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Por Gustavo Thompson.
Hay escenas que en la Argentina no solo se repiten: se calcán. Cambian los nombres, cambia el escenario, pero el guion es el mismo. Esta vez, con dos protagonistas de peso: Cristina y Alberto Rodríguez Saá. Dos figuras distintas en escala, pero unidas por una puesta en escena que ya no sorprende a nadie.
Frente a los tribunales, el libreto se despliega sin fisuras. Militancia movilizada, bombos, trompetas, banderas, cánticos que remiten a otra época —los años setenta como identidad emocional— y un relato que busca transformar una instancia judicial en una épica política.
Pero hay algo que cambió.
La gente ya no mira esto como antes.
Lo que durante años funcionó como mecanismo de presión o demostración de fuerza, hoy empieza a generar otra reacción: hastío. Cansancio. Incluso desconfianza. Porque el ciudadano común —el que madruga, el que paga impuestos, el que vive la inseguridad y la crisis— empieza a percibir estas escenas como lo que son: un intento de condicionar a la justicia desde la calle.
Y ahí aparece el quiebre.
Porque ya no se trata de defensa política, sino de una teatralización repetida hasta el desgaste. Un “circo” —como muchos lo definen en voz baja— donde los actores son siempre los mismos, los recursos son siempre los mismos, y el mensaje ya no logra conmover. Ni convencer.
En el caso de Alberto Rodríguez Saá, la postal en San Luis tiene además un condimento extra: la utilización de símbolos, estructuras y lógicas de poder que durante décadas dominaron la provincia. Y que hoy, en un contexto distinto, con absoluta minoría, sin llegar a un centenar de personas, chocan con una sociedad más informada, más crítica y menos tolerante a las viejas prácticas.
Lo mismo ocurre a nivel nacional con Cristina. La épica judicial, la narrativa de persecución, el “lawfare” como bandera. Todo eso ya fue. Y aunque conserva un núcleo duro, también enfrenta una ciudadanía que empieza a separar con mayor claridad la política de la justicia.
El problema para ambos espacios es que el recurso está agotado.
Porque cuando todo se convierte en una batalla política, nada termina siendo creíble porque no existe más estos formatos con términos de otros tiempos. Y cuando cada citación judicial se transforma en un acto militante, la línea entre defensa legítima y presión institucional se vuelve peligrosamente difusa. Alberto Rpdriguez Saá desafía a la justicia de San Luis: EL RESPONSABLE SOY YO.
La reacción social es, en ese sentido, el dato más importante de esta nueva etapa. Las redes sociales hablan claramente.
Ya no hay sorpresa. Hay repetición.
Ya no hay épica. Hay sospecha.
Ya no hay mística. Hay fatiga.
Y en política, cuando la gente se cansa, el poder empieza a resquebrajarse.
Porque el verdadero juicio no ocurre en los tribunales.
Ocurre en la mirada de la sociedad.
Y ese, a diferencia de cualquier otro, no admite bombos, ni trompetas, ni puestas en escena.
Ese veredicto llega en silencio.
Y suele ser irreversible.