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Por Gustavo Thompson.
Los Rodríguez Saá, que durante décadas decidieron de qué se hablaba en la provincia, hoy aparecen atrapados en discusiones menores.
Poggi conduce el Gobierno, Giraudo se convirtió inesperadamente en protagonista de la agenda y Maxi Frontera marca el pulso político de Villa Mercedes.
El viejo poder ya no consigue imponer su relato.
Durante décadas, los hermanos Rodríguez Saá no solamente administraron el poder político de San Luis: también administraron el relato.
Decidían qué se discutía, quién podía hablar, quién debía callar y cuáles eran los límites de la confrontación política.
Pero los tiempos cambiaron.
La aparición de una nueva generación de dirigentes, el alejamiento de antiguos aliados y, fundamentalmente, una sociedad que parece haber perdido el miedo a contradecirlos, están dejando al descubierto una realidad que los hermanos todavía se resisten a aceptar.
Giraudo le bajo VALIENTEMENTE el precio a los octogenarios con términos vehementes pero muy sentido: CAGONES Y GARCAS. ¿casual o causal?
Adolfo y Alberto ya no controlan la agenda política de San Luis.
Y lo más llamativo es que sus propios movimientos comienzan a demostrarlo.
DE GRANDES ESTRATEGAS A DISCUTIR QUIÉN VISITÓ A QUIÉN
El último episodio tiene como protagonistas a Alberto Rodríguez Saá y al secretario de Discapacidad del Gobierno provincial, Luis Giraudo.
Durante dos jornadas, una parte de la conversación política giró alrededor de una cuestión casi doméstica: ¿Alberto fue a ver a Giraudo o Giraudo fue a ver a Alberto?
La pregunta verdaderamente importante es otra:
¿Qué trascendencia política tiene determinar quién cruzó primero una puerta cuando nadie puede dar ejemplo al respecto?
Sin embargo, el exgobernador del poder provincial terminó involucrado en una discusión sobre visitas, encuentros y versiones contrapuestas.
Un dirigente que durante décadas manejó los tiempos de la política puntana hoy aparece obligado a explicar un episodio menor frente a un funcionario que ni siquiera pertenece al núcleo histórico más cercano al gobernador Claudio Poggi.
Giraudo lo saca de eje al histórico dirigente.
La paradoja es extraordinaria: quienes antes imponían los grandes debates de San Luis hoy discuten quién pidió una reunión.
POGGI, EL HOMBRE QUE NO NECESITA LEVANTAR LA VOZ
Pero detrás de esta controversia aparece una lectura política mucho más interesante.
Mientras Alberto Rodríguez Saá y Luis Giraudo protagonizan versiones enfrentadas, Claudio Poggi permanece fuera de la discusión pública.
Y allí surge una hipótesis que merece atención.
¿Qué ocurriría si el gobernador hubiera estado informado desde el primer momento de lo sucedido?
En ese escenario, Poggi no necesitaría intervenir públicamente para beneficiarse del contraste político.
El gobernador podría estar demostrando que el control de la narrativa no consiste en hablar más fuerte, sino en conseguir que los adversarios terminen discutiendo asuntos que no eligieron.
No hay elementos públicos suficientes para afirmar que Poggi haya organizado esta controversia.
Pero su posición institucional le permite observarla sin quedar atrapado en ella.
¿Y si Giraudo le consulto al Gobernador desde un primer momento?
esa diferencia resulta políticamente significativa porque al final el que esta moviendo los hilos es el mismo Gobernador.
Los Rodríguez Saá, acostumbrados a conducir la conversación provincial, hoy aparecen reaccionando ante una agenda que ya no dominan.
Antes escribían el libreto.
Hoy discuten una escena secundaria.
GIRAUDO Y LA INSÓLITA INVERSIÓN DEL PODER
Hay otro aspecto que merece destacarse.
Luis Giraudo no es gobernador, no conduce una estructura partidaria provincial ni representa una figura central del viejo sistema político.
Es un secretario del actual Gobierno.
Sin embargo, su nombre consiguió instalarse en una discusión que involucra directamente a Alberto Rodríguez Saá.
La dimensión del episodio no está en determinar quién visitó a quién.
Está en la desproporción política de la controversia.
Un exgobernador que durante años concentró un poder extraordinario termina disputando protagonismo narrativo con un secretario provincial de lineas bajas.
Para alguien que construyó buena parte de su trayectoria sobre la autoridad y el control de los acontecimientos, la escena representa una señal de debilitamiento.
VILLA MERCEDES LES DIO OTRA SEÑAL
El reciente desembarco de Alberto Rodríguez Saá en Villa Mercedes también dejó interrogantes.
El encuentro realizado en un salón vinculado al radicalismo no produjo, según las versiones locales, la demostración de fuerza que sus organizadores esperaban.
Algunas estimaciones hablan de una presencia de aproximadamente 70 mercedinos, solamente.
