Saltar al contenido
Por Gustavo Thompson.
Los manuales clásicos de la política —los que se leen y los que se practican— hablan con claridad del concepto de coyuntura. La coyuntura es el tiempo breve, el momento específico, la instancia particular en la que los actores redefinen posiciones, revisan alianzas y recalculan estrategias. No es una anomalía: es una regla. Y suele intensificarse, como es sabido, en los ciclos electorales, especialmente cada dos años.
En esos momentos, lo que ayer parecía imposible hoy se vuelve viable. Acuerdos impensados se concretan, antagonismos se relativizan y discursos que parecían irreconciliables se acomodan a nuevas realidades. Esa flexibilidad no es traición: es política. Porque la política no es un club de amigos ni una extensión de los vínculos personales; es, o debería ser, una herramienta para la construcción de proyectos colectivos orientados al bienestar general.
Ahora bien, entender la coyuntura exige formación, lectura y criterio. Quienes ingresan a la política sin comprender estas reglas básicas suelen caer en confusiones graves: creen que todo vale, que cualquier giro es justificable y que la memoria es un estorbo. No lo es. La coyuntura no anula la historia, la interpreta. Y cuando se la usa para negar responsabilidades, deja de ser inteligencia para convertirse en cinismo.
Hay una premisa elemental que todo dirigente debería asumir:
no todo puede explicarse por coyuntura, y no todo debe resolverse con pragmatismo.
La política exige, además de cálculo, humor democrático: capacidad de aceptar críticas, de convivir con diferencias y de entender que el disenso no es una ofensa personal. Quien no sabe marcar límites sin dramatizar, quien convierte cada diferencia en una herida, probablemente esté en el lugar equivocado.
Pero también es cierto que todo extremo es nocivo. Tan dañino es el dogmatismo rígido como el pragmatismo sin ética. Y aquí aparece un punto central que San Luis no puede soslayar.
El límite de la coyuntura
Pensar que el principio de la coyuntura puede aplicarse sin restricciones a dirigentes que llevan décadas en el poder, que han atravesado todas las instancias posibles y que ya superan incluso el límite biológico de la renovación política, es una distorsión del concepto.
El caso de los hermanos Rodríguez Saá es paradigmático.
Durante años, protagonizaron una ruptura feroz que partió a la provincia en dos, destruyó organizaciones políticas, fracturó militancias, arruinó trayectorias personales y sembró resentimientos que todavía persisten. No fue una diferencia programática. Fue una guerra de poder trasladada a la sociedad. Miles de sanluiseños pagaron las consecuencias de esa disputa: con exclusión, con persecuciones, con silencios obligados y con heridas que no cicatrizaron.
Pretender hoy que una eventual reconciliación —explicada bajo el rótulo cómodo de “coyuntura”— habilite un regreso político como si nada hubiera ocurrido, no es pragmatismo. Es una falta de respeto. No sólo a la historia reciente, sino a la inteligencia de los sanluiseños.
La coyuntura puede explicar un acuerdo entre espacios distintos, entre dirigentes jóvenes, entre proyectos que buscan corregir rumbos. Pero no puede usarse para blanquear daños estructurales, ni para reciclar liderazgos agotados que ya tuvieron todas las oportunidades y dejaron un saldo social negativo.
En política, la coherencia no significa rigidez; significa responsabilidad. Y la responsabilidad implica saber cuándo retirarse, cuándo dar paso y cuándo reconocer que el tiempo propio ya fue.
San Luis no necesita más retornos forzados ni acuerdos de supervivencia. Necesita una dirigencia que entienda que el poder no es un derecho adquirido, que la memoria social importa y que no todo lo que es posible es legítimo.
Porque cuando la coyuntura se convierte en excusa para negar el daño causado, deja de ser una herramienta política y pasa a ser un insulto colectivo.
Y eso, lejos de fortalecer la democracia, la degrada.