Cuando el poder residual pretende borrar el daño que causó

Cuando el poder residual pretende borrar el daño que causó

Por Gustavo Thompson.

Hay rupturas políticas que se explican por ideas.
Otras, por proyectos.
Y algunas —las más imperdonables— por mezclas tóxicas entre lo familiar, lo personal y el poder.

Durante años, San Luis fue partida en dos por una guerra que no nació en la militancia ni en la sociedad, sino en la cúpula de un apellido que decidió trasladar sus conflictos al conjunto de la provincia. El quiebre entre Adolfo Rodríguez Saá y Alberto Rodríguez Saá no fue una diferencia menor: fue una fractura total, sostenida en el tiempo, con consecuencias profundas y dolorosas.

No fue una pelea simbólica.
Fue una guerra de poder real.

Se rompieron familias políticas, se destruyeron trayectorias, se obligó a miles de militantes a elegir bandos, se expulsó, se persiguió, se silenció y se castigó. Hubo escándalos públicos, operaciones cruzadas, expulsiones partidarias, denuncias, humillaciones y heridas que todavía no cerraron en el tejido social y político de San Luis.

La militancia pagó el precio.
Los puntanos pagaron el precio.

Hoy, algunas conjeturas —que circulan desde hace tiempo— señalan que el origen más profundo de esa ruptura no fue estrictamente político, sino familiar, vinculado al matrimonio de Gisela Vartalitis, ex pareja de Adolfo Rodríguez Saá. Y que, paradójicamente, ese mismo eje personal podría ser ahora el argumento para un eventual reencuentro.

Si esto fuera cierto —y aun si no lo fuera— el problema no cambia: el daño ya fue hecho y no tiene retorno.

Porque lo verdaderamente grave no es si vuelven a hablar o no.
Lo verdaderamente grave es pretender que después de años de destrucción política y social se pueda decir “acá no pasó nada”.

Eso sería un insulto a la inteligencia colectiva de los sanluiseños.

No se puede borrar la historia con una foto.
No se puede anular el dolor con un gesto.
No se puede pedir amnesia después de haber sembrado odio, división y enfrentamientos irreconciliables.

Durante años, ambos eligieron ser enemigos.
Eligieron partir la provincia al medio.
Eligieron convertir al peronismo en un campo minado.
Eligieron usar a la militancia como carne de cañón de disputas que nunca se resolvieron con grandeza.

Y ahora, ¿qué?
¿Un acuerdo de cúpula para seguir teniendo poder?, ¿no es mucho como absurdo?.
¿Una reconciliación tardía sin autocrítica, sin pedido de disculpas, sin reparación simbólica?

Eso no es unidad.
Eso es conveniencia.

La historia no se reescribe según las necesidades del momento. Y mucho menos cuando miles de puntanos vieron arruinadas sus vidas políticas, laborales y personales por una pelea que jamás debió haberse trasladado al Estado y a los partidos. ESTOS DOS TIPOS LE CAGARON LA VIDA A MILES DE SANLUISEÑOS.

La Línea lo dice con claridad:
no se puede pedir unidad después de haber destruido sin asumir responsabilidades. SE TIENEN QUE RETIRAR Y DAR PASO A LAS NUEVAS GENERACINES.
No se puede hablar de futuro cuando se niega el pasado. AMBOS NO TIENEN FUTURO, CRONOLOGICAMENTE VIVEN EL DIA A DIA.
Y no se puede construir legitimidad desde el cinismo. HIPOCRESIA AL PALO.

Si el único objetivo de un eventual acercamiento es seguir conservando cuotas de poder, entonces no estamos frente a un gesto histórico, sino frente a un despropósito moral.

San Luis no necesita más acuerdos entre pocos, menos octogenarios.
Necesita verdad, memoria y respeto por quienes pagaron el costo de estas guerras ajenas.

Porque cuando el poder cree que puede reconciliarse sin hacerse cargo del daño que causó, no está buscando paz:
está buscando impunidad política.

Lo que viene es OBSERVAR lo que todos ya estarían sospechando, Poggi ¿es parte de este absurdo?, sería un gran error porque las primeras señales referidas a este encuentro salieron de medios ultra poggistas..

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