San Luis necesita una transición, no una sucesión

San Luis necesita una transición, no una sucesión

Por Gustavo Thompson.

Hay momentos en la historia de los pueblos en los que la discusión deja de ser quién gana la próxima elección para convertirse en algo mucho más profundo: quién está preparado para conducir la próxima etapa.

Creo que San Luis está entrando exactamente en ese momento.

Durante más de cuatro décadas nuestra provincia giró alrededor de nombres propios.

Nadie puede negar que hubo obras, transformaciones y decisiones que marcaron una época.

Sería intelectualmente deshonesto desconocerlo.

Como también sería un error negar que ese modelo comenzó hace tiempo a mostrar señales de agotamiento.

La política, como la vida, también tiene ciclos.

Los liderazgos nacen, crecen, alcanzan su plenitud y, tarde o temprano, deben entender que la historia continúa sin ellos.

No porque pierdan valor, sino porque ninguna sociedad puede vivir eternamente mirando por el espejo retrovisor.

San Luis necesita dejar de discutir el pasado para empezar a construir el futuro.

Y el futuro no puede edificarse con dirigentes cuya principal virtud sea haber sido importantes hace veinte o treinta años.

El futuro necesita otra velocidad, otro lenguaje y otra forma de comprender una sociedad que cambió profundamente.

Los jóvenes ya no consumen política como antes.

No esperan un caudillo.

Buscan cercanía, autenticidad, gestión y respuestas concretas.

Se informan de otra manera, se comunican de otra manera y toman decisiones desde lugares que muchos dirigentes tradicionales todavía no comprenden.

Por eso me preocupa cuando observo que gran parte de la dirigencia sigue creyendo que alcanza con reeditar viejas fórmulas, volver a reunir a los mismos actores o desempolvar los mismos discursos.

No alcanza.

La transición generacional no consiste en cambiar una cara por otra ni en elegir un heredero.

Consiste en cambiar una cultura política.

Significa formar nuevos liderazgos con autonomía, permitir que aparezcan nuevas ideas y entender que nadie es dueño del futuro de la provincia.

Los dirigentes históricos todavía tienen un papel importante.

Su experiencia es valiosa.

Pueden orientar, aconsejar y transmitir conocimiento.

Pero llega un momento en que la mayor grandeza de un conductor no es seguir ocupando el centro del escenario, sino tener la capacidad de construir a quienes lo van a reemplazar.

Ese es el verdadero legado.

La pregunta ya no debería ser quién reemplaza a quién.

La verdadera pregunta es quién está formando a la próxima generación de dirigentes.

Porque si durante años la política se dedicó únicamente a construir obedientes, jamás aparecerán líderes.

Y San Luis necesita líderes.

Líderes que comprendan la revolución tecnológica, la inteligencia artificial, la nueva economía, el cambio cultural, la comunicación emocional y las nuevas demandas sociales.

Líderes que puedan dialogar con un joven de veinte años sin parecer un visitante del pasado.

Líderes que entiendan que la autoridad ya no se impone desde un cargo, sino desde la credibilidad.

Mientras algunos todavía siguen discutiendo quién fue más importante en los últimos cuarenta años, el mundo ya está discutiendo los próximos cuarenta.

Ahí está la diferencia.

No creo en las demoliciones.

Tampoco en los personalismos eternos.

Creo en las transiciones inteligentes.

En la capacidad de una provincia para agradecer a quienes construyeron una etapa, pero al mismo tiempo animarse a abrir la puerta a quienes deberán escribir la siguiente.

Porque el tiempo nunca espera.

Y la historia suele ser implacable con quienes confunden permanencia con grandeza.

San Luis tiene una oportunidad extraordinaria.

Puede ser una provincia que llegue tarde al futuro, aferrada a los nombres de siempre.

O puede convertirse en una provincia que entienda que las mejores páginas de su historia todavía no fueron escritas.

Esa decisión ya no pertenece a una generación.

Nos pertenece a todos.

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