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Las dudas sobre si los restos repatriados a San Luis ¿pertenecen realmente a Juan Crisóstomo Lafinur?.
La figura de Juan Crisóstomo Lafinur, poeta, filósofo y uno de los primeros intelectuales del territorio puntano, volvió a ocupar el centro de la escena cuando en 2007 la Provincia de San Luis anunció con fervor la repatriación de sus restos desde Chile hacia La Carolina, su pueblo natal. El acontecimiento fue celebrado como un acto de justicia histórica. Sin embargo, casi dos décadas después, persiste una pregunta incómoda que nunca fue abordada con rigor:
¿Los restos que descansan hoy en el Museo de la Poesía pertenecen realmente a Lafinur?
Lo que en su momento se presentó como un relato o hecho indiscutible, con ceremonias oficiales y discursos cargados de épica provincial, en realidad se sostiene sobre bases débiles. La certeza de la identidad de los restos no proviene de un estudio científico, sino de una cadena de decisiones políticas, administrativas, relatos institucionales y documentos de archivo cuya fiabilidad jamás fue revisada con criterios modernos.
Una repatriación sin peritajes científicos
Para que la repatriación hubiera sido incuestionable, se requerían procedimientos elementales para casos de personajes históricos:
Verificación antropológica independiente.
Análisis de ADN comparativo con descendientes o ramas familiares documentadas.
Peritaje forense del material óseo.
Informe técnico público sobre la exhumación, el traslado y la identificación.
Ninguno de estos pasos fue realizado —al menos no existe registro público, académico ni técnico que lo demuestre—. Si a esto lo planteabas en aquella época te armaban una causa e ibas preso.
No hubo laboratorio, no hubo pericia, no hubo cotejo genético.
Lo que sí hubo fue una decisión política, un expediente administrativo, un acto ceremonial con un presupuesto infernal.
El Cementerio General de Santiago entregó aquello que en sus registros figuraba como la tumba de Lafinur. Ese dato histórico, por sí mismo, no constituye una prueba científica. En 180 años, con reorganizaciones, movimientos internos, deterioros estructurales y pérdidas documentales que los propios archivos del cementerio reconocen, la posibilidad de error existe y es estadísticamente significativa, solo esta la palabra de Beby Pereyra de Yañez y Toto Tessi que por orden de Alberto Rodriguez Saá le habría dicho: TRAEME A LAFINUR SI O SI…
Un relato construido fantásticamente, no una comprobación
La narrativa oficial presenta la repatriación como si fuera un hecho plenamente verificado. No lo es, no lo fué.
La provincia de San Luis construyó —con intención cultural, histórica y también política por no decir capricho— una línea argumental que se sostiene más en la necesidad de reivindicar a un intelectual olvidado que en la certeza material de su identidad. Antojos del gran patrón de Estancia que ya había logrado su primer paso que fue borrar la imagen de Adolfo en San Luis.
Se instaló un relato donde los restos “son de Lafinur” porque así se decidió que fueran. En ese proceso, el peso simbólico eclipsó la necesidad de pruebas. El retorno del poeta fue concebido como un acto de puntanidad, un gesto de identidad provincial, un elemento útil a la construcción de una memoria colectiva.
Pero el símbolo no reemplaza la evidencia.
La operación cultural funcionó, pero dejó un vacío que hoy resulta evidente:
no existe prueba científica alguna de que el cuerpo trasladado desde Chile sea el mismo que fue enterrado en 1824 tras la muerte del escritor puntano.
¿Por qué nunca se planteó públicamente la duda?
La respuesta es sencilla:
porque la repatriación no fue gestionada como un hecho histórico a corroborar, sino como un acto político a consagrar.
Interesados en consolidar un proyecto cultural, sectores del gobierno provincial de aquel momento —y también actores del ámbito académico-institucional alineados— impulsaron una narrativa homogénea, sin lugar para preguntas incómodas.
Cualquier duda, por mínima que fuera, dañaba la solemnidad del mensaje. El viejo garca octogenario no lo permitía con su habano en la mano.
El problema es que la historia no se construye silenciando preguntas, y la identidad de un personaje de la magnitud de Lafinur merece una verificación objetiva. ¿No sería momento de verificar la autenticidad de los restos de Lafinur?.
La pregunta que aún nadie respondió
Hoy, el monumento funerario del Museo de la Poesía es visitado por estudiantes, turistas y autoridades, todos bajo la idea instalada de que allí descansa el poeta puntano.
Pero la única certeza real es esta:
La identificación de los restos se basa en registros antiguos, decisiones administrativas y voluntad política.
No en ciencia. No en evidencia forense. No en pruebas definitivas.
Por eso, la duda no solo es legítima: es necesaria.
San Luis podría —y debería— impulsar un estudio moderno que despeje para siempre la incertidumbre. Sería un gesto de honestidad histórica, de transparencia institucional y de respeto hacia la figura del propio Lafinur, sin lugar a dudas, un nuevo mensaje político para marcar definitivamente el fin de una era chanta y mentirosa.
Hasta tanto eso no ocurra, lo que descansa en La Carolina es, ante todo, un símbolo.
Tal vez un monumento exacto.
O tal vez, simplemente, el resultado de una narrativa que necesitó más épica que evidencia.