Romero Alaniz terminó diciendo lo que en San Luis muchos sospechaban y pocos se animaban a confirmar públicamente: a Claudio Poggi lo estaban limando desde adentro y no precisamente desde la oposición tradicional, sino desde sectores que convivían dentro del mismo esquema de poder mientras armaban otra cosa por abajo. Precisamente lo que viene señalando La Línea.
La gravedad política de esto no es menor porque no lo dice un periodismo opositor como La Línea ni un dirigente del poggismo duro, lo dice un hombre del propio universo político de Adolfo Rodríguez Saá, un dirigente que conoce perfectamente el paño, las lógicas internas y las formas históricas con las que se manejó siempre el poder en San Luis.
Cuando Romero Alaniz habla de “confabulaciones” no está utilizando una palabra ingenua ni casual, está describiendo operaciones internas, movimientos silenciosos, desgaste planificado y un doble juego político que terminó explotando delante de todos los sanluiseños.
La realidad empieza a mostrar algo que La Línea viene planteando hace meses: mientras Claudio Poggi intentaba sostener gobernabilidad, equilibrio y paz social en medio de una crisis económica feroz, desde adentro mismo del entramado político comenzaron a construir otra agenda, otro candidato y otra lógica de poder con Adolfo Rodríguez Saá mirando nuevamente el 2027.
Entonces acá aparece la gran pregunta: ¿se puede formar parte de un gobierno mientras paralelamente se trabaja para desgastarlo?
Evidentemente no, y eso es lo que terminó detonando todo.
Porque una cosa es convivir políticamente dentro de un acuerdo amplio y otra muy distinta es utilizar cargos, estructura y poder institucional para comenzar a instalar una candidatura que inevitablemente chocaba contra las aspiraciones de reelección del propio gobernador.
Romero Alaniz, quizá sin darse cuenta, terminó blanqueando el mecanismo completo.
Y lo más fuerte es que deja al descubierto algo todavía más profundo: los que siempre terminan pagando las consecuencias son los militantes y los dirigentes intermedios que creen en proyectos políticos mientras arriba se mueven fichas de poder sin importar quién queda tirado en el camino.
El propio Romero Alaniz habla de funcionarios y compañeros que quedaron sin trabajo, abandonados y desamparados después de haber sostenido durante años una estructura política.
Ahí está el verdadero drama de la política sanluiseña: las conducciones acuerdan, se pelean, se reciclan y vuelven a acomodarse, pero abajo quedan cientos de militantes que ponen la cara, trabajan y terminan descartados cuando las cúpulas redefinen el tablero.
Y acá aparece otra lectura todavía más delicada: si hoy un hombre de Adolfo Rodríguez Saá está diciendo públicamente que existían maniobras internas, operaciones y construcción paralela de poder, entonces queda claro que el problema no era una sensación de Poggi ni una paranoia de algunos dirigentes, sino una realidad concreta que se venía cocinando hace tiempo.
Lo más increíble de todo es que en San Luis estas historias parecen repetirse una y otra vez.
Cambian los nombres de los armados, cambian los discursos, cambian las escenografías, pero el mecanismo termina siendo siempre el mismo: desgaste interno, operaciones silenciosas, construcción paralela y finalmente reordenamiento del poder.
Por eso las declaraciones de Romero Alaniz tienen tanto impacto político, porque vienen desde adentro mismo del sistema que hoy empieza a mostrar sus grietas más profundas.