Saltar al contenido
Por Gustavo Thompson.
Mientras buena parte de la política argentina sigue discutiendo candidaturas, alianzas y encuestas, Juan Grabois decidió mirar varios casilleros más adelante.
Su reunión con Peter Thiel, uno de los hombres más influyentes de Silicon Valley y referente intelectual de la nueva revolución tecnológica, dejó un mensaje que trasciende la grieta argentina.
La fotografía de Grabois entrando a la residencia de Thiel generó críticas inmediatas.
Algunos interpretaron el encuentro como una contradicción política.
Sin embargo, el propio dirigente explicó que su objetivo fue exactamente el contrario: comprender cómo piensa una de las figuras que considera centrales en la construcción del nuevo orden tecnológico mundial.
La definición no es menor.
Grabois sostiene que Peter Thiel no es simplemente un empresario exitoso, sino uno de los principales ideólogos de un modelo de desarrollo basado en la inteligencia artificial, la biotecnología, la automatización y un Estado con cada vez menos capacidad para regular el poder de las grandes corporaciones tecnológicas.
En ese contexto, la Argentina aparece como mucho más que un país atravesando una crisis económica.
Para Grabois, el país comienza a convertirse en un laboratorio donde podrían ensayarse nuevas formas de desarrollo tecnológico bajo marcos regulatorios más flexibles.
Esa preocupación atraviesa buena parte de su exposición y explica por qué considera imprescindible entender a quienes impulsan ese paradigma.
Durante la entrevista, Grabois relata que mantuvo casi tres horas de conversación con Thiel.
Según su versión, el gran punto de desacuerdo fue el concepto de los límites.
Mientras el empresario defendería la necesidad de liberar al máximo la innovación tecnológica, Grabois sostiene que sin regulación el desarrollo termina concentrando poder, debilitando a los Estados y poniendo en riesgo principios básicos del humanismo.
La reunión también tuvo otro ingrediente poco conocido.
De acuerdo con el dirigente, el encuentro estuvo vinculado a la reciente encíclica del Papa León XIV, un documento que —según explica— cuestiona el paradigma tecnocrático y plantea la necesidad de establecer reglas éticas frente al avance de la inteligencia artificial y otras tecnologías disruptivas. Para Grabois, conocer la reacción de Thiel frente a ese documento también formaba parte del objetivo del diálogo.
Paradójicamente, el dirigente reconoce que hubo un punto donde ambos encontraron cierta coincidencia: la discusión sobre un ingreso básico universal frente al impacto que tendrá la automatización sobre el empleo.
Aunque cada uno parte de fundamentos ideológicos completamente diferentes, ambos admiten que el avance tecnológico obligará a replantear la forma en que las sociedades distribuyen ingresos y oportunidades.
Más allá de las coincidencias puntuales, la conclusión de Grabois es contundente.
A su juicio, el conflicto político del siglo XXI ya no será únicamente entre izquierda y derecha, sino entre dos modelos de civilización: uno que propone acelerar el desarrollo tecnológico con la menor cantidad posible de restricciones y otro que intenta colocar límites éticos, sociales y políticos a ese proceso.
La reunión, entonces, deja una enseñanza que trasciende simpatías o diferencias ideológicas.
En un mundo donde el poder ya no se concentra solamente en los gobiernos sino también en las grandes corporaciones tecnológicas, comprender cómo piensan sus principales protagonistas puede convertirse en una herramienta política tan importante como disputar una elección.
Quizás esa sea la verdadera noticia.
Mientras muchos siguen observando la superficie de la política, algunos comienzan a discutir quiénes diseñan el mundo que vendrá.
Y Peter Thiel, guste o no, aparece entre los nombres que hoy influyen en esa discusión global.