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Por Gustavo Thompson.
Durante décadas en San Luis se instaló una costumbre política y cultural que ya resulta insostenible: confundir la capital con la provincia. Como si el territorio, la identidad y la vida política de San Luis comenzaran y terminaran en unas pocas cuadras entre la ciudad capital y Juana Koslay, ahora rebautizadas con una grandilocuencia que roza lo grotesco como el llamado “Gran San Luis”.
Gran… ¿en qué sentido?
Porque en habitantes, ese conglomerado urbano no supera siquiera a un barrio de la Ciudad de Buenos Aires. Sin embargo, desde allí se construyó durante años una lógica de poder que pretendió imponer a través de los octogenarios una idea peligrosa: que la provincia se piensa, se decide y se informa desde la capital hacia el resto del territorio.
Ese modelo ya está agotado.
Durante décadas, la capital intentó monopolizar la política, la agenda pública y sobre todo la información, generando una especie de centralismo provincial que poco tiene que ver con el espíritu federal que debería regir a una provincia diversa, extensa, colectiva, pluralista y llena de comunidades con identidad propia.
En otras palabras: la información fue encapsulada, parece ser que hay una capital en San Luis, otra en Villa Mercedes, otra en Dupuy y otra en el norte de la provincia. NO ES ASI…
Se decidió qué era noticia, qué importaba y qué debía quedar relegado a un segundo plano. Y casi siempre, curiosamente, lo importante ocurría en la capital mientras el resto de la provincia aparecía apenas como paisaje y la resaca de las informaciones cuando es el interior quién banca la parada del mayor ataque al Gobierno de San Luis.
Pero San Luis no es la capital.
San Luis es también Villa Mercedes, Justo Daract, La Toma, Tilisarao, Merlo, Quines, Buena Esperanza, Concarán y cada pueblo que sostiene con trabajo y cultura la verdadera identidad puntana.
Y ese interior está empezando a decir algo que hace tiempo venía masticando en silencio:
basta.
Basta de centralismo disfrazado de modernidad.
Basta de que unos pocos se arroguen la representación de toda una provincia.
Basta de ese viejo esquema político que pretende decidir desde un escritorio lo que debe pensar el resto del territorio.
Porque además hay un dato que la sociedad ya no ignora: la capital también concentra los mayores nichos de corrupción política que ha tenido la provincia. Los sucesivos enfrentamientos judiciales entre distintos sectores del poder —desde el rodriguezsaaísmo hasta el poggismo— dejaron al descubierto algo que la gente observa con claridad: nadie puede arrogarse superioridad moral cuando las manchas se reparten en distintos rincones del poder.
La vieja escuela política que dominó San Luis durante décadas, la escuela Rodríguez Saá, hoy es una estructura envejecida, octogenaria, que intenta sostener prácticas de poder que pertenecen a otra época. No se entiendo el motivo de que Poggi continúe con las viejas prácticas.
Pero los tiempos cambiaron.
La sociedad cambió.
Y el interior ya no está dispuesto a aceptar la ficción de una aristocracia capitalina «doble apellidos» (muchos inventados como los Rodriguez Paez que terminaron Rodriguez Saá) que pretende hablar en nombre de todos. No existen tales “sangre azul” en San Luis. Lo que existe es un pueblo trabajador que, en el interior de la provincia, todavía conserva algo que muchas veces el poder pierde en los pasillos de la capital: la cultura del esfuerzo, la honestidad cotidiana y los valores simples de la vida comunitaria.
Por eso llegó el momento de decirlo sin rodeos:
la información de San Luis debe federalizarse.
La agenda pública no puede seguir siendo diseñada por un pequeño círculo geográfico que decide qué importa y qué no. Cada rincón de la provincia tiene el mismo derecho a existir en la conversación pública.
Pero aquí aparece también una advertencia política que el propio gobernador Claudio Poggi debería comprender con claridad.
Su gobierno se sostiene, en gran medida, gracias al apoyo del interior de la provincia. Si ese respaldo territorial no hubiera existido, difícilmente habría alcanzado la gobernación. Y justamente por eso, si el poder y la información continúan concentrándose en la capital, Poggi podría quedar peligrosamente expuesto.
Porque en política los vacíos se llenan.
Y quien está siempre esperando una oportunidad es Alberto Rodríguez Saá, un dirigente que conoce como pocos los resortes del poder provincial y que no dudará en aprovechar cualquier debilidad del actual gobierno, ya lo esta aprovechando con el caso Caburé.
Dicho en términos simples: si Poggi no federaliza el poder y la información, se coloca él mismo bajo la mira de Rodríguez Saá y será producto de su equivocación, desde el interior se lo venimos marcando y le chupa un huevo. Después, cuando la tenga toda adentro, como en el folklore: A llorar al campito.
No se trata sólo de una cuestión institucional.
Es también una cuestión de supervivencia política,el relato no lo controla el Gobernador y se le puede dar vuelta como se le dió vuelta al Alberto por cebado y falta de humildad.
San Luis necesita un nuevo equilibrio, el interior se despierta y lo esta demostrando, mientras, la capital vomita corrupción.
Un federalismo real, donde la voz del interior tenga el mismo peso que la capital. Donde la política deje de mirar su propio ombligo urbano y vuelva a escuchar a la provincia profunda.
Porque si algo está claro hoy, es que el interior de San Luis se cansó.
Y cuando el interior se cansa, la historia de las provincias argentinas demuestra que los cambios empiezan a volverse inevitables.