Por Gustavo Thompson.
La semana pasada condenaron a una ex funcionaria de Alberto Rodríguez Saá. Esta semana se sienta ante la Justicia un funcionario actual de Claudio Poggi. Y en los próximos días explota la causa Molino Fénix, con la promesa latente (Gobierno de San Luis) de una denuncia penal contra el propio Alberto Rodríguez Saá. La escena ya no admite maquillaje: la política sanluiseña huele a expediente, a barro y a podredumbre, corrupción e impunidad por donde lo miren.
Y lo más grave no es solo la sucesión de causas. Lo verdaderamente insoportable es la obscenidad con la que los dos espacios que pretenden polarizar San Luis —el albertismo y el poggismo— siguen queriendo venderse como opción de futuro, cuando uno arrastra el peso de años de poder contaminado y el otro empieza a mostrar que tampoco vino a limpiar nada, sino apenas a administrar el mismo lodo con otro envase, es muy grosero que el Gobernador ampare a Ricardo Bazla, Lucio Pereyra y CIA.
La sociedad sanluiseña no es estúpida. Ve. Escucha. Toma nota. Y empieza a sentir un hartazgo profundo frente a esta dirigencia capitalina que se reparte cargos, micrófonos, tribunales y miserias mientras la gente pelea todos los días para sobrevivir, bien dicho, capitalina porque el interior de San Luis no tienen nada que ver con la corrupción de los «Sangre Azul y doble apellidos». En uno de los peores momentos económicos de la Argentina, con comerciantes fundidos, jubilados destruidos, salarios pulverizados y familias enteras viviendo al borde, observar a los protagonistas del poder desfilar por estrados judiciales ya no indigna solamente: repugna.
El albertismo dejó una marca pesada, oscura, de impunidad, cajas, soberbia y apropiación del Estado. Pero el poggismo, que quiso vestirse de prolijidad institucional, empieza a quedar salpicado por la misma mugre que prometía combatir. Y ahí está el drama político de fondo: cuando el que venía a diferenciarse termina dando explicaciones judiciales, se cae la estantería moral completa, el goteo del desprestigio esta en marcha, solo hay que esperar que se llene el vaso.
San Luis está entrando en una etapa peligrosa: la de la descomposición de los dos polos tradicionales. Porque cuando un espacio viene del desgaste histórico y el otro se empieza a pudrir en tiempo real, lo que aparece no es estabilidad, sino vacío. Y en ese vacío nace otra cosa. Un tercer San Luis. Una reacción. Un rechazo. Una necesidad de salir de esta lógica de impunidad maquillada de democracia.
Por eso no es casual que empiece a prender otro relato. Otra frecuencia. Otra emocionalidad pública. La figura de Dante Gebel aparece, precisamente, porque hay una sociedad cansada de las barbaridades, del grito berreta, del aparato, del carpetazo, de la rosca inmunda y del cinismo con el que unos y otros siguen creyendo que la gente no entiende nada. Entiende todo. Y está harta.
Lo mismo empieza a sentirse en la Argentina de Javier Milei. El desgaste nacional crece, el malhumor se expande y la decepción empieza a perforar los relatos que hasta hace poco parecían blindados. En San Luis, esa fatiga política también se traduce. Ya no alcanza con señalar al otro. Ya no alcanza con posar de decente. Ya no alcanza con hablar de cambio mientras los nombres del poder aparecen una y otra vez al borde del banquillo.
La verdad es brutal: San Luis está viendo cómo sus supuestos salvadores se embarran solos, no pueden culpar a nadie, se están destrozando entre ellos y la sociedad solo observa. Y cuando la comunidad descubre que los de un lado y los del otro terminan unidos por el mismo olor a impunidad, algo se rompe para siempre.
Se terminó la paciencia. Se terminó el verso. Se terminó la tolerancia frente a una dirigencia que se cree dueña de la provincia mientras arrastra a la política a un pantano nauseabundo.
San Luis mira. San Luis recuerda. Y San Luis empieza a cansarse de verdad.
Y cuando un pueblo se cansa de verdad, no avisa: castiga.