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Por Gustavo Thompson.
Brasil reabre un debate fundamental: el poder digital puede instalar candidatos, pero el territorio y la capacidad institucional siguen siendo decisivos para construir poder político.
La experiencia electoral brasileña deja una enseñanza que trasciende sus fronteras: las redes sociales pueden dominar la conversación pública, pero no necesariamente las urnas.
El enfrentamiento entre Lula y el bolsonarismo permite analizar tres dimensiones del poder político moderno: el digital, el territorial y el institucional.
El bolsonarismo construyó una formidable maquinaria de comunicación digital, capaz de instalar tendencias, multiplicar mensajes y proyectar una imagen de fortaleza electoral.
Lula, en cambio, contaba con una herramienta histórica: la organización territorial.
Sindicatos, movimientos sociales, militancia partidaria y dirigentes locales conformaban una estructura capaz de mantener el contacto directo con millones de ciudadanos.
Mientras las redes disputaban la atención, el territorio disputaba la participación.
Pero apareció una tercera dimensión: el poder institucional.
La controversia judicial sobre las condiciones de votación puso de manifiesto que una elección también se disputa mediante recursos legales, capacidad de reacción y conocimiento del funcionamiento institucional.
Esto no implica que se haya demostrado una manipulación de los resultados pero, la duda esta planteada.
EL PODER REAL NO SE MIDE EN SEGUIDORES
La gran equivocación de cierta política moderna consiste en confundir visibilidad con liderazgo, seguidores con votantes y tendencias digitales con mayorías electorales.
Una publicación puede alcanzar millones de visualizaciones sin construir una sola estructura política.
En cambio, la presencia permanente en los barrios, el contacto personal y la organización territorial pueden generar vínculos que ninguna campaña digital consigue fabricar de un día para otro.
Esto no significa que las redes hayan perdido importancia.
Significa que el poder digital necesita complementarse con organización territorial y capacidad institucional.
UNA ADVERTENCIA PARA SAN LUIS 2027
La discusión tiene una aplicación directa en el escenario político puntano.
¿Quién tiene verdaderamente poder territorial?
¿Quién construye dirigentes, organiza equipos y mantiene contacto permanente con la sociedad?
¿Y quién solamente consigue repercusión en las pantallas?
La fortaleza de un dirigente no se mide exclusivamente por sus seguidores ni por la cantidad de personas que reúne en un acto.
Se mide por su capacidad de transformar presencia, confianza y organización en votos.
La experiencia brasileña fortalece una hipótesis política que merece ser estudiada: la organización territorial puede compensar una desventaja digital, aunque para demostrar cuánto influyó en el resultado se necesita un análisis electoral más profundo.
La territorialidad no murió con las redes sociales.
Sigue siendo indispensable para construir poder político.
Las redes comunican.
El territorio organiza.
Las instituciones establecen las reglas y los mecanismos para defender los derechos políticos.
Y cuando esas tres dimensiones se articulan, aparece una estructura capaz de disputar el poder real.
Porque los algoritmos pueden fabricar tendencias, pero no reemplazan la confianza de la gente.
En definitiva, las elecciones no se ganan contando seguidores: se ganan contando votos.