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Por Gustavo Thompson.
Polémica en San Luis abrió una discusión que excede nombres y candidaturas.
La verdadera disputa puede no ser entre peronistas, libertarios, poggistas o rodriguezsaístas, sino entre dos épocas: una dirigencia que ocupa el escenario hace más de cuatro décadas y una sociedad que empieza a pedir otra cosa.
El cansancio, la crisis económica, la pérdida de confianza y el cambio generacional pueden convertirse en los grandes electores de 2027.
Hay momentos en los que la política se equivoca de pregunta.
Pregunta quién mide más.
Quién tiene más estructura.
Quién controla más dirigentes.
Quién llena más actos.
Quién posee mayor aparato territorial.
Y mientras se concentra en esas variables, puede dejar de mirar la más importante:
qué está sintiendo la sociedad.
Ese fue, quizás, el eje más profundo que dejó la última edición de Polémica en San Luis.
La mesa discutió economía, Nación, Claudio Poggi, Maximiliano Frontera, los hermanos Rodríguez Saá, el impacto de Javier Milei, las redes sociales, las nuevas formas de comunicación política y hasta el funcionamiento de las estructuras partidarias.
Pero por debajo de todos esos temas apareció una palabra que terminó explicándolo casi todo:
HARTAZGO.
No bronca pasajera.
No enojo electoral de una semana.
Hartazgo.
Ese sentimiento más profundo que aparece cuando una sociedad comienza a pensar que escucha desde hace demasiado tiempo a las mismas personas, las mismas promesas y las mismas explicaciones.
Y ése puede ser el dato político más importante de San Luis hacia 2027.
CUARENTA AÑOS DESPUÉS, LA SOCIEDAD YA NO ESCUCHA IGUAL
En el programa volvió a aparecer la definición de los “octogenarios”.
No como una referencia biológica.
Como una categoría política.
Se habló de dirigentes que hace más de cuarenta años ocupan el centro de la escena y que continúan intentando conducir, interpretar e incluso diseñar el futuro de generaciones que nacieron mucho después de su llegada al poder. La mesa planteó que esos liderazgos pueden estar funcionando como verdaderos “tapones generacionales”.
Ese concepto merece detenerse.
Porque una sociedad puede reconocer una historia y, al mismo tiempo, entender que esa historia terminó.
Puede agradecer determinadas obras y, sin embargo, no querer regresar.
Puede valorar una etapa sin aceptar que quienes la protagonizaron sean necesariamente quienes deban protagonizar la siguiente.
Ahí aparece el conflicto generacional.
No necesariamente entre jóvenes y viejos.
Sino entre formas de entender el poder.
Entre corruptos del pasado y esperanzas del presente.
Una lógica vertical contra una lógica más horizontal.
La política de los grandes jefes contra una sociedad que quiere dirigentes accesibles.
El discurso épico contra la gestión cotidiana.
La obediencia partidaria contra la autonomía.
El relato construido desde arriba contra una ciudadanía que compara, cuestiona y discute todo en tiempo real.
Y ese choque puede convertirse en una de las principales claves de 2027.
EL PROBLEMA YA NO ES SOLAMENTE POLÍTICO: ES EMOCIONAL
Durante décadas la política trató al ciudadano como si votara únicamente con una calculadora.
Salario.
Obras.
Inflación.
Empleo.
Impuestos.
Todo importa.
Pero las personas también votan con memoria, confianza, frustración, esperanza y cansancio.
Por eso existe una pregunta que ningún dirigente debería subestimar:
¿cómo se siente hoy el puntano frente a la política?
Porque si la respuesta predominante comienza a ser “cansado”, toda la estrategia electoral cambia.
El cansancio político produce algo muy particular.
La gente empieza a dejar de escuchar argumentos.
Ya no pregunta tanto:
“¿Qué propone?”
Comienza preguntando:
“¿Otra vez éste?”
Cuando una sociedad llega a ese punto, el problema del dirigente tradicional deja de ser solamente convencer.
