Por Gustavo Thompson.
Alberto y Adolfo Rodríguez Saá vuelven a hablar de recuperar el poder en San Luis como si las nuevas generaciones fueran pelotudos y ellos fueran los únicos genios.
Después de décadas de gobierno, discursos sobre los jóvenes y promesas de renovación, la pregunta es brutalmente sencilla: ¿cómo puede un proyecto que gobernó durante tanto tiempo no haber generado dirigentes capaces de reemplazar a sus propios fundadores?, ni a sus hijos los formaron correctamente.
Hay una imagen que resume buena parte del problema político de San Luis.
2026.
Y otra vez Alberto.
Otra vez Adolfo.
Adolfo Rodríguez Saá gobernó la provincia desde 1983 hasta 2001.
Alberto lo hizo entre 2003 y 2011 y nuevamente entre 2015 y 2023.
Entre los dos ocuparon personalmente la Gobernación durante 34 años.
Y el espacio político que construyeron fue protagonista central del poder provincial durante aproximadamente cuatro décadas.
Ahora quieren volver a discutir el poder.
Alberto lo dijo sin demasiadas vueltas este fin de semana:
“40 años de gobierno nos dan legitimidad”.
Y después:
“Somos la garantía, vamos a volver”.
Perfecto.
Entonces hablemos de esos 40 años.
CUARENTA AÑOS TAMBIÉN SON CUARENTA AÑOS PARA FORMAR UN REEMPLAZO
Ése es el punto que deberían explicar y no lo hacen.
Durante décadas escuchamos hablar de los jóvenes, las nuevas generaciones, la formación de dirigentes y el futuro.
¿Dónde están?
Porque después de cuarenta años el proyecto vuelve a necesitar a Alberto y Adolfo para intentar regresar al poder.
Entonces caben dos posibilidades.
O no pudieron construir una generación política capaz de sucederlos.
O nunca estuvieron verdaderamente dispuestos a permitir que esa generación los sucediera.
Y cualquiera de las dos merece una explicación.
Porque poner jóvenes alrededor de una mesa no es renovación generacional.
Darles cargos tampoco.
Renovación significa algo bastante más difícil para un conductor:
aceptar que otro pueda ocupar su lugar.
Y ésa parece haber sido siempre la frontera más complicada.
HABLARON DEL FUTURO, PERO EL PODER SIEMPRE VOLVÍA A LOS MISMOS
Pasaron gobernadores.
Pasaron ministros.
Pasaron diputados.
Pasaron senadores.
Pasaron intendentes.
Pasaron jóvenes que alguna vez fueron presentados como “el futuro”.
Muchos desaparecieron políticamente.
Otros rompieron.
Otros quedaron subordinados.
Otros terminaron enfrentados con el propio espacio.
Pero los hermanos quedaron.
Siempre los hermanos.
Y ahora, cuando deberían observar desde otro lugar la generación política que ellos mismos ayudaron a construir, vuelven a colocarse en el centro del escenario.
Eso es lo que hay que discutir.
No si tienen 70, 80 o 90 años.
El problema no son las arrugas.
El problema es que el poder tampoco se renueva y las huellas de corrupción que dejaron.
Y AHORA NOS CUENTAN QUE ANTES TODO ERA MEJOR
Hay otra característica del regreso.
Escucharlos hablar de sus gobiernos puede producir la impresión de que San Luis perdió un paraíso.
Alberto habla de un “banco de confianza” construido a partir de las realizaciones de sus administraciones.
Tiene derecho a defenderlas.
Y hubo políticas y obras de aquellas administraciones que forman parte de la historia provincial.
Pero cuarenta años de poder también tienen que aceptar cuarenta años de archivo.
Y el archivo no contiene solamente inauguraciones.
Contiene conflictos institucionales, denuncias, investigaciones y condenas contra funcionarios que integraron aquellas administraciones como para ser discretos.
La Corte Suprema, por ejemplo, dejó firme la condena a seis años de prisión contra dos exfuncionarios provinciales por coerción contra integrantes del Poder Judicial por hechos ocurridos en 2004.
También existen causas posteriores que involucraron a exfuncionarios de la última gestión de Alberto Rodríguez Saá.
