«El racismo que nadie quiere discutir: cuando discriminar al pobre se volvió cultural en la Argentina»

«El racismo que nadie quiere discutir: cuando discriminar al pobre se volvió cultural en la Argentina»

La entrevista entre Oscar Albero y Alberto Trombetta abrió un debate incómodo: mientras el mundo acusa a los argentinos de racistas, quizás el verdadero problema esté puertas adentro.

La reciente polémica internacional que volvió a instalar la palabra «racismo» sobre la Argentina generó reacciones inmediatas. Desde el deporte hasta la política, el país quedó en el centro de una discusión que rápidamente derivó en acusaciones cruzadas. Sin embargo, en una entrevista emitida por San Luis Streaming, el analista político Oscar Albero, junto al periodista Alberto Trombetta, eligieron recorrer un camino distinto: preguntarse si los argentinos realmente comprendemos qué significa discriminar.

Y allí apareció un debate mucho más profundo.

¿Somos racistas o discriminadores?

Durante décadas Argentina construyó una identidad basada en ser un país de inmigrantes europeos. Esa imagen, repetida una y otra vez, convivió con otra realidad menos visible: la discriminación cotidiana hacia quien es pobre, vive en una villa, viene del interior, habla diferente o pertenece a determinados sectores sociales.

En nuestro país el insulto rara vez apunta al color de piel como ocurrió históricamente en Estados Unidos o Sudáfrica. Aquí la palabra «negro» muchas veces dejó de describir un origen étnico para transformarse en una categoría social.

«Negro villero.»

«Negro cumbiero.»

«Cabecita negra.»

«Negro peroncho.»

Detrás de esas expresiones existe algo más profundo que un simple insulto: existe la construcción de un ciudadano considerado inferior.

Y ese fue quizás el punto más fuerte del análisis desarrollado por Albero.

Cuando la política también discrimina

Uno de los momentos más intensos de la entrevista apareció cuando Oscar Albero recordó una frase del presidente Javier Milei pronunciada años atrás:

«Somos superiores moralmente y estéticamente.»

Más allá del contexto en que fue pronunciada, Albero sostuvo que ese tipo de expresiones instalan una lógica peligrosa: dividir a la sociedad entre ciudadanos superiores e inferiores.

Porque cuando la política deja de discutir ideas para comenzar a hablar de personas «mejores», «más lindas» o «más valiosas», el debate democrático empieza a degradarse.

La diferencia política deja de ser ideológica para convertirse en humana.

El racismo argentino tiene otro rostro

Estados Unidos sufrió durante siglos la segregación racial.

Brasil convivió con uno de los sistemas esclavistas más grandes del mundo.

Europa protagonizó el colonialismo que marcó buena parte de la historia moderna.

Argentina recorrió otro camino.

Eso no significa que haya estado libre de discriminación.

Simplemente desarrolló una forma distinta.

Aquí muchas veces el desprecio no se dirige al afrodescendiente, sino al pobre.

Al trabajador manual.

Al provinciano.

Al que habla diferente.

Al que nació lejos del puerto.

Y esa discriminación terminó naturalizándose tanto que millones de argentinos utilizan expresiones profundamente ofensivas sin siquiera advertir su origen.

El verdadero peligro

La entrevista deja una reflexión mucho más amplia que una discusión sobre racismo.

Cuando una sociedad comienza a clasificar personas según su origen social, su aspecto físico, su barrio o incluso su voto, deja de debatir proyectos y empieza a dividir ciudadanos entre quienes «merecen» derechos y quienes no.

Ese proceso no aparece de un día para otro.

Empieza con una palabra.

Sigue con un prejuicio.

Luego con una burla.

Después con una exclusión.

Y finalmente termina justificando políticas que benefician a unos pocos mientras otros quedan afuera.

La batalla cultural pendiente

Mientras Argentina responde a las críticas internacionales defendiendo su historia, quizás la verdadera discusión todavía esté pendiente.

No alcanza con afirmar que aquí no existió la segregación norteamericana.

La pregunta incómoda sigue siendo otra.

¿Cuántas veces despreciamos a alguien por ser pobre?

¿Cuántas veces confundimos humildad con ignorancia?

¿Cuántas veces usamos la palabra «negro» para marcar una supuesta inferioridad social?

Quizás el desafío no sea demostrarle al mundo que los argentinos no somos racistas.

Quizás el verdadero desafío sea animarnos, de una vez por todas, a discutir las formas de discriminación que todavía sobreviven entre nosotros.

Porque las sociedades no cambian cuando niegan sus problemas.

Empiezan a cambiar cuando tienen el coraje de mirarse al espejo.

Entrada anterior ¿Se respeta la autonomía política de Luis Giraudo?