El poder que no enfrenta: el poder que borra

El poder que no enfrenta: el poder que borra

Por Gustavo Thompson.

La historia política enseña que el liderazgo no siempre se destruye con confrontación. A veces se lo anula de una forma más eficaz y menos visible: vaciándolo de símbolos, aislándolo del relato y desplazándolo del centro del poder real.

Eso fue lo que hizo José López Rega con Juan Domingo Perón. No lo reemplazó ni lo enfrentó. Administró su entorno, filtró la información, colonizó la interpretación ideológica y terminó ejerciendo el poder desde las sombras, mientras Perón conservaba el nombre, la liturgia y la figura.

Perón seguía siendo Perón.
Pero ya no decidía todo.

Ese mecanismo —no el esoterismo, no la caricatura— es lo verdaderamente inquietante del caso López Rega: el operador que no rompe el mito, sino que lo usa mientras lo vacía.

En San Luis ocurrió algo distinto en forma, pero similar en estructura.
Alberto Rodríguez Saá no derrotó políticamente a Adolfo Rodríguez Saá. Lo neutralizó.

No hubo ruptura pública, ni debate de ideas, ni discusión de modelos. Hubo algo más eficaz: la desaparición sistemática de los símbolos, el corrimiento del relato, el silenciamiento del pasado. Adolfo no fue atacado; fue convertido en una figura incómoda, residual, casi ausente de la narrativa oficial, situación que, hasta el día de hoy lo sostiene Claudio Poggi porque Adolfo es el último animal político de San Luis, su heredero es Maxi Frontera, es por eso que padece la misma suerte, lo alejan del contexto del poder provincial..

Al Adolfo no se lo negó.
Se lo borró.

Ese es el punto de contacto entre ambos procesos: el poder que no enfrenta, sino que anula, lo que hoy hace Poggi con Frontera, le da todo en Villa Mercedes pero lo anula en lo provincial. El poder que no discute, sino que administra el olvido. El poder que entiende que los símbolos, si no se destruyen, pueden vaciarse hasta perder toda capacidad política, ¿Qué pasó con la antigua Casa de Gobierno?, palacio testigo de la transformación de San Luis.

La diferencia es evidente y necesaria: López Rega operó en un contexto nacional violento y trágico; Alberto Rodríguez Saá lo hizo dentro de marcos institucionales provinciales. Pero el método —el desplazamiento silencioso del liderazgo fundador— responde a una misma lógica de poder.

La consecuencia también se repite: una estructura cerrada, endogámica, que confunde control con gobernabilidad y silencio con estabilidad.

Hoy, cuando Villa Mercedes vuelve a caminar, a expresarse y a incomodar, esa lógica vuelve a quedar expuesta. Porque las ciudades vivas no aceptan relatos únicos ni memorias amputadas. Y porque ningún poder que necesite borrar su historia para sostenerse puede considerarse verdaderamente fuerte.

No fue brujería.
Fue política.
Y por eso mismo, merece ser nombrada sin eufemismos.

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