Lo que viene en el mundo: los tecnoautoritarios eliminan la política y extinguen la democracia

Lo que viene en el mundo: los tecnoautoritarios eliminan la política y extinguen la democracia

La democracia ya no es sinónimo de libertad

Durante años creímos que la gran disputa global era entre izquierda y derecha, entre populismo y liberalismo, entre Estados Unidos, Rusia y China. Pero un nuevo mapa de poder se está dibujando por debajo de la superficie, y lo que algunos analistas ya llaman “tecnoautoritarismo” empieza a mostrarse como el verdadero tema de época:
la batalla entre la tecnología y la política.

Lo que Marcelo Longobardi viene subrayando al leer y comentar el trabajo de la experta europea Francesca Bria es demoledor:
no se trata solo de redes sociales ni de aplicaciones “cool”. Se trata de corporaciones digitales militarizadas que empiezan a reemplazar silenciosamente funciones del Estado, a condicionar gobiernos y a vaciar de contenido la democracia tal como la conocimos.

1. Del sueño tecnológico al gobierno de las corporaciones

En este nuevo escenario aparecen nombres que se repiten:
Sam Altman, Peter Thiel, Elon Musk, Curtis Yarvin, JD Vance, Donald Trump, entre otros. No son solamente empresarios exitosos: son los arquitectos de una visión de mundo en la que:

  • La inteligencia artificial reemplaza el trabajo humano y hasta la creatividad.

  • La economía y la seguridad dependen de algoritmos y plataformas privadas.

  • La democracia deja de ser un valor y pasa a ser un estorbo para la “eficiencia”.

Peter Thiel –uno de los hombres más influyentes de Silicon Valley, cofundador de PayPal y primer gran inversor de Facebook– lo dice sin rodeos:

“La democracia es incompatible con la libertad”.

Curtis Yarvin, ideólogo de la ultraderecha digital estadounidense, sostiene que la democracia está podrida y que el mundo estaría mejor gobernado por corporaciones que por gobiernos elegidos por el voto.
Sam Altman imagina un futuro donde los robots hacen todo y las personas viven de una renta paga por las grandes compañías de inteligencia artificial.

Es decir: el fin del trabajo como lo conocemos, el fin de la política como mediación y el fin de la democracia como sistema de decisión.

2. De las ideas a los hechos: la captura del Estado por las big tech militarizadas

Lo que muestra Francesca Bria –y que Longobardi desarrolla– es que esto no es solo un debate teórico: ya se está materializando en contratos, sistemas militares y estructuras de poder muy concretas.

Palantir y Anduril: software por encima de los generales

  • Palantir Technologies, empresa ligada a Peter Thiel, firmó con el Pentágono un contrato gigantesco para que su software sea el sistema operativo de la inteligencia militar, la logística y el personal.
    Eso significa que decisiones sobre movimientos de tropas, objetivos y operaciones pasan a depender de plataformas privadas, cuyos dueños han declarado abiertamente su desprecio por la democracia.

  • Anduril, otra empresa del ecosistema tecnoautoritarista, desarrolla sistemas de guerra autónoma con drones capaces de identificar objetivos, atacar y volver sin intervención humana. Es la guerra gestionada por algoritmos.

  • Starshield / SpaceX, de Elon Musk, provee capacidades de comunicaciones y vigilancia orbital que hoy son fundamentales para la OTAN y para varios países. Cuando las comunicaciones militares dependen de la voluntad de un magnate que coquetea con la extrema derecha europea, la llamada “autonomía nacional” se vuelve un chiste.

La democracia reducida a decorado

Bria lo define con una fórmula precisa:
los tecnoautoritarios no necesitan ganar elecciones, necesitan ganar contratos.

  • Colocan su software en el corazón del Estado.

  • Ubican a sus ejecutivos como funcionarios clave en ministerios, áreas de defensa, salud e infraestructura.

  • Controlan datos, sistemas, redes y decisiones críticas.

