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Por Gustavo Thompson.
En San Luis hay una sensación que se repite en la calle, en los cafés y en la conversación cotidiana de la gente: la política parece más concentrada en administrar presupuestos que en despejar definitivamente las dudas de corrupción que pesan sobre el poder.
No es una acusación judicial.
Es una percepción política que crece cuando las decisiones no llegan.
Desde hace años, la provincia arrastra sospechas públicas vinculadas a la gestión del exgobernador Alberto Rodríguez Saá. Más de una veintena de exfuncionarios de su administración han sido denunciados o investigados en la Justicia, situación ampliamente difundida por distintos medios. Sin embargo, el principal responsable político de aquella estructura nunca fue citado a declarar.
Ese dato, por sí solo, no prueba culpabilidad, pero sí plantea una inquietud institucional imposible de ignorar:
¿cómo se explica que tantos engranajes estén bajo sospecha y el centro del poder permanezca intacto?
El silencio que incomoda
Hoy el gobernador Claudio Poggi tiene una oportunidad histórica: cerrar definitivamente una etapa oscura y despejar cualquier duda sobre la continuidad de prácticas del pasado. Pero esa oportunidad exige coraje político, no administración prolija por no decir otra cosa y ser prudente, por ahora.
La falta de decisiones contundentes no puede leerse solo como prudencia. Cuando el tiempo pasa y las señales no llegan, la prudencia empieza a parecer indefinición. Y la indefinición, en política, siempre beneficia al statu quo.
Surge entonces una pregunta inevitable:
¿hay condicionamientos que impiden avanzar más rápido?
¿Presiones? ¿Acuerdos tácitos? ¿Temor a romper equilibrios frágiles?
No afirmamos nada.
Pero algo no encaja.
Un gabinete ausente
La soledad política del gobernador también es visible.
En los momentos donde se espera liderazgo colectivo, sus colaboradores brillan por su ausencia. No aparecen defendiendo decisiones profundas, no empujan debates incómodos, no exhiben valentía política. Alto manojo de cobardes.
Eso sí: se los percibe muy atentos cuando se trata de presupuestos, partidas, contrataciones, vueltos y facturación. En ese terreno, la eficiencia parece garantizada.
La pregunta es incómoda, pero necesaria:
¿estamos ante un gobierno que prioriza la «prolijidad contable» por sobre la limpieza institucional?, suave el vago, por ahora.
El dilema de fondo
San Luis no necesita más administración disfrazada.
Necesita definiciones CONCRETAS, CON CERTEZAS.
Porque llega un momento en que hay que separar la paja del trigo. Y ese momento es ahora.
Gobernador:
¿de qué lado está usted?
¿Del lado de una nueva etapa, que investigue, transparente y cierre heridas?
¿O del lado de la misma escuela política que durante años concentró poder y dejó demasiadas preguntas sin responder?
Nadie le pide condenas.
Se le pide decisión.
Nadie le exige acusar.
Se le exige no mirar para otro lado. Se esta haciendo muy el distraído y los sanluiseños no somos pelotudos, no nos trate como tal.
Las mafias —reales o percibidas— no se sostienen solo con delitos.
Se sostienen con silencios, con miedos y con comodidad política.
San Luis merece algo mejor.
Y la historia no juzga a los gobernantes por lo que administraron,
sino por lo que se animaron a cambiar.