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Por Gustavo Thompson.
Durante generaciones aprendimos a pensar en un mundo construido alrededor del libro, la escuela, el diario y la palabra extensa. Hoy vivimos mirando una pantalla que cambia de estímulo con el movimiento de un dedo. Nuestro cerebro no mutó biológicamente de un día para otro: cambió radicalmente el ambiente que lo alimenta. Atención, memoria, emociones, política y liderazgo están siendo reorganizados por una revolución silenciosa. Y quien pretenda comprender la sociedad de 2026 con las herramientas mentales de 1983 corre el riesgo de estar hablándole a un mundo que ya no existe.
Hubo una época en la que para conocer había que buscar.
Buscar un libro.
Comprar un diario.
Ir a una biblioteca.
Esperar el noticiero.
Escuchar una radio.
Preguntarle a alguien que sabía.
La información era un bien relativamente escaso y acceder a ella requería tiempo.
El libro fue mucho más que un objeto cultural. Durante siglos ayudó a imponer una determinada arquitectura del pensamiento: comenzar por una página, avanzar hacia otra, recordar lo anterior, relacionar conceptos, soportar cierta demora y finalmente construir una conclusión.
Había un recorrido.
Atención. Desarrollo. Comprensión. Reflexión. Conclusión.
Hoy tomamos un celular.
Y comienza otro mundo.
Video.
Mensaje.
Noticia.
WhatsApp.
TikTok.
Instagram.
Un asesinato.
Un gol.
Una guerra.
Un político.
Una publicidad.
Una receta.
Un meme.
Todo puede ingresar a nuestra conciencia en apenas dos minutos.
Por eso estamos viviendo algo muchísimo más profundo que una revolución tecnológica.
ESTAMOS VIVIENDO UNA REVOLUCIÓN COGNITIVA.
NO CAMBIÓ BIOLÓGICAMENTE EL CEREBRO: CAMBIÓ EL MUNDO QUE LO ESTIMULA
Conviene hacer esta precisión porque es fundamental.
No apareció una nueva especie humana.
Nuestro cerebro no evolucionó genéticamente en treinta años.
Lo que cambió de manera extraordinaria es el ecosistema cognitivo dentro del cual funciona ese cerebro.
Y cuando cambia permanentemente el ambiente, cambian nuestros hábitos mentales.
Antes el problema era conseguir información.
Hoy el problema es sobrevivir a ella.
Cada minuto aparecen nuevos estímulos reclamando nuestra atención.
Ya no preguntamos:
“¿Dónde encuentro información?”
La pregunta es:
“¿A cuál de toda esta información le presto atención?”
Y ahí comienza una de las mayores disputas de poder del siglo XXI.
Porque la nueva riqueza no es solamente el dinero.
Es nuestra atención.
DEL LIBRO AL SCROLL
El libro nos pedía permanecer.
El celular nos invita permanentemente a cambiar.
Ésa puede ser la representación más sencilla de la transformación.
Con un libro, abandonar una página para leer inmediatamente otras veinte cosas diferentes requería una decisión consciente.
En una plataforma digital basta mover un dedo.
Scroll.
Otra cosa.
Scroll.
Otra emoción.
Scroll.
Otra persona.
Scroll.
Otro mundo.
El teléfono convirtió el cambio de estímulo en un gesto prácticamente automático.
Y nuestra mente comenzó a acostumbrarse a esa velocidad.
No necesariamente perdimos capacidad de pensar profundamente.
Pero ahora la profundidad debe competir permanentemente contra la posibilidad de obtener un nuevo estímulo en menos de un segundo.
ANTES LA INFORMACIÓN TENÍA PRINCIPIO Y FINAL. AHORA ES INFINITA
Un libro termina.
Un diario tiene una última página.
Un noticiero tiene horario de cierre.
Internet no.
Podemos deslizar durante horas y nunca llegaremos al final.
Eso representa un cambio extraordinario para nuestra atención.
Porque el cerebro siempre puede esperar que el próximo contenido sea todavía más interesante que el anterior.
Entonces aparece una lógica completamente diferente:
IMPACTO → EMOCIÓN → REACCIÓN → NUEVO IMPACTO.
