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Por Gustavo Thompson.
Una rareza política argentina que merece ser pensada
En la Argentina de hoy, marcada por la grieta permanente, la confrontación como método y la oposición como reflejo automático, Villa Mercedes aparece como una anomalía política. No por ausencia de debate, ni por uniformidad ideológica, sino por algo mucho más incómodo de admitir: no tiene oposición política real.
Y eso, en el sistema democrático argentino, no es común, no es habitual y no suele analizarse con seriedad.
Cuando la oposición no desaparece, se diluye
Villa Mercedes no es una ciudad sin voces críticas. Las hay. Tampoco es una ciudad sin diversidad de pensamiento. Lo que no existe es una oposición estructurada, competitiva y con volumen social suficiente como para disputar el rumbo del gobierno municipal.
No por proscripción.
No por censura.
No por autoritarismo.
Sino por una razón mucho más simple y, a la vez, más incómoda: la gestión funciona.
En política, la oposición se fortalece cuando el gobierno fracasa, provoca, desafía, se equivoca gravemente o se desconecta de la realidad. Cuando eso no ocurre, la crítica se vuelve testimonial, dispersa o meramente declamativa.
Gobernar bien también es un problema
La ausencia de oposición no siempre es celebrada. También genera preguntas legítimas. En un país acostumbrado a la disputa permanente, una ciudad sin conflicto político visible despierta sospechas, aunque no haya hechos que las sostengan. En los nuevos tiempos la verdadera oposición es internacional, son los tecno autoritarios dueños de las grandes corporaciones digitales que manejan las comunicaciones en el mundo y Villa Mercedes no es ajena a esta realidad, es por eso que Villa Mercedes planifica su SOBERANIA DIGITAL con independencia económica y justicia social.
Villa Mercedes gobierna con consenso, pero ese consenso no fue impuesto. Se construyó desde la gestión, desde la presencia territorial, desde la respuesta concreta al vecino con espeto, paz, diálogo y cumplimiento de la palabra. Y eso deja a la oposición sin su combustible natural: el malestar social.
Una rareza en el mapa argentino
En la mayoría de las ciudades del país, incluso aquellas con buenas gestiones, existe una oposición activa, ruidosa, muchas veces más enfocada en el desgaste que en la propuesta. Villa Mercedes rompe esa lógica.
No hay marchas opositoras permanentes.
No hay conflictos institucionales serios.
No hay crisis de legitimidad.
Eso no significa perfección. Significa orden político.
Y el orden político, en la Argentina, es casi revolucionario.
El riesgo del silencio
Pero la falta de oposición también plantea desafíos. Cuando no hay una fuerza política organizada que controle, cuestione y proponga, la responsabilidad del gobierno se duplica. Gobernar sin oposición exige más autocontrol, más transparencia y más apertura al disenso interno.
Porque el mayor riesgo no es la oposición.
El mayor riesgo es creer que no hace falta nadie que controle.
Villa Mercedes camina por esa delgada línea: la del consenso amplio sin caer en la complacencia.
¿Modelo o excepción?
La pregunta que empieza a surgir es inevitable:
¿Villa Mercedes es un modelo replicable o una excepción irrepetible?
¿Es producto de un liderazgo puntual, de una coyuntura específica o de una forma distinta de ejercer el poder local?
Lo cierto es que, mientras gran parte del país discute cómo sobrevivir a la crisis política y económica, Villa Mercedes discute cómo sostener un orden político sin conflicto artificial.
Lo que no se dice
En un contexto nacional donde la confrontación parece ser el único idioma posible, una ciudad sin oposición incomoda a todos. A los oficialismos, porque rompe el relato de la victimización constante. A las oposiciones, porque evidencia su incapacidad de representar una alternativa real. Es por eso que ya se piensa en la conformación de una mesa de personalidades sobresalientes de la ciudad que ostentan conductas intachables e inobjetables para que oficien de consejeros, es decir, avalen o no esta realidad que vive la ciudad sobre la línea tan delgada que desafía todo tipo de realidad democrática.
Por eso se habla poco de Villa Mercedes.
Por eso se analiza poco este fenómeno. Es único.
Porque no encaja en los moldes conocidos.
Una advertencia, no una celebración
Que Villa Mercedes no tenga oposición hoy no es un mérito eterno ni un cheque en blanco. Es una fotografía política de este momento histórico. Y como toda fotografía, puede cambiar.
La clave está en entender que la legitimidad no se hereda, se renueva todos los días. Y que gobernar sin oposición no exime de errores: los vuelve más visibles cuando llegan.
Villa Mercedes es hoy una rareza política argentina.
No porque falte democracia.
Sino porque, paradójicamente, la gestión logró algo que en este país parece imposible: gobernar sin conflicto permanente.
Y eso, lejos de ser ignorado, merece ser pensado porque se viene una transición que debemos analizar en profundidad, ¿es necesaria?.