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Por Ivana Bianchi.
Comienza el Mundial y millones de argentinos nos unimos detrás de nuestra camiseta.
La más bonita, la de los campeones, la de la ilusión y la pasión que solo el fútbol sabe despertar.
Las calles se visten de celeste y blanco, las charlas giran en torno a la pelota y, por un instante, la alegría colectiva parece imponerse sobre el dolor de un pueblo golpeado.
Pero mientras la pelota empieza a rodar, hay otra realidad que no entra en pausa ni se toma vacaciones.
La pobreza no descansa.
Los chicos que se acuestan con hambre siguen sintiendo el vacío en la panza.
Los femicidas no frenan, y las víctimas de abuso y violencia siguen esperando justicia y protección que no llega.
Las desigualdades se profundizan, el abandono de nuestros adultos mayores persiste, y las escuelas sin gas o los hospitales sin insumos no desaparecen porque haya 90 minutos de partido.
El Mundial es una fiesta deportiva, un derecho a la alegría que nos merecemos.
Pero esa celebración no puede convertirse en un velo que tape lo que duele y exige respuestas urgentes.
A veces el árbol de la euforia no nos deja ver el bosque de las heridas que marcan a nuestra sociedad.
Disfrutemos el Mundial, gritemos los goles, abracémonos en cada jugada.
Pero que esa pasión no sea incompatible con mantener viva la sensibilidad frente a la realidad.
Que la bandera en la ventana también nos recuerde a quienes no tienen techo.
Que el grito de gol no nos ensordezca ante el silencio de los que ya no tienen voz.
La verdadera victoria como sociedad no se juega solo en una cancha.
Se juega en cada plato de comida que llega a un comedor, en cada aula que se sostiene con esfuerzo, en cada jubilación que alcanza para vivir con dignidad, en cada piba que camina sin miedo y en cada pibe que puede soñar con un futuro.
Porque cuando el árbitro marque el final y se apague la última pantalla, la realidad va a seguir ahí: inmóvil, impávida y dolorosa.
El silbato cerrará el Mundial, pero no los problemas.
Y ese día, más que nunca, necesitaremos la misma unión que nos da la camiseta para enfrentar lo que de verdad importa.