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Por Gustavo Thompson.
El desafuero de Joaquín Beltrán necesitaba 29 votos. Consiguió 28. Carlos González D’Alessandro, que había acompañado al oficialismo en otra votación clave como la reforma constitucional, estuvo ausente. No hay evidencia pública que permita afirmar que existió un acuerdo con algún sector. Pero cuando una decisión queda exactamente a un voto, la política tiene derecho a hacerse una pregunta: ¿qué pasó con el voto que podía cambiar el resultado?
Hay votaciones en las que una ausencia es apenas una ausencia.
Y existen otras en las que una banca vacía termina pesando exactamente lo mismo que un voto.
El caso del desafuero de Joaquín Beltrán pertenece a la segunda categoría.
La Cámara de Diputados de San Luis debía reunir 29 votos, los dos tercios requeridos, para aprobar el pedido.
El resultado fue 28 votos afirmativos y 9 negativos.
Faltó exactamente uno.
Y entre los seis diputados ausentes estaba Carlos González D’Alessandro.
Ese dato es objetivo.
Lo que viene después es política.
D’ALESSANDRO TENÍA UN ANTECEDENTE QUE HACE MÁS INTERESANTE SU AUSENCIA
No estamos hablando de un legislador cuyo comportamiento parlamentario permitiera descontar automáticamente un voto contrario al oficialismo.
Hay un antecedente inmediato particularmente relevante: tanto D’Alessandro como Florencia Palacios habían acompañado al oficialismo cuando se votó la necesidad de la reforma parcial de la Constitución. En aquella oportunidad el oficialismo consiguió 30 votos, superando los 29 necesarios.
Después llegó Beltrán.
Otra votación que necesitaba 29.
Esta vez D’Alessandro no votó a favor.
Tampoco votó en contra.
No estuvo.
Y el tablero terminó marcando 28.
UNA AUSENCIA QUE TERMINÓ SIENDO DECISIVA
Conviene ser rigurosos: D’Alessandro no fue el único ausente.
También faltaron Walter Aguilar, Sergio Dacuña, Fernando Larroudé, Enzo Mirábile y Florencia Palacios.
Por lo tanto, sería incorrecto afirmar que jurídicamente o matemáticamente D’Alessandro era el único diputado que podía producir el voto 29.
Pero políticamente su caso merece una atención particular por su antecedente.
Si D’Alessandro hubiera estado presente y hubiera acompañado el desafuero, manteniendo el sentido que había tenido en aquella otra votación trascendente junto al oficialismo, los 28 se habrían convertido en 29.
Y el resultado habría sido otro.
Eso es aritmética parlamentaria, no una acusación.
ENTONCES APARECE LA PREGUNTA DEL MILLÓN
¿Por qué faltó Carlos D’Alessandro?
Y, sobre todo:
¿existió alguna conversación política previa alrededor de su ausencia o simplemente decidió no concurrir?
Hasta ahora, en las fuentes públicas revisadas, no aparece evidencia que permita sostener que D’Alessandro haya negociado su ausencia con el oficialismo, con el PJ o con Beltrán.
Sería irresponsable afirmarlo.
Pero tampoco resulta extraño que una ausencia semejante genere interrogantes sobre todo porque DAlessandro no es Heidi.
Porque cuando una votación termina 28 a 9 y necesitaba 29, cada banca vacía adquiere una dimensión política enorme.
¿CON QUIÉN HABLÓ D’ALESSANDRO ANTES DE LA SESIÓN?
Ésa es la pregunta periodística que queda abierta.
No “¿con quién arregló?”, porque esa formulación presupone un acuerdo que hoy no está probado, ponele.
La pregunta correcta —y probablemente mucho más incómoda— es:
¿Con quién habló D’Alessandro antes de decidir no participar de una sesión en la que su voto podía resultar determinante?
¿Conversó con dirigentes del oficialismo?
¿Conversó con referentes de la oposición?
¿Alguien le pidió acompañar el desafuero?
¿Alguien le pidió no acompañarlo?
¿O sencillamente decidió ausentarse sin que existiera negociación política alguna?
Todas son hipótesis posibles.
Hoy ninguna puede presentarse como demostrada.
PORQUE BELTRÁN NO FUE DESAFORADO POR UN SOLO VOTO
Ese es el dato que transforma una simple inasistencia en noticia.
El pedido provenía del Ministerio Público Fiscal dentro de la investigación por presuntas irregularidades vinculadas al Molino Fénix. Beltrán rechazó las acusaciones relacionadas con un eventual entorpecimiento de la investigación y sostuvo en el recinto que renunciaría a sus fueros cuando la causa llegara a la etapa de acusación.
La Cámara finalmente no reunió la mayoría especial.
28.
Necesitaba 29.
El expediente terminó archivado en esos términos.
Y D’Alessandro no estuvo sentado en su banca.
LA POLÍTICA TAMBIÉN SE EXPLICA
No corresponde condenar a un diputado por faltar a una sesión ni transformar automáticamente una ausencia en una negociación clandestina.
Pero tampoco corresponde pedirle al periodismo que ignore una coincidencia políticamente significativa y pasar de pelotudos.
D’Alessandro había demostrado anteriormente que podía acompañar al oficialismo en una decisión institucional trascendente.
En el desafuero de Beltrán podía volver a hacerlo.
Su voto afirmativo habría sido el número 29.
No apareció.
Y Beltrán conservó sus fueros.
Por eso D’Alessandro tiene una excelente oportunidad para terminar con cualquier especulación: explicar públicamente por qué no estuvo, qué posición tenía sobre el desafuero y cómo habría votado si hubiese ocupado su banca.
Tres respuestas sencillas podrían despejar buena parte de las dudas.
NO HACE FALTA ACUSAR PARA PREGUNTAR
Esta historia no necesita inventar conspiraciones.
Los números son suficientemente contundentes.
29 votos hacían falta.
28 aparecieron.
D’Alessandro estuvo ausente.
Si hubiera estado y votado afirmativamente, eran 29.
La ausencia no demuestra un acuerdo.
Pero tampoco puede tratarse políticamente como si hubiera ocurrido en una sesión irrelevante.
Y ahí queda instalada una pregunta que solamente Carlos D’Alessandro puede responder:
D’ALESSANDRO, ¿POR QUÉ NO ESTUVISTE EL DÍA EN QUE TU VOTO PODÍA DEFINIR EL DESAFUERO DE JOAQUÍN BELTRÁN?
Hasta que esa explicación aparezca, la duda es legítima; la acusación, no. Y esa diferencia es precisamente la que permite investigar el episodio sin hablar mal de nadie ni atribuir acuerdos que, por ahora, no están demostrados.