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Por Gustavo Thompson.
Hay decisiones que no sólo incomodan: alertan.
Y cuando una fuerza política exige obediencia anticipada, no está ordenando su estructura: está confesando su debilidad.
La llamada “renuncia anticipada” —o cualquier forma de compromiso previo que condicione el ejercicio de un cargo electivo— viola un principio elemental de la democracia: la libertad de mandato. Un representante no responde a una cúpula, ni a un sello, ni a un reglamento interno. Responde al pueblo que lo votó y a la Constitución que lo ampara.
Pretender lo contrario es un retroceso grave.
El mandato es del pueblo, no del partido
En la Argentina de hoy —y en el mundo— los regímenes partidarios clásicos están en crisis. La sociedad ya no vota estructuras cerradas ni verticalismos ciegos. La gente vota personas, trayectorias, coherencias, valores. Vota caras, no sellos. Vota convicciones, no órdenes.
En ese contexto, imponer una obediencia previa es desconocer la realidad social y política. Es actuar como si el tiempo no hubiera pasado. Como si la ciudadanía siguiera delegando su voluntad en aparatos, y no en individuos con responsabilidad pública.
Cuando el partido se coloca por encima del votante
Exigir disciplina bajo amenaza no fortalece la representación: la degrada.
Porque transforma al representante en un delegado del miedo.
Porque reemplaza el debate por la sumisión.
Porque confunde conducción con coerción.
Y hay algo aún más grave: coloca al partido por encima del voto popular. Eso no es doctrina, no es organización, no es orden. Eso es autoritarismo encubierto.
La crisis de representación no se resuelve con aprietes
La política atraviesa una crisis profunda de credibilidad. La sociedad desconfía, observa, evalúa. En ese escenario, responder con mecanismos de control previo es dinamitar el poco vínculo que queda.
Los liderazgos verdaderos no se sostienen con amenazas.
Las ideas no se imponen con contratos de obediencia.
La unidad no se construye anulando conciencias.
Una advertencia necesaria
No se puede hablar de democracia mientras se condiciona la libertad de quien aún no fue elegido. No se puede hablar de renovación mientras se reinstalan prácticas que huelen a pasado. No se puede hablar de pueblo mientras se lo reemplaza por una firma anticipada.
La política no necesita más obediencia. Necesita más coraje.
Coraje para debatir.
Coraje para disentir.
Coraje para confiar en la gente.
Porque cuando un partido le tiene miedo a sus propios representantes, el problema no son ellos.
El problema es el partido.