CUANDO EL ALTAR ENTRA AL RECINTO

CUANDO EL ALTAR ENTRA AL RECINTO

Por Gustavo Thompson.

POLÍTICA, EVANGELISMO Y UNA PREGUNTA QUE YA NO SE PUEDE EVITAR.

La última campaña presidencial de Javier Milei dejó algo más que un resultado electoral. Dejó una estrategia. Una decisión consciente: ir a buscar perfiles religiosos —principalmente evangelistas— para ocupar candidaturas legislativas.

No fue casual.
Fue cálculo político.

El voto religioso, históricamente subestimado por la política tradicional, pasó a ser un activo electoral. Y Milei lo entendió antes que otros.

Lo llamativo es que, casi como una ironía de época, el peronismo —que históricamente construyó su identidad desde lo social y lo sindical— hoy empieza a mirar el mismo espejo: el evangelismo como atajo de legitimidad moral.


POLÍTICA Y RELIGIÓN: UN PARALELISMO PELIGROSO

El problema no es la fe.
El problema es cuando la fe se convierte en blindaje político.

La Argentina empieza a debatir —tarde, pero inevitablemente— el paralelismo entre política y religión. Un debate que explotó mediáticamente con el caso Dante Gebel, donde la confusión entre liderazgo espiritual, influencia social y posicionamiento político dejó más preguntas que certezas.

Y lo que parecía anecdótico empezó a mostrar una trama más profunda.


CUANDO LOS “ELEGIDOS” REPITEN LOS VICIOS DE SIEMPRE

Hoy, varios senadores y senadoras que asumieron con discurso evangélico cargan cuestionamientos públicos serios:

  • Designaciones de familiares

  • Nepotismo

  • Contradicciones entre discurso moral y práctica política

  • Silencios incómodos frente a hechos graves

No son condenas judiciales.
Son hechos políticos documentados.

Y ahí aparece la grieta ética:
¿Qué pasa cuando quienes se presentan como portadores de valores superiores terminan reproduciendo las mismas prácticas que decían combatir?


MÓNICA BECERRA: LA ENCRUCIJADA DE SAN LUIS

En este contexto, la figura de la senadora por San Luis, Mónica Becerra, cobra una centralidad inevitable.

No por una acusación concreta.
Sino por una responsabilidad simbólica y política.

Becerra no llega al Senado solo como legisladora. Llega también como referente evangelista, portadora de un mensaje moral que interpela a la sociedad.

Y la pregunta es directa, aunque incómoda:

¿Cómo se va a plantar Mónica Becerra en un Senado donde conviven dirigentes cuestionados, algunos de ellos del mismo universo religioso?
Va a marcar distancia o va a naturalizar?
Va a denunciar incoherencias o va a justificar silencios?


EL PROBLEMA NO ES LA FE, ES LA DOBLE VARA

La política argentina está acostumbrada a la corrupción.
Lo nuevo —y lo preocupante— es la sacralización del poder.

Cuando un dirigente se presenta como “gente de bien”, “elegido”, “distinto”, el estándar ético no puede ser el mismo que para el resto. Tiene que ser más alto.

Porque si no, la fe deja de ser un valor y pasa a ser una coartada.


SENADO, CORRUPCIÓN Y TESTIMONIO MORAL

El Senado es hoy uno de los ámbitos más cuestionados por la sociedad:

  • Privilegios

  • Roscas

  • Desconexión con la realidad

En ese escenario, rodearse de dirigentes con antecedentes polémicos pone en riesgo no solo la política, sino los principios religiosos que dicen representar.

Y ahí está el núcleo del debate:

¿Se puede predicar honestidad mientras se convive con prácticas que la contradicen?


EL SILENCIO TAMBIÉN PREDICA

Mónica Becerra tiene una oportunidad —y una obligación— histórica:

  • Definir límites

  • Marcar diferencias

  • Decir hasta dónde sí y hasta dónde no

Porque en este nuevo escenario argentino, no alcanza con citar la Biblia ni con levantar banderas morales.

La coherencia no se declama.
Se ejerce.

Y si no, la política no se vuelve más ética.
Solo se vuelve más peligrosa.

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