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Por Gustavo Thompson.
Cuando la fe empieza a coquetear con el poder, la obligación moral es una sola: decir la verdad completa. Y hoy, alrededor de Dante Gebel, esa verdad no está dicha.
No se trata de persecución religiosa ni de intolerancia. Se trata de algo mucho más grave: la utilización del cristianismo como trampolín político, envuelto en un discurso ambiguo, cuidadosamente medido y peligrosamente conveniente.
Si Dante Gebel va a ser candidato “cristiano”, debe decirlo sin rodeos y explicar a quién representa, con qué doctrina y bajo qué intereses. No puede haber doble discurso. No puede haber un mensaje para los fieles y otro para la política. La fe no es una consultora electoral ni un segmento de mercado.
Lo que hoy se observa no es una vocación clara, sino un globo de ensayo. Una prueba. Un sondeo de opinión pública para medir hasta dónde llega el magnetismo del púlpito cuando se lo baja al barro electoral. Para la política, esto es una maniobra clásica. Para el cristianismo, es una falta grave.
Porque el cristianismo no se adapta. No se edita. No se acomoda al clima social. Tiene una doctrina única y no responde a encuestas. Cuando un pastor empieza a hablar como político, deja de pastorear y empieza a operar.
Y acá aparece la pregunta que nadie quiere hacer, pero que define todo:
¿Quién pone el dinero?
Una candidatura presidencial seria cuesta entre 40 y 100 millones de dólares. No es una cifra simbólica, es un dato concreto.
¿De dónde saldría ese dinero?
¿De los fieles?
¿De estructuras religiosas?
¿O de intereses económicos que hoy no se muestran pero mañana exigirán obediencia?
Porque nadie financia una campaña de ese tamaño por fe.
La fe no paga campañas. El poder sí.
Y cuando el dinero entra al templo, el mensaje se contamina. Cuando la política se disfraza de espiritualidad, la democracia se degrada. Y cuando la religión se convierte en vehículo de poder, la fe pierde su autoridad moral.
Para muchos, Dante Gebel ya no parece un pastor que entra a la política, sino un político que utiliza la fe como legitimación. Y eso no es menor. Eso es exactamente lo que la historia —en Argentina y en el mundo— nos enseñó a desconfiar.
No se puede ser mitad pastor y mitad candidato.
No se puede servir a dos señores.
No se puede predicar pureza mientras se ensaya poder.
Si Dante Gebel quiere ser candidato, que lo sea. Pero que lo haga sin sotana discursiva, sin ambigüedades y sin esconder quién financia el proyecto.
Porque cuando la fe se convierte en herramienta política, deja de ser fe.
Y cuando el silencio reemplaza a la transparencia, lo que aparece no es liderazgo: es sospecha.
El tiempo lo dirá.
Pero la pregunta ya está hecha.
Y esta vez, no alcanza con orar para esquivarla.