Tiene que superar primero el rechazo acumulado.
Y eso es mucho más difícil.
EL VOTANTE NO NECESITA ODIAR A NADIE PARA QUERER CAMBIO
Ésta también es una diferencia importante.
Para que exista renovación no hace falta que la sociedad considere que todo lo anterior fue malo.
Puede ocurrir algo mucho más simple:
puede sentir que ya fue suficiente.
Eso cambia completamente la interpretación.
Un ciudadano puede decir:
“Gobernaron.”
“Construyeron.”
“Tuvieron su oportunidad.”
“Fueron protagonistas.”
Y después agregar:
“Ahora quiero otra cosa.”
Eso no es odio.
Es recambio.
Y cuando el recambio generacional se demora demasiado, termina apareciendo de manera abrupta.
La política debería estudiar mucho este fenómeno.
Porque las sociedades toleran durante años determinadas estructuras, hasta que de repente dejan de hacerlo.
Y cuando eso ocurre, los aparatos tradicionales descubren algo inquietante:
la estructura partidaria no siempre puede contener una emoción colectiva.
LA CRISIS ECONÓMICA ACELERA TODO
Hay además un componente decisivo: la economía.
Durante el programa se discutió largamente cuánto de la situación actual corresponde al gobierno nacional y cuánto puede atribuirse a las administraciones provinciales.
Una de las posiciones planteó que la economía argentina continúa siendo fundamentalmente responsabilidad del Gobierno nacional y que sería incorrecto trasladar automáticamente ese deterioro a un gobernador.
La discusión es válida.
Pero electoralmente existe algo todavía más importante:
la gente no vive las responsabilidades constitucionales; vive sus problemas.
Vive si llega o no llega a fin de mes.
Si puede pagar la tarjeta.
Si el sueldo alcanza.
Si tiene trabajo.
Si puede ayudar a sus hijos.
Si puede sostener un comercio.
Si duerme tranquila.
Cuando esas variables comienzan a deteriorarse, aumenta la necesidad psicológica de encontrar respuestas.
Y ahí se produce un fenómeno peligroso para todos los oficialismos y oposiciones tradicionales:
el ciudadano deja de distinguir prolijamente responsabilidades institucionales y comienza a evaluar el sistema político completo.
El programa lo planteó de manera cruda: hay personas endeudadas, enojadas y buscando responsables.
Eso transforma cualquier elección.
POGGI Y EL DESAFÍO DE NO QUEDAR ATRAPADO EN LA CRISIS NACIONAL
Otro debate central fue la relación entre Claudio Poggi y Javier Milei.
Allí aparecieron posiciones claramente diferentes.
Una mirada sostuvo que la política nacional podría terminar condicionando electoralmente al gobernador.
La otra defendió algo distinto: tener diálogo institucional con la Nación no significa compartir su proyecto político.
Se recordó además que en áreas como discapacidad existieron diferencias con el Gobierno nacional y que la Provincia habría sostenido políticas con recursos propios.
La discusión deja una enseñanza política muy clara:
Poggi necesita evitar que la elección provincial se nacionalice completamente.
Y ésa probablemente sea una de las razones más importantes detrás del desdoblamiento electoral.
Porque San Luis tiene una historia política propia.
Tiene actores propios.
Conflictos propios.
Liderazgos propios.
Y una elección provincial puede terminar siendo interpretada con una lógica completamente distinta a la nacional.
La propia mesa sostuvo que el escenario puntano podría terminar polarizándose entre los viejos liderazgos y una nueva generación.
Ahí está quizás una de las claves.
FRONTERA REPRESENTA OTRA CONSTRUCCIÓN
Maximiliano Frontera aparece en este escenario con una característica particular.
Su construcción política no nace del discurso nacional.
Tampoco parece estar edificada prioritariamente sobre una identidad partidaria clásica.
Su fortaleza está en Villa Mercedes.
En la gestión.
