Cuando los octogenarios discuten entre ellos, el futuro queda sin conducción

Cuando los octogenarios discuten entre ellos, el futuro queda sin conducción

Por Gustavo Thompson

Hay derrotas que no llegan por la fuerza del adversario.

Llegan cuando una organización deja de mirar hacia adelante y comienza a discutir únicamente sobre sí misma.

Eso parece estar ocurriendo hoy en el Partido Justicialista de San Luis.

La escena política dejó de girar alrededor de ideas, propuestas o proyectos de provincia para transformarse en una sucesión de reproches personales.

Lo que debería ser un debate sobre cómo reconstruir una alternativa de poder terminó pareciéndose más a una disputa privada expuesta en la plaza pública.

El problema no es quién tiene razón.

El problema es que, mientras se intenta resolver una historia que pertenece al pasado, nadie está escribiendo el futuro.

La sociedad observa cómo los principales referentes del espacio concentran sus energías en explicar viejas diferencias cuando afuera existen problemas mucho más urgentes: salarios, producción, empleo, educación, seguridad y desarrollo.

Cada minuto dedicado a una pelea personal es un minuto que no se dedica a construir una propuesta política.

Y la política rara vez perdona el tiempo perdido.

Mientras unos discuten quién fue responsable de lo ocurrido hace años, otros ocupan silenciosamente los espacios de conducción.

La renovación no aparece únicamente porque lleguen dirigentes jóvenes.

Aparece cuando una organización comprende que ningún liderazgo puede convertirse en un fin en sí mismo.

Los partidos políticos no nacieron para administrar recuerdos.

Nacieron para representar el futuro.

Cuando una fuerza comienza a hablar más de sus conflictos internos que de los problemas de la gente, deja de ampliar su base social y empieza a reducirla.

El riesgo para el peronismo puntano no es solamente electoral.

Es cultural.

Porque una generación completa de dirigentes observa desde afuera un espacio donde parece que primero hay que resolver conflictos personales antes que discutir un proyecto colectivo.

Adolfo y Alberto muestra la peor miseria humana teniendo de rehén a un partido y ciuentos de militantes.

Y mientras esa puerta permanezca cerrada, otros ocuparán naturalmente ese lugar.

Las elecciones nunca se ganan solamente por los errores del adversario.

También se pierden cuando una fuerza política deja de ofrecer esperanza.

Hoy la gran pregunta no es quién ganó una discusión entre dirigentes octogenarios y analógicos.

La verdadera pregunta es mucho más incómoda:

¿Quién está pensando en el San Luis de los próximos veinte años mientras la política sigue discutiendo los últimos cuarenta?

Ese es el debate que todavía espera comenzar.

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