso implique tragarse cualquier contradicción ideológica. Es un pacto de conveniencias, no de proyectos.
Así, los puntanos no tendrán en estas elecciones la posibilidad de votar caminos distintos, sino un gran acuerdo armado desde arriba. Lo que se les ofrece no es pluralidad, sino obediencia a una estructura que se alimenta del individualismo y de la comodidad de sus dirigentes.
Grecia ya lo vivió cuando su democracia se vació y terminó dominada por Esparta. Roma lo padeció cuando los caudillos dejaron de discutir proyectos y pactaron entre ellos, abriendo la puerta al César.

En Grecia
En la Atenas del siglo V a.C., la democracia era vibrante: los ciudadanos podían elegir entre proyectos distintos —desde los conservadores como Nicias hasta los reformistas como Pericles—. Pero, tras la Guerra del Peloponeso, los líderes comenzaron a hacer alianzas cambiantes solo para conservar poder. Ya no se discutían ideas, sino facciones y conveniencias. El resultado fue que Atenas perdió su esencia democrática y terminó bajo la hegemonía de Esparta.
En Roma
Siglos después, la República romana también se fue vaciando de contenido. Durante mucho tiempo, los comicios enfrentaron proyectos diferentes: los populares defendían la voz del pueblo y los optimates, los intereses del Senado. Pero, con el paso de los años, las elecciones se transformaron en acuerdos personales entre caudillos. El ejemplo más claro fue el Primer Triunvirato, cuando César, Pompeyo y Craso se repartieron el poder. Allí ya no se votaban proyectos distintos, sino el juego de tres líderes que habían pactado todo por arriba. El desenlace fue el fin de la República y el inicio del Imperio, donde solo se obedecía al César.

La lección es clara: cuando la política se convierte en un simple reparto de poder, la democracia pierde su esencia. San Luis debería mirarse en ese espejo: sin opciones reales ni proyectos en disputa, lo que queda no es democracia, sino obediencia disfrazada de pluralidad.

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