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Por Gustavo Thompson.
Hay nombres que no se compran, no se inscriben y no se apropian sin dejar una marca imborrable en la historia. El Trébol Mercedino es uno de ellos. Porque El Trébol no nació en un trámite administrativo ni en una oficina de marcas: nació en el seno de la familia Ávila, de la mano de su creador, el inolvidable Sapo Ávila, y creció con guitarras, trabajo, escenarios y pertenencia a Villa Mercedes, realidad que hoy los «usurpadores» no respetan a Villa Mercedes, miren la actitud de Cristian Romero en Juan Jorba.
Romero, un verdadero irrespetuoso, provocador y desagradecido, hoy, el nombre Trebol Mercedino ya no está en manos de la familia que lo creó. Y aunque algunos pretendan ampararse en la frialdad de lo “técnicamente correcto”, lo ocurrido constituye un despojo ético y moral que la historia no va a absolver.
Tras la muerte del Sapo Ávila, la familia atravesó lo que atraviesa cualquier familia que pierde a su pilar: duelo, dolor, desorientación. En ese contexto humano —no burocrático— se produjo un vacío legal en la renovación del nombre artístico. Ese vacío fue aprovechado, sin diálogo, sin respeto y sin la mínima consideración hacia la familia fundadora, por terceros que avanzaron para inscribir la marca a su nombre, una acción oscura, de absoluta bajeza, absolutamente consientes del daño que ocasionaban..
Puede que los papeles estén en regla.
Pero la legitimidad no se construye con oportunismo, sobre todo cuando termina en manos de ignorantes que no saben ni hablar, es decir, poca escuela, solamente de esta manera se justifica la salvajada que cometieron al quitarles el nombre a la familia Avila.
Porque apropiarse de un nombre histórico mientras la familia creadora llora a su fundador no es astucia: es bajeza moral. Y porque cuando no hay palabra, cuando no hay mesa, cuando no hay respeto por la historia ajena, lo que queda es una acción fría que podrá ser legal, pero jamás será justa.
El Trébol Mercedino es una marca cultural, no un producto descartable. Es identidad cuyana, es Villa Mercedes, es memoria colectiva. Pretender borrar ese origen con un trámite administrativo es desconocer la raíz misma del folklore, que se transmite por herencia simbólica, no por oportunismo registral.
Más grave aún resulta que, desde ese lugar apropiado, se hayan escuchado expresiones públicas despectivas hacia Villa Mercedes, la ciudad que dio todo para que el grupo existiera, creciera y fuera reconocido. Cuando se muerde la mano que alimentó, se rompe un pacto invisible con la comunidad.
Hoy corresponde decirlo con todas las letras:
– El nombre, la marca y la identidad de El Trébol Mercedino pertenecen histórica, cultural y moralmente a la familia Ávila.
– Lo demás podrá figurar en un registro, pero no figura en la memoria del pueblo.
Porque los papeles vencen.
La historia no.