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En una provincia larga y silenciosa existía una ciudad inquieta.
No era la más antigua ni la más solemne, pero tenía una cualidad incómoda para el poder: caminaba. Caminaba de día y de noche, caminaba en plazas, en clubes, en galpones culturales, en calles que habían aprendido de memoria el abandono y ahora redescubrían la alegría.
Mientras tanto, en lo alto de la colina, se erguía el Palacio de los vidrios espejados, un edificio donde todo reflejaba, pero nada mostraba. Allí habitaban los administradores del eco, hombres y mujeres expertos en oírse a sí mismos. Cada decisión era un monólogo y cada silencio, una estrategia.
La ciudad inquieta tenía un conductor joven de espíritu, aunque curtido por la intemperie. No vestía túnicas antiguas ni hablaba en latín burocrático. Gobernaba con una mezcla peligrosa para los conservadores: calle y método. Su mayor osadía no era mandar, sino permitir que la ciudad se exprese.
A su alrededor convivían dos tribus obligadas a entenderse.
Por un lado, los Guardianes del Ayer, hombres de cejas arqueadas y gestos altivos, expertos en la provocación simbólica. Creían que el poder se ejercía marcando territorio, levantando la voz y recordando glorias pasadas como si fueran títulos de propiedad.
Por el otro, los Aprendices del Mañana, jóvenes de paso firme y palabras medidas. No gritaban. Resistían. Sabían que el tiempo —ese juez cruel— suele fallar a favor de quien no se apura en parecer poderoso.
El equilibrio entre ambas tribus era tan fino como una cuerda de violín. Sonaba bien, pero exigía pulso.
Y el conductor lo sabía.
Desde el Palacio de los vidrios espejados, los antiguos señores adictos al caviar observaban con desconfianza.
—Demasiada gente en la calle —decían—.
—Demasiada alegría sin permiso —murmuraban—.
—Demasiada vida que no pasa por nosotros —concluían, molestos.
Porque el verdadero problema no era el movimiento, sino quién lo conducía.
Hubo un tiempo —no tan lejano— en que un Gran Intendente Repetido gobernó la ciudad cinco veces. Era hábil, longevo, y conocía todos los pasillos. Pero jamás logró que la ciudad caminara sola. La mantenía ordenada, sí, pero quieta. Y una ciudad quieta es más fácil de administrar… de olvidar y lejos quedó de la trascendencia por su exagerada subordinación y prudencia.
Ahora, en cambio, la ciudad camina sin pedir permiso.
Y eso, para el Palacio, es molesto, parece.
Entonces ocurrió lo previsible: la ciudad fue marginada. No por error, sino por diseño. Se la excluyó de las mesas donde se reparte el pan y se decide el futuro provincial.
—No tiene representación adecuada —argumentaban los espejos—.
Lo que no decían era: no nos responde como lo hizo Mario Raúl Merlo, él acompaña.
La paradoja era cruel: la ciudad que más aportaba al pulso provincial es tratada como un apéndice incómodo. Se la celebra en discursos, pero se la neutraliza en los hechos.
La fábula no termina aún.
Porque toda ciudad que camina aprende, tarde o temprano, a mirar hacia arriba sin bajar la cabeza. Y todo palacio que flota demasiado tiempo termina olvidando cómo se pisa el suelo.
La moraleja no es sutil, pero sí exigente:
Cuando una ciudad recupera la vida, el mayor peligro no viene de afuera, sino de adentro: la tentación de confundir protagonismo con propiedad, conducción con vanidad, poder con derecho hereditario.
Si la cuerda se corta, no caerán los extremos: caerá la música.
Y eso —en una provincia acostumbrada al silencio— sería el verdadero fracaso.