Los Lavadores del Templo

Los Lavadores del Templo

En una provincia pequeña —donde todos se conocen pero nadie pregunta— funcionaba un templo sin campanas. No predicaba, no gritaba, no marchaba. Lavaba.

Allí llegaban sacos pesados, húmedos, con olor a calle, a miedo y a pólvora. Dinero que no podía mostrarse. Dinero que no podía tocar la luz. Y el templo hacía el milagro: lo convertía en virtud contable.

La regla era simple:

  • Traé uno.

  • Te devolvemos dos.

  • A veces tres.
    Pero solo uno queda blanco. El resto desaparece. Como desaparecen las preguntas.

Los Lavadores no usaban armas. Usaban cara de gente decente.
No amenazaban. Invitaban.
No mandaban. Sugerían.

Su jefe era un viejo octogenario, lento de palabras y rápido de firmas. Se hacía el tonto con una maestría quirúrgica. El “reverendo pelotudo”, lo llamaban algunos en privado. Pero nadie se reía en voz alta. Porque el viejo sabía todo. Y el que sabe todo nunca es inocente.

Los Lavadores se sentaban en primeras filas.
Cortaban cintas.
Donaban migajas.
Hablaban de valores, de orden, de familia.

Y mientras tanto, lavaban.

Lavaban guita del narco y de otras yerbas peores.
Lavaban conciencias.
Lavaban trayectorias políticas muertas.
Lavaban apellidos gastados.

Eran la casta verdadera: la que no se ensucia las manos porque hace que otros se las ensucien primero.

El pueblo los miraba con odio mudo.
—¿De dónde mierda sacan la plata? —se preguntaba.
Pero en San Luis, preguntar siempre fue más peligroso que robar.

Durante años funcionó. Porque el sistema no se cae cuando es corrupto: se cae cuando se vuelve soberbio. Y los Lavadores empezaron a creerse intocables. Pensaron que el templo era eterno. Que la edad los protegía. Que los apellidos blindaban, jamás pensaron que los jóvenes se iban a plantar.

Error clásico.

Un día, alguien contó mal.
Otro habló de más.
Y un tercero, cansado de ser usado, decidió no seguir lavando culpas ajenas.

Cuando explotó, no fue escándalo: fue repulsión social como lo que va a ocurrir con los restos de Juan Crisóstomo Lafinur que se comprobará que fue una gran mentira.

No cayeron perejiles.
Cayeron los “respetables”.
Los mismos que daban clases de moral.
Los mismos que señalaban pobres.
Los mismos que hablaban de mérito mientras contaban billetes húmedos.

El viejo octogenario ya no pudo hacerse el tonto. Y entendió tarde lo que la historia enseña siempre:

El dinero negro no se blanquea: se acumula hasta que ahoga.
Y cuando eso pasa, los primeros en hundirse son los que se creían santos.

El templo cerró sin misa.
Sin disculpas.
Sin redención.

Moraleja:

Las élites falsas siempre terminan igual:
expuestas, solas y odiadas.
Porque no hay nada más peligroso que el poder que se disfraza de virtud.

Y cuando eso estalla, no hay hábito, edad ni apellido que alcance para tapar la mierda.

Entrada anterior Coyunturas políticas y límites éticos: cuando el pragmatismo deja de ser inteligencia