La entrevista posterior con una periodista local tampoco logró instalar un mensaje político de gran repercusión.
Alberto llegó a Villa Mercedes buscando recuperar centralidad, pero terminó siendo más comentada la polémica con Giraudo que su propuesta política.
Y eso representa un problema para cualquier dirigente que pretende volver a disputar poder.
Porque la política no solamente se mide por la cantidad de personas que concurren a un acto.
También se mide por la capacidad de instalar ideas, generar expectativas y construir futuro.
YA NO MANEJAN EL RELATO.
En esta oportunidad, el mensaje de Alberto quedó opacado por una controversia secundaria.
MAXI FRONTERA Y EL CAMBIO GENERACIONAL
En Villa Mercedes, además, existe una realidad que los Rodríguez Saá no pueden ignorar.
Maximiliano Frontera se consolidó como el principal conductor institucional y político de la ciudad.
Su presencia territorial, su gestión municipal y su construcción política representan una forma de liderazgo distinta de aquella que caracterizó durante décadas al viejo poder provincial.
Los Rodríguez Saá intentaron recuperar protagonismo en una ciudad que históricamente fue decisiva para sus proyectos.
Pero hoy encuentran un escenario diferente.
Ya no alcanza con llegar, convocar a los dirigentes de siempre y esperar que la sociedad responda automáticamente.
Villa Mercedes tiene una conducción propia, nuevos actores y una dinámica política que no depende de las decisiones de los hermanos.
El problema de los Rodríguez Saá no es solamente que apareció una nueva generación.
Es que esa generación aprendió a construir poder sin pedirles permiso.
EL PODER QUE MÁS LES DUELE PERDER
Durante años, los hermanos Rodríguez Saá consiguieron algo más importante que ganar elecciones.
Consiguieron que buena parte de la política provincial girara alrededor de ellos.
Sus declaraciones marcaban la agenda.
Sus silencios generaban especulaciones.
Sus movimientos condicionaban a aliados y adversarios.
Hoy esa capacidad parece estar seriamente deteriorada.
Adolfo y Alberto todavía conservan trayectoria, reconocimiento y sectores que los acompañan.
Sería un error negar esa realidad.
Pero una cosa es conservar seguidores y otra muy distinta es mantener la capacidad de ordenar la política de una provincia.
El verdadero poder no consiste en conseguir que todos hablen de uno, sino en conseguir que hablen de lo que uno quiere.
Y precisamente allí aparece la mayor debilidad de los Rodríguez Saá.
Intentan imponer su relato, pero terminan explicando controversias que otros instalan y es el mismo Gobernador quién esta manejando la pluma.
Buscan proyectar fortaleza, pero quedan involucrados en discusiones menores.
Pretenden representar el futuro, pero buena parte de sus intervenciones vuelve una y otra vez al pasado.
EL FINAL DE UNA ÉPOCA NO NECESITA DECRETOS
Quizás lo más significativo de esta nueva etapa sea que nadie necesitó prohibirles hablar a los Rodríguez Saá.
Siguen teniendo micrófonos, espacios políticos y oportunidades para expresarse.
Lo que parece haber cambiado es la respuesta de la sociedad.
Sus palabras ya no producen necesariamente el mismo impacto.
Sus advertencias ya no generan automáticamente el mismo temor.
Y sus movimientos ya no determinan por sí solos el rumbo de la conversación pública.
Mientras Poggi ejerce el Gobierno provincial y Frontera fortalece su protagonismo en Villa Mercedes, los hermanos enfrentan el desafío de encontrar un lugar en una política que ya no gira exclusivamente alrededor de ellos.
La pérdida del poder institucional fue un golpe.
Pero la pérdida del control del relato puede resultar todavía más profunda.
Porque los cargos se recuperan mediante elecciones.
La autoridad política, en cambio, no se recupera simplemente repitiendo que todavía se la tiene.
LA CONCLUSIÓN
Los Rodríguez Saá construyeron durante décadas un sistema político en el que parecían tener siempre la última palabra.
Hoy, paradójicamente, pueden pasar días enteros discutiendo quién visitó a quién.
Y mientras ellos intentan ganar esa discusión, otros dirigentes ocupan el centro de la escena.
Poggi gobierna.
Frontera conduce Villa Mercedes.
Giraudo protagoniza una polémica inesperada, el único funcionario provincial que le respondió a Rodriguez Saá cuando dijo que su Gobernador tenía miedo, todos mudos, solo Giarudo le dijo quiero retruco al octogenario y lo saco de foco con un CAGON Y VIEJO GARCA.
Los Rodríguez Saá intentan recuperar el control de una narrativa que se les escapa de las manos.
Tal vez esa sea la fotografía política más reveladora del presente puntano.
LOS OCTOGENARIOS YA NO ESCRIBEN SOLOS LA HISTORIA DE SAN LUIS.
Y LO QUE MÁS LES CUESTA ACEPTAR ES QUE AHORA OTROS TIENEN LA PLUMA.