En la proximidad.
En la identidad mercedina.
Durante Polémica apareció una definición que resume esa estrategia:
trabajar sobre los mercedinos antes que sobre las estructuras partidarias.
Ese detalle no es menor.
Porque puede anticipar la forma de hacer política que viene.
Menos ideológica.
Más territorial.
Menos dogmática.
Más vinculada al sentido de pertenencia.
Y cuando en la propia mesa se defendió la idea de “primero Villa Mercedes, segundo Villa Mercedes, tercero Villa Mercedes”, apareció algo que excede a una consigna: una identidad política local dispuesta a discutir poder provincial desde el territorio.
Por eso Frontera ocupa un lugar diferente.
Puede participar del proceso de renovación sin necesidad de presentar su crecimiento como una revolución.
Su fortaleza puede estar precisamente en otra cosa:
parecer gobierno antes que candidato.
LOS RODRÍGUEZ SAÁ TIENEN UN PROBLEMA QUE NO SE RESUELVE CON ACTOS
Alberto y Adolfo Rodríguez Saá enfrentan un desafío mucho más complejo.
No se trata únicamente de reunir dirigentes.
Ni de reconstruir una estructura.
Ni siquiera de volver a juntar sectores históricamente enfrentados.
Tienen un problema temporal.
Representan una etapa política extraordinariamente prolongada.
Y frente a eso existe una pregunta brutalmente sencilla:
¿puede una dirigencia que condujo buena parte de los últimos cuarenta años presentarse ahora como la novedad del futuro?
Ése es el verdadero desafío.
Porque el mensaje “lo que viene es mejor” funciona únicamente si el emisor conserva capacidad para representar futuro.
Cuando esa percepción se pierde, la consigna puede producir el efecto contrario.
La sociedad puede preguntar:
“¿Lo que viene con quién?”
Y ahí aparece el problema.
No alcanza con cambiar el discurso.
Para representar renovación hay que transmitir renovación.
Y la edad política, a diferencia de la biológica, no se mide en años.
Se mide en cuánto tiempo una persona lleva ocupando el mismo lugar del imaginario colectivo.
LA GRAN BATALLA: ANALÓGICOS CONTRA DIGITALES
En Polémica apareció una definición provocadora:
los viejos analógicos frente a la nueva generación.
Puede parecer una exageración.
Pero encierra una transformación muy profunda.
La política tradicional funcionaba de arriba hacia abajo.
Un dirigente hablaba.
Un diario publicaba.
La radio repetía.
La televisión amplificaba.
Y el ciudadano recibía.
Eso terminó.
Hoy el ciudadano responde.
Publica.
Discute.
Se burla.
Corrige.
Graba.
Recorta videos.
Hace memes.
Desarma discursos en segundos.
La autoridad política perdió el monopolio de la palabra.
Y esa transformación tecnológica está cambiando la autoridad misma.
El dirigente ya no puede esperar respeto solamente porque ocupa un cargo.
Tiene que conquistarlo permanentemente.
LAS REDES TAMBIÉN PUEDEN FABRICAR REALIDADES
La mesa también abrió una discusión especialmente interesante sobre bots, trolls, campañas digitales y mecanismos para instalar temas artificialmente.
Allí se hicieron distintas afirmaciones sobre Fernando Cerimedo y campañas políticas digitales que, antes de ser publicadas como hechos, deberían ser verificadas independientemente.
Pero la pregunta central del debate sí merece ser tomada en serio:
¿cuánto de lo que creemos que “piensa la gente” surge espontáneamente y cuánto puede ser amplificado por estructuras digitales?
En el programa se describió la lógica de repetir masivamente mensajes para instalar determinadas percepciones.
Eso obliga a la política a entender algo:
Twitter no es la sociedad.
Facebook no es la sociedad.
TikTok tampoco.
Son territorios donde la sociedad se expresa, pero también donde determinados actores intentan influir sobre ella.
Por eso las próximas campañas van a necesitar mucha más inteligencia.
