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Por Gustavo Thompson.
El ensayo La hora de los depredadores, de Giuliano da Empoli, no es un libro más sobre política contemporánea: es una advertencia. Una radiografía cruda de un tiempo histórico en el que la democracia liberal, las reglas, los límites y la moderación parecen haber quedado obsoletos frente a una nueva especie de poder: los conquistadores tecnológicos y sus aliados políticos, a quienes el autor denomina, sin eufemismos, depredadores.
Durante las últimas tres décadas, sostiene Da Empoli, los líderes políticos del mundo se comportaron frente a Silicon Valley y a las grandes corporaciones digitales exactamente igual que los aztecas del siglo XV frente a los conquistadores españoles. Paralizados por el asombro, seducidos por la promesa de una magia incomprensible, eligieron no decidir. Y al no decidir, se sometieron.
La escena se repite en cualquier capital del mundo:
el magnate tecnológico desciende de su jet privado, concede una audiencia protocolar al líder político local, promete —o insinúa— un centro de investigación, un laboratorio de inteligencia artificial, un polo de innovación. El político, agradecido, se conforma con una foto, una selfie, una señal de pertenencia al futuro. Como Moctezuma, no advierte que el imperio ya está siendo impuesto.
El regreso de Maquiavelo y la política sin frenos
Para Da Empoli, no estamos ante una anomalía, sino ante un retorno a la normalidad histórica del poder. La política basada en reglas compartidas, consensos, instituciones y moderación fue apenas una excepción de seis décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Hoy esa anomalía se disuelve.
El autor recupera a Nicolás Maquiavelo y su figura paradigmática: César Borgia, no como gobernante virtuoso, sino como bestia eficaz del poder. Astuto, seductor, implacable. El verdadero poder —nos recuerda— no reside en la deliberación eterna ni en la tecnocracia que actúa por necesidad, sino en la acción resuelta, incluso irreflexiva, capaz de imponer voluntad en medio del caos.
En este sentido, figuras como Nayib Bukele, Donald Trump o Javier Milei aparecen como hijos legítimos de la época: líderes que fuerzan los límites de la democracia desde adentro, que no creen en las reglas como garantía de libertad, sino como obstáculos impuestos por elites desacreditadas. Usan la democracia pero no son democráticos.
La política como comedia, jungla y espectáculo
Da Empoli describe el imaginario político contemporáneo a partir de tres géneros narrativos que hoy conviven en proporciones desiguales:
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Un 10% de política heroica, donde aún se cree en la competencia virtuosa.
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Un 20% de política oscura, una jungla hobbesiana de supervivencia.
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Un 70% de comedia de enredos, poblada de dirigentes desbordados, absurdos, inadecuados para el rol que ocupan.
Este predominio de lo grotesco no es casual: el caos ya no es el arma de los insurgentes, sino el sello del poder dominante.
La guerra política se mudó al ciberespacio
El punto de inflexión llega cuando la política abandona el espacio público tradicional y se traslada a internet. Allí, advierte Da Empoli, la democracia se convierte en una guerra de software.
Proyectos como Narval, que permitió la reelección quirúrgica de Barack Obama en 2012 mediante hipersegmentación de datos, marcaron el inicio. Luego vino Cambridge Analytica, que llevó la lógica del conflicto extremo al corazón de las democracias occidentales: no persuadir, sino aumentar la temperatura, exacerbar fracturas, empujar a los extremos.
Las plataformas ya no programan computadoras:
programan comportamiento humano.
El debate público deviene una Somalia digital, gobernada por señores de la guerra algorítmicos, donde el grito reemplaza al argumento y la indignación permanente se vuelve combustible político.
La inteligencia artificial como nuevo poder soberano
En este escenario emerge la inteligencia artificial no solo como herramienta, sino como forma inédita de poder. Ya no se limita a optimizar medios; comienza a intervenir sobre los fines. Produce juicios estratégicos, define prioridades, asigna tareas, evalúa conductas.
Como advirtió Henry Kissinger, el conocimiento deja de ser personal, los individuos se vuelven datos y los datos dominan. La IA centraliza información, actúa en opacidad y exige fe, no comprensión. Sus propios creadores admiten que nunca explicará plenamente cómo decide; solo habrá que confiar.
Así, paradójicamente, el mundo hiper-racional nos empuja a una nueva edad preilustrada, gobernada por sistemas incomprensibles a los que se les reza como a dioses antiguos.
Del dilema Estado–mercado al dilema humano–máquina
Si el gran debate del siglo XX fue cuánto Estado y cuánto mercado, el del siglo XXI es otro:
¿Cuánto de nuestra vida estamos dispuestos a delegar en máquinas?
Desde repartidores de plataformas hasta profesionales calificados, millones de personas ya obedecen instrucciones emitidas por algoritmos sin rostro, sin responsables, sin posibilidad de apelación. El sentido común humano es descartado como error estadístico.
Solo los más poderosos conservan margen de maniobra.
¿Por cuánto tiempo?
Depredadores, tecnoautoritarios o ambas cosas
La pregunta del título no es retórica.
La hora de los depredadores y la era de los tecnoautoritarios son dos caras del mismo fenómeno.
Una alianza entre líderes políticos borgianos, que desprecian las reglas, y conquistadores digitales, que no reconocen límites al poder. Juntos ofrecen sus territorios como laboratorios de un futuro posthumano, donde la eficiencia reemplaza a la ética y el resultado justifica cualquier medio.
La política moderada no comprendió la revolución.
Cuando quiso reaccionar, ya había sido arrasada.
Como escribió Joseph de Maistre en plena Revolución Francesa:
“Durante mucho tiempo no entendimos la revolución. Creímos que era un acontecimiento. Estábamos equivocados. Es una época.”
Tal vez hoy estemos ante lo mismo.
No un exceso pasajero, sino un cambio de era.
La pregunta ya no es si podemos volver atrás.
La pregunta es qué parte de lo humano estamos dispuestos a defender antes de que decidan por nosotros.