Y esto está modificando desde el entretenimiento hasta la educación, el periodismo, la publicidad y, naturalmente, la política.
EL CELULAR SE CONVIRTIÓ EN PARTE DE NUESTRA MEMORIA
Pensemos algo sencillo.
¿Cuántos números telefónicos recordábamos hace treinta años?
¿Y cuántos recordamos hoy?
Antes memorizábamos teléfonos, direcciones, fechas, recorridos y cantidades enormes de información práctica.
Ahora sabemos algo diferente:
sabemos dónde encontrarla.
No recuerdo la calle.
Google Maps la recuerda.
No recuerdo el teléfono.
Mi agenda lo recuerda.
No conozco una palabra.
La busco.
No sé cuándo ocurrió un acontecimiento.
Lo consulto.
Parte de nuestra memoria cotidiana fue trasladándose hacia dispositivos externos.
El celular comenzó a funcionar como una gigantesca prótesis cognitiva.
Eso no necesariamente nos hace menos inteligentes.
Pero sí modifica qué necesitamos memorizar y qué delegamos en la tecnología.
TAMBIÉN CAMBIÓ NUESTRA RELACIÓN CON EL TIEMPO
Quizás éste sea uno de los cambios más importantes.
La sociedad industrial estaba acostumbrada a esperar.
Esperar una carta.
Esperar una llamada.
Esperar el diario de mañana.
Esperar una respuesta administrativa.
Esperar el resultado.
La sociedad digital quiere respuestas ahora.
Mandamos un WhatsApp y observamos si aparecieron los dos tildes.
Compramos y queremos seguir el paquete.
Publicamos y queremos inmediatamente saber cuántas personas reaccionaron.
Preguntamos y Google responde.
Hoy incluso conversamos con una inteligencia artificial y esperamos una respuesta en segundos.
La tecnología comprimió psicológicamente el tiempo.
Y después trasladamos esa expectativa a todo lo demás.
También al Estado.
También a los gobiernos.
También a los dirigentes.
El problema es que las instituciones continúan funcionando en años mientras el ciudadano comenzó a vivir en segundos.
Ahí existe una tensión formidable.
EL CIUDADANO DEL CELULAR YA NO TOLERA FÁCILMENTE EL DISCURSO DEL LIBRO
Imaginemos un político dando un discurso de una hora.
Hace cuarenta años podía constituir un acontecimiento.
Hoy ese dirigente está compitiendo contra miles de contenidos disponibles instantáneamente dentro del bolsillo de cada persona.
Si tarda demasiado en decir algo interesante, el ciudadano se va.
No necesariamente se levanta de la silla.
Hace algo mucho peor:
deja de prestarle atención.
Ése es el verdadero desafío político contemporáneo.
La atención física puede permanecer.
La atención mental desapareció.
DE LOS GRANDES RELATOS A LAS GRANDES EMOCIONES
Aquí comienza la conexión con lo que venimos analizando sobre los nuevos candidatos.
La política tradicional construía grandes relatos.
Historia.
Doctrina.
Partido.
Movimiento.
Liderazgo.
Lealtad.
El ecosistema digital privilegia otra cosa:
impacto emocional inmediato.
Una explicación económica de veinte minutos compite contra cuatro palabras:
“TE ESTÁN ROBANDO.”
Una conferencia de una hora compite contra un video de quince segundos.
Una plataforma de cien páginas compite contra:
“QUE SE VAYAN TODOS.”
El mensaje breve no necesariamente es más verdadero.
Pero tiene una ventaja decisiva:
viaja más rápido.
Y en una sociedad acelerada, aquello que viaja rápido puede adquirir una enorme capacidad política.
POR ESO CAMBIÓ TAMBIÉN EL CANDIDATO
Durante buena parte del siglo XX, para convertirse en candidato había que construir una carrera.
Comenzar abajo.
Militar.
Conseguir dirigentes.
Ocupar cargos.
Crear estructura.
Recorrer territorio.
Obtener apoyo partidario.
Esperar.
Esperar mucho.
Hoy alguien puede aparecer en una pantalla y ser conocido por cientos de miles de personas en semanas.
