El Rey León y el Corazón de Búfalo

El Rey León y el Corazón de Búfalo

Cuentan los viejos pájaros de la comarca Potrerilla que hace muchos años existía un poderoso Rey León que gobernaba desde una enorme mansión construida en lo alto de una loma, desde donde podía contemplar las aguas de un gran dique que reflejaban el cielo y las estrellas.

Durante décadas, el Rey León fue admirado por muchos animales era implacable.

Su rugido se escuchaba en todos los rincones de la pradera y nadie imaginaba que algún día pudiera perder el control de su propio reino. Ahí viene el León Blanco decía Curioni en los videos de Telenoche investiga.

A su lado vivía una Reina León con tufillo a olivos mendocinos, inquieta, inteligente y con un olfato extraordinario para detectar dónde estaban los tesoros, los graneros y las oportunidades de negocio.

Mientras el Rey León se ocupaba de recordar antiguas batallas y de contar historias de sus grandes conquistas, la Reina observaba silenciosamente cómo se movían las riquezas del reino.

Los años pasaron.

Y pasaron muchos.

Y mientras el Rey León seguía creyendo que todo seguía igual, la Reina fue quedándose con las llaves de los depósitos, los mapas de los caminos, las cuentas de los graneros y hasta con los títulos de propiedad de la gran mansión.

Cuando el Rey quiso darse cuenta, ya no era dueño de casi nada.

La mansión seguía llevando su nombre.

Pero las decisiones las tomaban otros.

Y fue entonces cuando apareció en escena el Corazón de Búfalo.

Era joven.

Fuerte.

Ambicioso.

Y caminaba con la seguridad de quien cree que el futuro le pertenece.

Al principio llegó como visitante.

Luego como consejero.

Después comenzó a entrar y salir de la mansión sin pedir permiso.

Y con el paso del tiempo empezó a comportarse como el verdadero dueño de casa.

Los animales más viejos observaban sorprendidos.

—¿Quién es ese búfalo? —preguntaban.

—Es el Corazón de Búfalo —respondían otros—.

El que vino a ocupar el espacio que dejó vacío el Rey León.

Mientras tanto la Reina parecía rejuvenecer.

Sus ojos brillaban nuevamente.

Su energía parecía renovarse.

Los zorros comentaban entre risas que el secreto era el colágeno del búfalo.

Los loros repetían la historia por todos los árboles.

Y los monos la exageraban hasta convertirla en leyenda.

Lo cierto era que la Reina ya no hablaba del pasado.

Miraba hacia adelante.

Y cada día parecía más decidida a conquistar nuevos territorios.

Su ambición ya no terminaba en la mansión.

Ahora observaba todo el reino de San Luis con ojos de conquista.

El Rey León, en cambio, recorría los senderos contando las viejas glorias de otros tiempos.

Hablaba de cuando todos obedecían.

De cuando todos escuchaban.

De cuando todos lo seguían.

Pero cada vez eran menos los animales que se detenían a escucharlo.

Porque la selva tiene una regla que nadie puede cambiar.

El pasado da prestigio.

Pero el presente da poder.

Y el futuro pertenece a quienes saben construirlo.

Una tarde, mientras observaba el dique desde lejos, el viejo Rey León comprendió algo que jamás había querido aceptar.

La mansión seguía allí.

La loma seguía allí.

El reino seguía allí.

Pero el tiempo ya no le pertenecía.

Y entendió, quizás demasiado tarde, que no había perdido su reino por culpa de otros.

Lo había perdido porque nunca advirtió que mientras él miraba hacia atrás, otros estaban construyendo el mañana.

Moraleja

En la vida y en la política, los tronos rara vez son conquistados por la fuerza y provocación.

La mayoría de las veces son entregados lentamente por quienes creen que el tiempo se detiene para esperarlos.

Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia,..

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