EL MUERTO QUE SE CONVIRTIÓ EN PRÓCER

EL MUERTO QUE SE CONVIRTIÓ EN PRÓCER

Esta es una obra de ficción y sátira política.

Había una vez, en una pequeña provincia al pie de las sierras, un anciano caudillo obsesionado con una sola cosa: trascender.

Había gobernado, mandado, construido monumentos, grande obras y pronunciado discursos.

Había puesto su nombre, directa o indirectamente, sobre buena parte de su tiempo.

Placas de bronce grandilocuentes para que quede claron quién lo hizo.

Pero sabía que ningún hombre gobierna para siempre.

Y entonces se le ocurrió algo más poderoso que inaugurar una obra.

Traer un muerto.

Pero no cualquier muerto.

Quería devolverle a su provincia los restos de un hijo ilustre que llevaba casi dos siglos lejos de su tierra: un poeta, filósofo y pensador llamado Juan Crisóstomo Lafinur.

—Lo traeremos a casa —sentenció el anciano, octogenario y analógico.

Y nadie alrededor preguntó demasiado.

Partió entonces una comitiva rumbo a Chile.

Llegaron al viejo cementerio de Santiago cargados de solemnidad, documentos, funcionarios y discursos todavía sin pronunciar.

El problema apareció cuando fueron a buscar al muerto.

Habían pasado demasiados años.

Lafinur había muerto en 1824.

En aquellos tiempos los hombres comunes no imaginaban que casi dos siglos después alguien llegaría preguntando por sus huesos.

Los muertos eran enterrados, trasladados, reducidos; las ciudades crecían y los cementerios cambiaban.

Los papeles envejecían.

Las referencias se perdían.

Y los huesos, a diferencia de los monumentos, no llevan escrito el nombre de quien fueron.

Los encargados buscaron.

Revisaron.

Volvieron a buscar.

Pero el poeta parecía haber escrito su último verso:

había desaparecido.

El anciano comenzó a inquietarse.

No podía regresar con las manos vacías.

En su provincia ya estaban preparando los honores.

Los funcionarios aguardaban.

Los discursos estaban escritos.

La historia estaba anunciada.

Faltaba solamente un pequeño detalle:

Lafinur.

—Excelencia —se animó a decir uno de sus acompañantes—, tenemos un problema.

—¿Qué problema?

—No podemos asegurar dónde está.

El anciano quedó en silencio.

Miró las parcelas.

Miró la tierra.

Miró hacia aquellos lugares donde descansaban hombres cuyos nombres el tiempo había borrado.

Y preguntó:

—¿De qué época son?

—Más o menos de aquellos años.

—¿Y se sabe quiénes son?

—Algunos sí. Otros… no.

El anciano volvió a quedarse pensativo.

Entonces pronunció una frase que ninguno de los presentes olvidaría:

—La historia necesita certezas.

Uno de los funcionarios quiso corregirlo:

—Pero, señor, justamente no tenemos certeza.

El anciano sonrió.

—Entonces habrá que construirla.

Eligieron una parcela de la época.

Sacaron aquello que el tiempo todavía había permitido conservar.

Tal vez huesos.

Tal vez fragmentos.

Tal vez tierra.

En esta fábula nadie consiguió saberlo jamás.

Uno de los hombres preguntó:

—¿Haremos un ADN?

Nadie respondió.

—¿Un estudio antropológico?

Silencio.

—¿Una pericia forense?

El anciano lo miró.

—Joven, estamos haciendo Historia, no preguntas.

Y así aquel hombre sin nombre comenzó su transformación.

Primero fue N.N.

Después fue “restos recuperados”.

Más tarde fue “restos del ilustre puntano”.

Y cuando cruzó la cordillera ya era, definitivamente,

Juan Crisóstomo Lafinur.

Lo recibieron con honores.

Hubo discursos.

Hubo emoción.

Hubo autoridades.

Grandes gastos por no decir millonarios

La provincia celebró el regreso del poeta después de casi dos siglos.

El anciano contemplaba la ceremonia satisfecho.

Había conseguido algo extraordinario:

hacer regresar a un hombre que nadie podía preguntarle si realmente había regresado.

Pasaron los años.

Construyeron un monumento.

Llegaron generaciones nuevas.

Miles de personas caminaron frente a aquella urna convencidas de estar frente a los restos del poeta.

Hasta que un día un niño hizo la pregunta que los adultos habían olvidado:

—¿Cómo saben que es él?

El guía respondió:

—Porque lo trajeron desde Chile.

—Pero ¿cómo saben que el que trajeron era Lafinur?

—Porque estaba donde dijeron que estaba Lafinur.

—¿Y cómo saben que el que estaba ahí era Lafinur?

El guía abrió la boca.

Pero no encontró respuesta.

El niño volvió a preguntar:

—¿Le hicieron ADN?

Silencio.

—¿Hay alguna prueba científica?

Silencio otra vez.

Entonces el anciano caudillo, ya convertido también él en personaje de otra época, comprendió desde algún rincón de la memoria que había algo más poderoso que un monumento.

Una pregunta.

Porque los gobiernos pueden construir mausoleos.

Pueden organizar ceremonias.

Pueden escribir decretos.

Pueden pronunciar discursos.

Incluso pueden conseguir que una sociedad crea durante décadas una determinada versión de su pasado.

Pero existe algo que ningún poder consigue sepultar definitivamente:

la duda.

Y desde aquel día, cada noche, cuando el viento bajaba desde las sierras y atravesaba el monumento donde descansaba el supuesto poeta, parecía escucharse una voz.

No era posible saber si pertenecía a Lafinur.

Tampoco si pertenecía al desconocido.

Solamente repetía:

—Yo también tuve un nombre.

MORALEJA

Cuando el poder necesita que una historia sea verdadera, el peligro comienza cuando deja de buscar pruebas y empieza a buscar un relato.

Porque un N.N. puede convertirse en prócer por decreto.

Pero para convertirlo en verdad hacen falta pruebas.

 

Los diálogos, situaciones y decisiones narradas son imaginarios.

Cualquier semejanza con acontecimientos o personajes históricos sirve como inspiración literaria y no implica que los hechos ficticios aquí narrados hayan ocurrido.

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