Por Gustavo Thompson.
El fenómeno de los candidatos sorpresa dejó de ser una rareza.
Jaime Durán Barba viene advirtiendo sobre electorados impredecibles, cansados y menos atados a las estructuras tradicionales.
La ciencia política aporta una clave: el voto no es solamente racional; las emociones, la identificación y el rechazo pesan enormemente.
¿Puede San Luis estar preparando una elección en la que el protagonista de 2027 todavía ni siquiera esté instalado?
Durante décadas la política funcionó con una receta relativamente previsible: construir un candidato durante años, acumular cargos, levantar estructura territorial, recorrer departamentos, conseguir dirigentes, llenar actos y finalmente presentarlo ante la sociedad como la consecuencia natural de una carrera política.
Ese mecanismo está empezando a mostrar grietas.
Y quizás uno de los grandes errores que puede cometer la política de San Luis sea analizar 2027 con las reglas electorales de 1983, 1999 o incluso 2011.
Porque está cambiando algo mucho más profundo que los partidos.
Está cambiando el elector.
Jaime Durán Barba viene observando este fenómeno desde hace años.
En una entrevista con LA NACION llegó a describir electorados con mucha bronca y decisiones cada vez más sentimentales e impredecibles. Puso como ejemplo a Pedro Castillo en Perú, quien, según su análisis, prácticamente no figuraba en las encuestas hasta muy poco antes de aquella elección.
Y después sintetizó otro fenómeno latinoamericano: las sociedades estaban buscando “uno distinto”, figuras capaces de representar ruptura frente a las estructuras conocidas.
La pregunta entonces cae inevitablemente sobre San Luis:
¿Y SI EL CANDIDATO MÁS IMPORTANTE DE 2027 TODAVÍA NO ESTÁ EN LA CONVERSACIÓN?
No sería ninguna locura.
Podría ser un hombre.
Podría ser una mujer.
Podría venir de la gestión pública, de una intendencia, del sector privado, de una profesión o incluso de un lugar que hoy la política tradicional ni siquiera está observando.
Y existe una explicación científica detrás de esta posibilidad.
EL VOTO NO OCURRE SOLAMENTE EN LA CABEZA
Durante mucho tiempo se imaginó al elector casi como un contador.
Analizaría propuestas, compararía candidatos, evaluaría antecedentes, estudiaría plataformas y finalmente elegiría racionalmente la alternativa que maximizara sus intereses.
La realidad es bastante más compleja.
Una investigación publicada en Frontiers in Political Science en 2025, utilizando datos electorales estadounidenses de varios ciclos, encontró que tanto las consideraciones racionales como las respuestas afectivas intervienen en la elección, y que en ese análisis las orientaciones afectivas tuvieron incluso un impacto mayor que las consideraciones racionales.
Eso no significa que “la gente vote irracionalmente”.
Significa algo mucho más importante:
sentir también forma parte de decidir.
Esperanza.
Miedo.
Bronca.
Orgullo.
Confianza.
Cansancio.
Pertenencia.
Rechazo.
Son variables políticas.
Otra investigación publicada en The Journal of Politics encontró, por ejemplo, que emociones discretas como preocupación, orgullo, enojo o esperanza se relacionan con preferencias políticas y participación; en sus datos, la preocupación incluso funcionó como movilizador de participación electoral en una elección estudiada.
Por eso quizás estemos cometiendo un error cuando preguntamos solamente:
“¿Qué candidato tiene más estructura?”
Tal vez haya que comenzar a preguntar:
“¿Qué emoción representa cada candidato?”
Ahí cambia todo.
CUARENTA AÑOS CAMBIAN EL SIGNIFICADO DE UN APELLIDO
San Luis tiene además una particularidad.
Existen dirigentes y apellidos que protagonizan la conversación política provincial desde hace más de cuatro décadas.
Para una generación fueron novedad.
Para otra fueron poder.
Para otra, historia.
Y para los más jóvenes pueden representar directamente el pasado.