La democracia queda como fachada, una interfaz vieja que se mantiene para no escandalizar al ciudadano promedio, mientras el verdadero poder se ejerce desde consejos de administración, fondos de inversión y directorios corporativos.

La frase de Thiel se vuelve práctica:

“El conflicto central del siglo XXI no es izquierda vs derecha: es tecnología vs política”.

Y, por ahora, la tecnología va ganando.

3. El cinismo perfecto: dinero, extrema derecha y redes de odio

El cuadro se vuelve todavía más oscuro cuando se cruzan las piezas:

  • Las mismas fortunas que proveen software militar al Pentágono y a gobiernos europeos financian redes sociales y voceros que promueven ideas abiertamente nazis, como el caso de Nick Fuentes en Estados Unidos.

  • Fondos ligados a Thiel y su círculo aportan millones a campañas como la de JD Vance, hoy vicepresidente norteamericano, o a estructuras de la derecha radical europea.

  • Se construye así un ecosistema donde negocio militar, ideología antidemocrática y poder tecnológico convergen.

Mientras tanto, se nos vende el relato de la libertad de expresión, la innovación y el “mundo start up”.
Pero en el fondo lo que se está consolidando es una capa de poder global que no rinde cuentas ante parlamentos ni elecciones, sino ante accionistas e intereses corporativos.

4. ¿Y nosotros dónde estamos? San Luis frente al nuevo orden tecnoautoritario

Mientras todo esto sucede en Estados Unidos, Europa y el corazón de Silicon Valley, San Luis y gran parte de la Argentina parecen discutiendo otro siglo.

Seguimos atrapados en:

  • peleas de caudillos octogenarios o setentistas,

  • lógicas de aparato heredadas de los años 80 y 90,

  • debates que reducen todo a peronismo vs antiperonismo, Milei vs kirchnerismo, sin registrar que el tablero real del poder mundial está cambiando de pantalla.

En San Luis:

  • No discutimos soberanía de datos ni quién controla nuestras infraestructuras digitales.

  • No hay una agenda seria sobre inteligencia artificial, ciberseguridad, plataformas críticas o dependencia tecnológica.

  • Los jóvenes más preparados en temas tecnológicos muchas veces quedan fuera de los espacios de decisión, mientras los esquemas tradicionales sostienen un modelo de poder que mira el siglo XXI con anteojos del siglo XX.

El riesgo es doble:

  1. Quedar completamente fuera del mundo real, discutiendo pequeñas internas mientras las reglas del juego global se escriben en otro lado.

  2. Convertirnos en una periferia digital colonizada, consumiendo plataformas, sistemas y narrativas diseñadas por esos mismos tecnoautoritarios, sin capacidad de respuesta propia.

5. La tarea pendiente: de la demagogia digital a una política adulta

Si lo que describe Longobardi a partir del texto de Francesca Bria es cierto –y todo indica que sí–, el desafío para provincias como San Luis es monumental:

  • Actualizar la cabeza política: dejar de pensar la democracia solo como rito electoral cada dos años y empezar a verla como disputa por quién controla los sistemas que organizan la vida cotidiana.

  • Formar una nueva generación de dirigentes capaces de entender de datos, algoritmos, infraestructuras críticas y soberanía digital, sin caer en el anti-tecnologismo ingenuo.

  • Defender la democracia no como palabra vacía, sino como un sistema donde las grandes decisiones no estén tercerizadas en directorios que ni siquiera sabemos quiénes integran.

Mientras los tecnoautoritarios avanzan para que la democracia sea apenas una pantalla vieja y la libertad quede asociada al poder absoluto de las corporaciones, en San Luis todavía estamos discutiendo con categorías de hace cuarenta años.

El mundo que viene no espera.
O lo pensamos desde ahora –con coraje, con cabeza joven y con política de verdad–
o nos van a programar el futuro desde afuera, sin preguntar.

Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=x_k74oTiaag

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