Marchar al pasado para perder el futuro

Marchar al pasado para perder el futuro

Por Gustavo Thompson.

Hay imágenes que no convocan: expulsan.
Hay palabras que no despiertan conciencia: provocan rechazo.
Y hay gestos políticos que, lejos de debilitar al poder, lo fortalecen.

La reciente convocatoria a una marcha contra el presidente Javier Milei vuelve a dejar al desnudo un problema estructural de la oposición argentina: resistir el presente con los códigos del pasado.

La estética del fracaso

Banderas, consignas, fotos y símbolos anclados en los años 70.
Lenguaje militarizado.
Términos propios de una época de violencia política y trauma colectivo.

Puede emocionar a quienes vivieron aquellos años o los mitificaron.
Pero para una nueva generación —la que hoy define elecciones— ese lenguaje no interpela: incomoda.

El problema no es la memoria.
El problema es confundir memoria con nostalgia política.

La paradoja que favorece al poder

La marcha se convoca, difunde y amplifica a través de las mismas redes sociales que la ultraderecha global domina con precisión quirúrgica.
Plataformas pensadas para:

  • viralizar errores

  • caricaturizar al adversario

  • reducir el debate a memes

  • consolidar relatos simplificados

Es decir, la oposición actúa dentro del ecosistema comunicacional del oficialismo, usando los códigos exactos que Milei necesita para reafirmar su discurso.

Cada imagen setentista, cada consigna anacrónica, cada gesto beligerante es reciclado de inmediato como prueba de lo que el mileísmo denuncia:
“el pasado”,
“la casta”,
“los que no entienden el mundo que cambió”.

Cuando protestar se vuelve funcional

Así, la oposición termina haciendo el trabajo sucio del oficialismo.
No erosiona el poder: lo legitima.

Mientras Milei habla de futuro, tecnología y ruptura, sus opositores parecen atrapados en un loop simbólico que ya no seduce ni moviliza mayorías.

No hay épica ahí.
Hay desfase.

La generación que ya decidió

No es cierto que los jóvenes “no entiendan nada”.
Entienden perfectamente que no quieren volver a lenguajes que les suenan autoritarios, violentos o agotados de corrupción.

Para ellos, esas marchas no representan resistencia.
Representan una política que no los escucha.

Y una oposición que no escucha, no vuelve al poder.

El verdadero campo de las ideas innovadoras.

El poder del mileísmo no está en la calle ni en la represión.
Está en el mensaje cultural, en el sentido común, en la narrativa.

Mientras la oposición siga marchando como si el tiempo no hubiera pasado, no habrá alternancia posible.
No se derrota un proyecto del siglo XXI con símbolos del siglo XX.

El problema no es Milei.
El problema es una oposición que insiste en hablarle a un país que ya no existe por eso aparecen los Gebel.

Marchar al pasado puede calmar conciencias.
Pero no construye futuro.

Y en política, el futuro —aunque incomode— siempre termina imponiéndose.

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