Esto no constituye por sí mismo un juicio sobre sus gestiones.
Es un problema diferente: el significado emocional que adquiere la permanencia.
Cuando una sociedad atraviesa dificultades económicas, frustraciones acumuladas o pérdida de expectativas, puede aparecer una pregunta extremadamente sencilla:
“Si hace décadas me prometen que lo que viene será mejor, ¿por qué debería creer nuevamente?”
Ese razonamiento puede ser electoralmente devastador porque ya no discute una obra, un presupuesto o una plataforma.
Discute credibilidad.
Y cuando se rompe la credibilidad, repetir el mensaje con mayor intensidad no necesariamente recupera al elector.
A veces consigue exactamente lo contrario.
EL CANDIDATO NUEVO TIENE UNA VENTAJA EXTRAORDINARIA: TODAVÍA NO DECEPCIONÓ
Aquí aparece una de las paradojas más interesantes.
El dirigente tradicional posee experiencia, estructura y conocimiento público.
Pero carga también con una mochila.
Tiene declaraciones anteriores.
Enemigos.
Contradicciones.
Promesas.
Gestiones.
Internas.
Errores.
El candidato desconocido carece de gran parte de esas ventajas.
Pero también carece de buena parte de esos pasivos.
Todavía no existe una larga historia emocional negativa entre él y el elector.
Y la evidencia experimental ofrece una precisión importante: no necesariamente se premia simplemente la inexperiencia.
Un estudio sobre candidatos outsiders encontró resultados mucho más claros a favor del mensaje anti-establishment que de la mera falta de experiencia política.
Esto es fundamental.
La gente no necesariamente está diciendo:
“Quiero alguien que no sepa gobernar.”
Puede estar diciendo:
“Quiero alguien que no se parezca a los que estoy cansado de escuchar.”
Son cosas completamente diferentes.
LA POLÍTICA DEL SCROLL
Hay además una revolución tecnológica.
TikTok, Instagram, YouTube, WhatsApp y las demás plataformas modificaron la velocidad con la cual una persona puede convertirse en fenómeno político.
Durán Barba volvió sobre esto recientemente y sostuvo que actualmente se vota mucho más negativamente y que la tecnología está modificando profundamente nuestra atención y nuestra forma de procesar la política.
Antes había que construir notoriedad durante años.
Hoy una figura puede atravesar millones de pantallas en semanas.
Eso acorta brutalmente los tiempos.
El político tradicional puede pensar:
“Nadie lo conoce.”
Pero ésa podría dejar de ser una sentencia definitiva.
Porque en el ecosistema digital actual existe otra pregunta:
¿Cuánto tiempo hace falta para que todos comiencen a conocerlo?
Quizás mucho menos del que imaginamos.
EL FACTOR SORPRESA
Aquí aparece otra ventaja.
Un candidato instalado con demasiada anticipación permite que sus adversarios lo estudien.
Saben dónde atacarlo.
Conocen sus puntos débiles.
Preparan carpetas.
Construyen adversarios.
Le asignan etiquetas.
Lo desgastan.
Un candidato que emerge tarde reduce ese tiempo.
Pero hay algo todavía más importante.
Puede convertirse en acontecimiento.
Y el acontecimiento genera conversación.
“¿Quién es?”
“¿De dónde salió?”
“¿Por qué lo eligieron?”
“Quiero escucharlo.”
El desconocimiento, paradójicamente, puede convertirse durante unas semanas en combustible político.
No garantiza absolutamente nada.
Pero abre una ventana.
¿Y SAN LUIS?
Ahí cobra otra dimensión la discusión que abrimos recientemente en Polémica en San Luis.
Cuando se puso sobre la mesa el nombre de Néstor Ordóñez, lo verdaderamente interesante no fue afirmar una candidatura que hoy no existe.
Fue demostrar algo.
Ante la pregunta sobre quién era, algunos integrantes de la propia conversación política prácticamente respondieron:
“No lo conozco.”
Exactamente.
Ese es el fenómeno que estamos analizando.
