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Por Gustavo Thompson
Esa vieja sentencia atribuida a Juan Domingo Perón vuelve a cobrar una vigencia casi quirúrgica en la Argentina actual.
No como consigna romántica, sino como una radiografía cruda del presente del peronismo que se encuentra en terapia intensiva.
Porque hoy, cuando el movimiento atraviesa uno de sus momentos más delicados de liderazgo, aparece una figura que reúne lo que históricamente el peronismo dijo buscar… y, paradójicamente, es desde adentro donde más resistencia encuentra.
Esa figura es Axel Kicillof.
La rareza política que incomoda: poder con honestidad
En la política argentina contemporánea hay algo casi revolucionario en Axel Kicillof:
ejerce poder real sin estar asociado a corrupción.
No es un detalle menor.
Gobierna la provincia más grande, más rica, más compleja y más decisiva del país —la que define elecciones nacionales— es el único que le gana a Milei y, aun así:
• no arrastra causas judiciales por enriquecimiento
• no aparece vinculado a negocios del Estado
• no muestra patrimonios inexplicables
• no está rodeado de escándalos estructurales
En un sistema donde el poder suele venir acompañado de sombras,
la honestidad de Axel se volvió su capital político más fuerte.
Y, al mismo tiempo, su mayor problema.
Porque rompe una lógica histórica: la de que para gobernar grande hay que transar grande.
El único peronista que le disputa poder real a Milei
Mientras el país se reordena bajo el impacto de Javier Milei, hay un solo dirigente que hoy le enfrenta poder territorial concreto: Kicillof.
No desde la televisión.
No desde discursos.
Desde gestión, votos, territorio y HONESTIDAD.
La Provincia de Buenos Aires es casi un país dentro del país.
Quien la gobierna, juega en otra liga política.
Axel hoy es:
✔ el dirigente con mayor respaldo popular dentro del peronismo
✔ el que tiene estructura real
✔ el que puede disputar una elección nacional con volumen
✔ el que no viene manchado por viejas prácticas
En términos estratégicos, es la esperanza más sólida del movimiento.
Entonces, ¿por qué los palos en la rueda?
Porque la política no siempre castiga defectos.
Muchas veces castiga virtudes que alteran equilibrios de poder.
Axel no responde al viejo sistema de roscas.
No debe favores a estructuras históricas.
No construyó poder con negocios cruzados.
Y cuando alguien llega fuerte sin deberle nada al aparato,
el aparato se defiende.
No con ataques frontales.
Con internas, silencios, obstáculos, operaciones suaves.
Ahí es donde la frase de Perón deja de ser una cita histórica y se vuelve presente puro:
cuando dos peronistas se pelean, no es por ideas — es por intereses.
El peronismo frente a su dilema más profundo
El movimiento enfrenta hoy una decisión de fondo:
– apostar a un liderazgo honesto, moderno y con poder real
– o seguir prisionero de estructuras que ya no entusiasman ni ordenan
Axel representa una renovación que no pasa por marketing, sino por gestión y credibilidad.
Representa algo escaso en la política argentina:
la posibilidad de gobernar fuerte sin corrupción.
Eso debería ser el mayor valor a proteger.
Sin embargo, muchas veces es el valor que más incomoda cuando se convive en un mar de corruptos.
Axel Kicillof no es solo un gobernador exitoso.
Es una anomalía positiva en la política argentina: poder con honestidad.
Hoy es, objetivamente, la mayor esperanza del peronismo para reconstruirse y volver a ser alternativa nacional.
Y como tantas veces en la historia, sus principales obstáculos no provienen de la oposición, sino de las tensiones internas que describía Perón hace décadas.
La pregunta de fondo no es si Axel está preparado.
La verdadera pregunta es si el peronismo está preparado para aceptar un liderazgo joven, honesto que no responda a los viejos intereses.