Por Gustavo Thompson.
La religión y la política han dialogado históricamente, pero nunca sin riesgos. Cuando ese diálogo se transforma en superposición, el resultado no suele ser virtuoso: la política se dogmatiza y la fe se degrada. En ese punto crítico se inscribe el debate que hoy genera la figura de Dante Gebel, un referente evangelista que ha comenzado a ser asociado —explícita o implícitamente— a representaciones políticas partidarias, particularmente dentro del universo peronista.
El problema no es la fe.
El problema no es la política.
El problema es confundir los planos.
La esencia de la religión: trascendencia, no poder
La religión —en todas sus expresiones cristianas— cumple una función espiritual y moral, no una función de representación política. Su esencia está en lo trascendente, en la conciencia, en el acompañamiento del ser humano frente al dolor, la duda y la esperanza.
Cuando un líder religioso se convierte en actor político partidario, ocurre algo grave:
la fe deja de ser un espacio de encuentro universal y pasa a ser una herramienta de facción.
La religión pierde su neutralidad moral.
La palabra pastoral se vuelve discurso político.
Y el púlpito corre el riesgo de transformarse en tribuna.
Eso no eleva la política.
Empobrece la religión.
El peronismo: cristiano en valores, no confesional
El peronismo histórico y doctrinario se ha definido siempre como un movimiento inspirado en valores cristianos, pero no confesional. Juan Domingo Perón fue claro al separar los ámbitos:
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La política representa al pueblo.
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La religión representa la conciencia espiritual.
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El Estado no puede ser capturado por una fe, ni la fe por un partido.
Esa separación no es anticristiana:
es profundamente cristiana, porque protege la fe de ser utilizada como instrumento de poder.
Por eso, que un pastor evangelista pretenda —o sea promovido— como referente político-partidario del peronismo no solo es doctrinariamente incorrecto: es una ruptura con la tradición republicana y justicialista.
El riesgo mayor: cuando la fe se vuelve capital político
El evangelismo, por su estructura comunitaria y su fuerte liderazgo personal, enfrenta un riesgo adicional al ingresar en la política partidaria:
la posibilidad de que la autoridad espiritual se transforme en influencia electoral.
Cuando eso ocurre:
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El disenso deja de ser debate y pasa a ser pecado.
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La crítica se interpreta como ataque moral.
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El voto se “sugiere” desde la fe, no desde la razón cívica.
Esto pone en riesgo la esencia misma de la religión, porque la expone al desgaste, a la grieta y a la lógica amigo-enemigo propia de la política.
La fe no está hecha para ganar elecciones.
Está hecha para acompañar almas.
No es una discusión personal, es una discusión ética
El señalamiento no es contra Dante Gebel como individuo, sino contra una deriva peligrosa:
la de convertir referentes religiosos en representantes partidarios.
Un pastor puede opinar, reflexionar, advertir sobre injusticias.
Lo que no debería hacer —por respeto a su propia vocación— es ponerse la camiseta de un partido, porque en ese acto la religión deja de abrazar a todos y comienza a excluir.
Y cuando la fe excluye, deja de ser fe.
Proteger la política y, sobre todo, proteger la religión
La democracia necesita política fuerte, plural y discutible.
La religión necesita distancia del poder, para no perder su autoridad moral.
Mezclar religión con política partidaria no eleva ninguno de los dos mundos:
debilita a ambos.
La fe no debe gobernar.
La política no debe evangelizar.
Y los líderes religiosos deben cuidar, ante todo, la pureza de su misión.