Eso no convierte automáticamente a Alberto en responsable penal de esos hechos, pero tampoco permite presentar cuatro décadas de poder como una sucesión inmaculada de realizaciones.
Si van a abrir el álbum de los recuerdos, hay que abrirlo completo.
NO FUERON CUATRO AÑOS.
FUERON CUATRO DÉCADAS.
Ahí está la diferencia.
Quien gobernó cuatro años puede decir:
“No tuve tiempo.”
Después de cuarenta años esa explicación resulta bastante más difícil.
Tuvieron tiempo.
Tiempo para gobernar.
Tiempo para hacer obras.
Tiempo para equivocarse.
Tiempo para corregirse.
Tiempo para formar dirigentes.
Tiempo para preparar sucesores.
Tiempo para retirarse.
Y tiempo para permitir que aparecieran otros.
Por eso resulta extraordinaria la paradoja de 2026:
después de cuarenta años, quienes aparecen ofreciendo el futuro son nuevamente quienes protagonizaron el pasado.
¿Y LOS JÓVENES?
Ésta debería ser la pregunta más incómoda para el rodriguezsaísmo.
Porque durante décadas los jóvenes estuvieron en los discursos.
Ahora deberían estar en la conducción.
Si realmente hubo una escuela política durante cuarenta años, debería existir una generación completa preparada para hacerse cargo.
Sin tutores.
Sin padrinos.
Sin pedir permiso.
Sin esperar que Alberto decida.
Sin esperar que Adolfo bendiga.
Dirigentes autónomos.
Pero cuando llega la hora de discutir nuevamente el poder provincial, reaparecen los fundadores.
Eso permite plantear una hipótesis política —no médica— bastante más dura que cualquier diagnóstico improvisado:
¿Y SI EL PROBLEMA NUNCA FUE LA FALTA DE JÓVENES, SINO LA FALTA DE ESPACIO PARA QUE CRECIERAN?
NO HACE FALTA INVENTARLES UNA ENFERMEDAD
No necesitamos llamar a esto narcisismo, megalomanía ni ninguna otra patología.
No somos psiquiatras de Alberto ni de Adolfo.
Y además sería regalarles una salida fácil: transformar una discusión política concreta en una pelea sobre diagnósticos personales.
Hay una palabra mucho más sencilla:
PODER.
Y hay un fenómeno perfectamente discutible políticamente:
la dificultad de un liderazgo extremadamente prolongado para construir una sucesión que no dependa del propio líder.
Eso alcanza.
ALBERTO DICE QUE 40 AÑOS LES DAN LEGITIMIDAD
Puede pensarlo.
Pero cuarenta años también habilitan otra lectura.
Después de cuarenta años, ya no alcanza con contar lo que hicieron.
También corresponde explicar qué dejaron.
Y un legado político no son solamente autopistas, edificios, diques o planes.
También son dirigentes.
Instituciones.
Reglas.
Alternancia.
Generaciones nuevas capaces de caminar sin el fundador.
Si cuarenta años después todo vuelve a depender de Alberto y Adolfo, hay algo de aquella prometida renovación que evidentemente merece ser revisado.
EL ESPEJO MÁS INCÓMODO
Tal vez la pregunta que deberían responder los Rodríguez Saá no sea:
“¿Cómo volvemos?”
Sino otra:
“¿Por qué todavía tenemos que volver nosotros?”
Porque si fueron tan exitosos formando dirigentes como sostienen haber sido gobernando, alguien debería estar preparado para continuar.
Y si nadie puede hacerlo sin ellos, entonces aquello que presentan como una demostración de fortaleza también puede ser leído como el fracaso de una sucesión política después de cuatro décadas de conducción.
San Luis está en 2026.
Ellos comenzaron esta historia en 1983.
Pasaron 43 años.
Y nuevamente pretenden ser protagonistas de la conversación sobre el futuro.
No hay enfermedad que diagnosticar.
Hay una pregunta política mucho más dura:
¿CUÁNTO TIEMPO MÁS NECESITAN PARA DEJAR CRECER A LOS QUE VIENEN ATRÁS?