No necesariamente más dinero.
Más inteligencia.
EL HARTAZGO PUEDE CREAR CANDIDATOS QUE HOY NO EXISTEN
Y aquí aparece el punto más fascinante.
Cuando una sociedad entra en una etapa de fuerte cansancio, pueden aparecer candidatos inesperados.
Personas que seis meses antes no figuraban.
Dirigentes que no parecían centrales.
Hombres o mujeres que no pertenecían al grupo habitual de aspirantes.
La razón es sencilla:
cuando aumenta el rechazo hacia lo conocido, aumenta el valor político de lo desconocido.
Eso no significa que cualquier outsider pueda ganar.
Pero sí significa que el desconocido empieza con una ventaja:
no carga todavía con décadas de frustraciones acumuladas.
En elecciones normales eso puede ser un problema.
En elecciones dominadas por el hartazgo puede convertirse en una oportunidad.
Y ahí San Luis debería mirar con atención.
Porque quizás todos estén discutiendo actualmente entre cinco o seis nombres cuando el verdadero protagonista de 2027 todavía no apareció.
LA ELECCIÓN PUEDE TERMINAR SIENDO ENTRE DOS ÉPOCAS
Ésta es la conclusión más interesante.
Quizás San Luis 2027 no termine siendo:
Poggi contra Rodríguez Saá.
Peronismo contra libertarios.
Oficialismo contra oposición.
Tal vez sea algo mucho más profundo.
PASADO CONTRA FUTURO.
Continuidad de una forma histórica de ejercer el poder contra una nueva generación que todavía está buscando su identidad.
Política analógica contra política digital.
Grandes estructuras contra liderazgos de proximidad.
Apellidos históricos contra dirigentes emergentes.
Relato contra resultados.
Promesas contra credibilidad.
Y allí el voto puede adquirir una dimensión emocional muy fuerte.
Porque cuando una sociedad siente que está eligiendo entre dos épocas, deja de votar solamente candidatos.
Vota qué parte de su propia historia quiere cerrar.
EL GRAN ERROR SERÍA CREER QUE TODO SEGUIRÁ IGUAL
Los dirigentes históricos pueden pensar que todavía controlan estructuras.
Es cierto.
Pueden conservar intendentes.
Legisladores.
Referentes.
Militancia.
Recursos.
Pero nada de eso garantiza interpretar correctamente el momento social.
Y la historia política está llena de estructuras aparentemente invencibles que descubrieron demasiado tarde que la sociedad ya había cambiado.
Ése es probablemente el gran interrogante que dejó Polémica en San Luis.
No quién tiene hoy más votos.
No quién aparece primero en una encuesta.
No quién hace el acto más grande.
La pregunta es otra:
¿QUIÉN ESTÁ ENTENDIENDO MEJOR EL ESTADO EMOCIONAL DE LA SOCIEDAD?
Porque ése puede terminar siendo el verdadero poder.
Si la gente llega a 2027 cansada, endeudada, descreída y demandando renovación, las viejas herramientas pueden no alcanzar.
Y entonces San Luis podría entrar en una etapa completamente distinta.
No necesariamente porque aparezca una revolución.
Sino porque millones de pequeñas decisiones individuales pueden coincidir en una misma sensación:
“Ya fue suficiente.”
Y cuando una sociedad pronuncia esas tres palabras frente a una generación política, empieza otra historia.
Por eso quizá la gran batalla electoral de San Luis todavía no comenzó.
Y quizás tampoco conozcamos todavía a todos sus protagonistas.
Pero algo sí parece estar ocurriendo.
Después de más de cuatro décadas de los mismos nombres disputando centralidad, el tiempo empieza a convertirse también en candidato.
Y en 2027, más que elegir quién gobierna los próximos cuatro años, San Luis podría terminar decidiendo algo mucho más profundo:
si quiere seguir mirando hacia atrás o finalmente empezar a mirar hacia adelante.