Eso no significa que cualquiera pueda gobernar.
Tampoco significa que las estructuras territoriales hayan muerto.
Significa otra cosa:
EL TIEMPO NECESARIO PARA CONSTRUIR NOTORIEDAD SE REDUJO DRÁSTICAMENTE.
Y eso ayuda a explicar uno de los fenómenos electorales que estamos observando:
los candidatos sorpresa.
Personas que aparecen tarde.
Nombres que las encuestas inicialmente ni siquiera contemplaban.
Hombres y mujeres que no cargan veinte años de candidatura sobre sus espaldas.
Y una sociedad que, en determinadas circunstancias, comienza a mirarlos precisamente porque no pertenecen al catálogo de siempre.
EL GRAN PROBLEMA DE LOS DIRIGENTES ANALÓGICOS
Esto no tiene que ver necesariamente con la edad.
Hay jóvenes profundamente analógicos y adultos mayores extraordinariamente adaptados al mundo digital.
Ser analógico políticamente significa otra cosa.
Significa creer que porque controlo un partido controlo a los votantes.
Que porque lleno un acto tengo votos.
Que porque cien dirigentes me acompañan, cien mil ciudadanos harán lo mismo.
Que porque fui importante durante cuarenta años continuaré siendo importante durante los próximos diez.
Que porque hablo, la sociedad escucha.
Eso terminó.
El ciudadano tiene ahora un pequeño aparato en la mano que le permite contrastar, cuestionar, grabar, publicar, burlarse, investigar y escuchar inmediatamente la versión contraria.
El dirigente perdió el monopolio de la palabra.
Y con él perdió parte del viejo monopolio de la autoridad.
EL ALGORITMO ES EL NUEVO ACTOR POLÍTICO QUE NADIE VOTA
Hay además algo revolucionario.
Entre el político y el ciudadano apareció un intermediario invisible:
el algoritmo.
Antes un director periodístico decidía qué noticia ocupaba la tapa.
Hoy un sistema informático decide buena parte de lo que aparece primero en nuestra pantalla.
Y aprende.
Si algo nos interesa, ofrece más.
Si algo nos indigna y permanecemos mirándolo, aprende que nuestra indignación retiene nuestra atención.
Si determinado dirigente consigue nuestra reacción, volveremos a verlo.
Así se construyen burbujas.
Y entonces ocurre algo extraordinario:
dos vecinos que viven puerta de por medio pueden habitar dos realidades informativas completamente diferentes.
Cada uno cree estar viendo “lo que pasa”.
Pero ninguno necesariamente está viendo lo mismo.
LA POLÍTICA YA NO COMPITE SOLAMENTE POR EL VOTO: COMPITE POR SEGUNDOS
Ésta puede ser la gran transformación.
Antes había que conquistar territorios.
Ahora también hay que conquistar atención.
Antes un candidato necesitaba fiscales.
Hoy también necesita visualizaciones.
Antes necesitaba paredes.
Hoy necesita pantallas.
Antes necesitaba convencer dirigentes.
Hoy necesita conseguir que una persona no deslice el dedo durante diez segundos.
Parece insignificante.
No lo es.
Porque millones de decisiones de diez segundos pueden construir un fenómeno electoral.
¿QUÉ TIENE QUE VER TODO ESTO CON SAN LUIS?
Muchísimo.
San Luis constituye casi un laboratorio perfecto para observar el choque de épocas.
Una parte fundamental de su sistema político fue construida durante la Argentina analógica.
Los grandes liderazgos provinciales nacieron cuando no existían WhatsApp, Facebook, Instagram, TikTok ni teléfonos inteligentes.
El sistema de comunicación era completamente diferente.
También lo era el ciudadano.
Hoy algunos dirigentes pretenden seguir hablándole a esa misma sociedad.
Pero aquella sociedad ya no existe.
Un joven que votará por primera vez en 2027 nació dentro de un mundo digital.
No posee recuerdos políticos de 1983.
No vivió las grandes batallas partidarias de los años ochenta.
No necesariamente siente las lealtades que organizaron la política de sus padres o abuelos.
Tiene otra relación con la autoridad.
Con la información.
Con el tiempo.
