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Por Gustavo Thompson.
La política tiene una responsabilidad superior a cualquier disputa electoral: preservar la convivencia social.
Cuando esa premisa se pierde, las diferencias dejan de ser una herramienta democrática para convertirse en un factor de desgaste institucional.
San Luis atraviesa una etapa de cambios profundos.
Una nueva generación de dirigentes, con aciertos y errores, intenta construir su propio tiempo político.
Sin embargo, cada vez que la provincia parece avanzar hacia una lógica de diálogo, consenso y convivencia, reaparecen prácticas que remiten a otra época, a otra forma de ejercer el poder y de interpretar la realidad.
Personajes octogenarios y analógicos devenidos de la épocas nefastas pretenden imponerse a través de la contaminación, la provocación, la mentira, viejos avinagrados de odio e impunidad intentando aplastando a los jóvenes.
El episodio generado a partir de la publicación de una denuncia y la posterior aparición de un comunicado público de una de las personas involucradas abre interrogantes que trascienden el hecho puntual. La discusión ya no es únicamente quién tiene razón, sino qué tipo de provincia queremos construir.

La utilización política de conflictos personales, laborales o institucionales nunca fortalece a una sociedad.
Por el contrario, profundiza divisiones, alimenta sospechas y deteriora la confianza pública.
Cuando la confrontación permanente se transforma en método, la política deja de resolver problemas para comenzar a fabricarlos.
San Luis necesita serenidad.
Necesita dirigentes capaces de discutir ideas sin destruir personas.
Necesita dirigentes que comprendan que la legitimidad ya no se construye desde el miedo, la presión o las operaciones mediáticas, sino desde la credibilidad y los resultados.
Los hermanos Rodriguez Saá reaparecen para destrozar la provincia, contaminarla con violencia, ya destrozaron el peronismo, ahora van por la provincia.
La sociedad cambió.
Las nuevas generaciones observan la política con otros ojos.
Ya no aceptan liderazgos sustentados exclusivamente en el pasado, ni relatos que pretenden explicar el presente con herramientas de hace treinta años.
El mundo cambió, la comunicación cambió y los ciudadanos cambiaron.
Por eso el verdadero desafío no es recuperar viejas estructuras de poder.
El desafío es construir una provincia donde la paz social sea un patrimonio colectivo y no una consigna circunstancial.
San Luis no necesita volver atrás.
Necesita avanzar.
Y para avanzar hace falta más diálogo que confrontación, más construcción que destrucción y más futuro que nostalgia.
Porque las sociedades crecen cuando discuten proyectos. Pero se estancan cuando quedan atrapadas en las disputas del pasado.