No significa que Ordóñez vaya a ser candidato.
Tampoco que Claudio Poggi esté pensando en una sucesión.
Hoy el escenario puede perfectamente conducir hacia la búsqueda de continuidad del propio gobernador.
Lo mismo puede pasar en Villa Mercedes.
Pero la pregunta intelectual permanece:
¿y si la política está mirando solamente a quienes ya conoce cuando la sociedad está esperando precisamente a alguien que todavía no conoce?
EL GRAN ACTIVO DE 2027 PODRÍA SER NO PARECER POLÍTICO
Esto tampoco significa ausencia de capacidad.
El candidato sorpresa exitoso necesita construir rápidamente tres percepciones:
autenticidad, competencia y esperanza.
Debe parecer genuino.
Debe demostrar que puede gobernar.
Y fundamentalmente debe permitir imaginar algo distinto.
La emocionalidad generalizada apunta para ese lado.
Porque el elector cansado no necesariamente busca una ideología nueva.
Muchas veces busca una sensación nueva, hartos de siempre lo mismo.
Quiere volver a sentir que algo puede cambiar.
Y ahí aparece la enorme diferencia entre el voto racional tradicional y el componente emocional contemporáneo.
La persona puede olvidar veinte propuestas.
Pero difícilmente olvide cómo un candidato la hizo sentir.
EL ERROR DE SUBESTIMAR AL DESCONOCIDO
La vieja política observa una encuesta y pregunta:
“¿Cuánto mide?”
Dos puntos.
Tres puntos.
No aparece.
Entonces sentencia:
“No existe.”
Pero quizá la pregunta correcta sea otra:
¿cuánto puede crecer?
Un dirigente conocido por el 95% de la población puede tener 25 puntos y un techo muy próximo.
Un desconocido puede tener tres puntos simplemente porque el 80% todavía no sabe quién es, caso Gebel.
Son fotografías completamente diferentes.
Por eso habrá que mirar con enorme atención los próximos meses.
No solamente las encuestas.
También las emociones.
Cansancio.
Rechazo.
Esperanza.
Deseo de renovación.
Confianza en las instituciones.
Y, especialmente, predisposición a probar algo distinto.
EL 2027 PUEDE TENER UN NOMBRE QUE HOY NO ESTÁ EN NINGÚN AFICHE
Quizás Claudio Poggi sea candidato.
Quizás Maximiliano Frontera continúe expandiendo su liderazgo provincial.
Quizás los Rodríguez Saá vuelvan a competir.
Quizás aparezcan los nombres que actualmente recorren todos los análisis.
Todo eso es posible.
Pero existe una quinta posibilidad que sería un error descartar:
que aparezca otro.
Un hombre o una mujer que hoy no encabeza encuestas.
Que no está recorriendo estudios de televisión.
Que no llena paredes con carteles.
Que incluso puede no considerarse todavía candidato.
El mundo político está ofreciendo suficientes señales como para tomar seriamente esa hipótesis.
Durán Barba detectó hace años una sociedad que reclama nuevas personas y nuevas alternativas.
La investigación académica confirma que las emociones participan profundamente de nuestras decisiones electorales, aunque conviene no simplificar: una revisión meta-analítica reciente encontró efectos emocionales reales pero modestos y variables según cómo se los mida.
Por eso el fenómeno no debe explicarse como una sociedad que “dejó de pensar”.
Es mucho más profundo.
La sociedad piensa y siente simultáneamente.
Y cuando una comunidad acumula cansancio durante demasiado tiempo, el deseo de cambiar puede terminar pesando tanto como el nombre del candidato.
Tal vez la gran pregunta de San Luis 2027 ya no sea:
¿quién de todos los candidatos conocidos va a ganar?
Tal vez sea otra:
¿Y SI TODAVÍA NO CONOCEMOS AL CANDIDATO?
Porque cuando una sociedad comienza a sentir que ya probó a todos, el desconocido deja de representar solamente incertidumbre.
Puede empezar a representar esperanza.