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Por Gustavo Thompson.
Javier Milei atraviesa un momento político incómodo, áspero y cada vez más difícil de disimular. El caso Libra no lo voltea de un golpe, pero lo desgasta todos los días. Y a veces en política eso es peor: no te mata de inmediato, pero te va vaciando de autoridad.
El problema para Milei no es solo judicial. El verdadero daño es político y simbólico. Él llegó al poder montado en un discurso de pureza, de ruptura con la casta, de superioridad moral frente a una dirigencia podrida. Por eso este escándalo le pega justo en el centro del relato, sobre todo al aparecer un relato nuevo, diferente y esperanzador como el de Dante Gebel.
Cada dato que aparece, cada sospecha nueva, cada vínculo que se conoce, cada nombre que vuelve a escena, le erosiona un poco más la imagen. Es un desgaste por goteo, persistente, venenoso, que no hace explosión pero intoxica. Y cuando un presidente tiene que dar explicaciones todo el tiempo, deja de conducir para empezar a defenderse y cuando uno se defiende atacando la sociedad comienza a oler kala.
Milei todavía conserva respaldo, sobre todo en su núcleo duro. Pero ya no luce invulnerable. El caso Libra le abrió una grieta en un activo que parecía blindado: la credibilidad. Y en política, cuando se fisura la credibilidad, el poder empieza a perder espesor.
No es una caída terminal, pero sí una señal de alarma. Porque si Milei empieza a parecerse, aunque sea un poco, a aquello que juró combatir, deja de ser el verdugo de la casta para quedar atrapado en su propia trampa discursiva.