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En una provincia lejana, donde el poder corría como un río espeso y profundo, gobernaba un hombre astuto, de origen forastero, que había aprendido a sobrevivir entre corrientes bravas y peces peligrosos.
Durante años, había navegado cómodamente junto a una vieja familia de caudillos que dominaba la ribera desde hacía décadas. Pero un día, el hombre decidió soltarse… y cruzar el río por su cuenta.
No era un nadador común.
Los viejos del lugar decían en voz baja: “A ese, si lo tirás al Paraná… no se lo comen las pirañas.”
Y no lo decían como elogio… sino como advertencia.
Porque mientras en la orilla empezaban a circular rumores de aguas turbias, de cofres abiertos y cuentas que no cerraban, el hombre hizo algo inesperado.
En vez de explicar lo que pasaba bajo el agua…
empezó a hablar del río.
—“Hay que cambiar las reglas —dijo—.
El río está mal diseñado.
Las pirañas son el problema.”
Entonces convocó a todos a discutir una gran reforma del río: cómo debía fluir, quién podía cruzarlo, cuántas veces, y quiénes ya no podrían volver a meterse jamás.
Pero los más atentos notaron algo curioso.
Las nuevas reglas no afectaban a todos por igual.
Algunos quedaban fuera para siempre.
Otros, en cambio, ganaban tiempo.
Tiempo suficiente para acomodar redes, tapar huellas y ordenar la costa.
Mientras tanto, las pirañas… seguían ahí.
Pero el hombre no les temía.
Porque él no luchaba contra ellas.
Las conocía, sobre todo sus debilidades.
Y cuando el río se agitaba demasiado, no se hundía…
Elegía qué piraña morder primero, el hombre forastero y astuto llegó a comerse la piraña que se le antojaba.
Desde la orilla, un anciano murmuró, el mismo que le enseño todo:
—“No está cambiando el río por el bien de todos…
Está redibujando el mapa para no ahogarse…
y para que otros no puedan volver a nadar.”
El silencio se hizo pesado.
Porque en ese río, al final, no se trataba de quién tenía razón…
Sino de quién sobrevivía.
En política, hay quienes temen a las pirañas…
y hay quienes, cuando el agua se vuelve turbia,
cambian las reglas del río para seguir nadando solos y hasta se comen las pirañas si es necesario.
Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.