Con la identidad.
Y fundamentalmente:
con el futuro.
CUARENTA AÑOS PUEDEN SER UNA FORTALEZA O UNA MOCHILA
Aquí aparece el problema de los liderazgos históricos.
Durante mucho tiempo, cuarenta años de trayectoria significaban experiencia.
Hoy también pueden significar:
“otra vez los mismos.”
Ése es un cambio emocional formidable.
No significa negar la historia.
Significa entender que cada generación necesita escribir la propia.
Y cuando quienes protagonizaron una etapa se resisten demasiado tiempo a abandonar el centro de la escena, pueden terminar transformando su experiencia en desgaste.
El problema ya no es solamente político.
Es psicológico.
Una sociedad puede escuchar:
“Lo que viene será mejor.”
Y responder:
“Hace cuarenta años que escucho lo mismo.”
En ese instante una consigna deja de generar esperanza y empieza a producir rechazo.
EL NUEVO ELECTOR PUEDE CAMBIAR MÁS RÁPIDO
La política tradicional adora las fotografías.
“Este candidato tiene 35.”
“El otro tiene 20.”
“Éste no mide.”
Cuidado.
Estamos midiendo una sociedad cuya atención puede desplazarse extraordinariamente rápido.
Un desconocido de hoy puede ser tendencia mañana.
Una frase puede destruir meses de campaña.
Un video puede instalar un personaje.
Un acontecimiento puede modificar el humor colectivo.
Por eso el candidato que hoy tiene dos puntos no necesariamente “tiene” dos puntos.
Quizás simplemente todavía no fue descubierto.
Y ahí vuelve la hipótesis que venimos planteando desde Polémica en San Luis:
¿Y SI EL CANDIDATO DE 2027 TODAVÍA NO ESTÁ ENTRE LOS NOMBRES QUE DISCUTIMOS?
No es una predicción.
Es comprender el cambio de época.
CAMBIO DE ÉPOCA, CAMBIO DE CEREBROS
Volvamos entonces al título.
No cambiaron nuestros cerebros porque haya nacido repentinamente una humanidad diferente.
Cambió algo quizá igual de trascendente:
cambió el mundo que entra permanentemente dentro de nuestros cerebros.
Pasamos:
del libro a la pantalla;
de la página al scroll;
de esperar al instante;
de memorizar a buscar;
de pocos emisores a millones;
del discurso largo al impacto breve;
de una información escasa a una información infinita;
de partidos relativamente estables a identidades políticas mucho más móviles;
de controlar estructuras a disputar atención.
Ése es el verdadero cambio de época.
Y la política que no lo comprenda puede cometer el peor error posible:
creer que está perdiendo una elección cuando, en realidad, está perdiendo contacto con su tiempo.
San Luis debería observar atentamente este fenómeno.
Porque quizás la disputa de 2027 no sea solamente entre Poggi, Frontera, los Rodríguez Saá, los libertarios o algún nombre inesperado.
Puede existir una disputa mucho más profunda:
LA SOCIEDAD ANALÓGICA CONTRA LA SOCIEDAD DIGITAL.
El mundo que esperaba contra el mundo que exige respuestas.
El mundo de las estructuras contra el mundo de las redes.
El mundo de las lealtades heredadas contra el mundo de las decisiones instantáneas.
El mundo del “siempre fue así” contra una generación que pregunta:
“¿Y por qué tiene que seguir siendo así?”
Ahí puede estar escondida la verdadera revolución política.
Porque antes, para cambiar la historia, había que mover multitudes.
Hoy una multitud puede empezar a cambiar de dirección silenciosamente, individualmente, sin actos, sin bombos y sin avisarle a ningún dirigente.
Cada uno desde su casa.
Cada uno desde su pantalla.
Cada uno con un celular en la mano.
Y cuando la vieja política finalmente levanta la cabeza para preguntarse qué ocurrió, quizá descubra que el problema nunca fue que la sociedad dejó de escucharla.
EL PROBLEMA FUE QUE LA SOCIEDAD CAMBIÓ DE FRECUENCIA Y LA POLÍTICA SIGUIÓ TRANSMITIENDO EN ANALÓGICO.