Adolfo cantate una que sepamos todos y que no tomes de giles a los medios

Adolfo cantate una que sepamos todos y que no tomes de giles a los medios

Por Gustavo Thompson.

Hay que reconocerle algo a Adolfo Rodríguez Saá: su capacidad para el teatro político no envejece.

El problema no es que él intente seguir operando en el barro que mejor conoce devenido de cerebro setentista y analógico; el verdadero problema es cuando el periodismo se presta como partenaire involuntario —o complaciente— de un libreto que ya tiene las patas demasiado cortas.

Hoy vemos al «Adolfismo» desfilar por los medios de comunicación de la provincia plantando bandera de indignación, hablando de reformas y cuestionando al oficialismo como si fueran analistas neutrales o víctimas de una persecución inesperada.

Pero en San Luis nos conocemos todos.

Desprender la repentina reaparición mediática de Adolfo de la verdadera pulseada de fondo es, como mínimo, un acto de ingenuidad periodística.

O de algo peor.

El fin del cogobierno y el pacto de impunidad

Lo que Adolfo no te va a decir frente a un micrófono amigable es que su repentino ataque de verborragia no es por la calidad institucional de San Luis.

Es por la caja y por el poder real.

Durante mucho tiempo, Claudio Poggi gobernó bajo la sombra de un pacto implícito, un esquema de «cogobierno» donde el Adolfo mantenía ministerios, secretarías y cuotas de influencia que garantizaban su supervivencia política y económica.

Pero las reglas cambiaron.

El actual gobernador ejecutó un plan tan quirúrgico para sincerar el poder: le quitó las estructuras, desarmó el cogobierno y, fundamentalmente, dinamitó el histórico pacto de impunidad.

Al quedarse sin juguetes y sin influencia en las decisiones del Estado, Adolfo recurre a la única herramienta que le queda: la presión mediática para llevar agua a su propio molino y ahí entran los ilusos que bien lo vio a tiempo Trombetta y le bajo la nota.

La trampa de la reforma y el traje a medida

Cuando Adolfo se sienta en un estudio a quejarse de la reforma política y constitucional, los entrevistadores deberían hacer la pregunta más elemental del manual: “Dígame, Rodríguez Saá, si la reforma avanza y la retroactividad de los mandatos se aplica yendo hacia atrás en la historia… ¿por qué los únicos que quedan afuera del juego son ustedes?”.

Si tiramos del hilo de la retroactividad y nos vamos hasta la época de los Mendoza, nos damos cuenta de que nadie más que los Saá repitió mandatos de esa manera. La reforma va directo a terminar con la dinastía, y por eso el Adolfo salta.

No es ideología; menos San Luis, es supervivencia familiar.

El olor de los negocios

¿Y por qué la ruptura definitiva se da ahora?

No busquen razones filosóficas y de lector de miles de libros.

Hay que mirar los expedientes económicos y, específicamente, la minería.

El distanciamiento real y definitivo ocurrió cuando se empezaron a discutir los negocios que se vienen para la provincia.

Cuando Adolfo se dio cuenta de que ya no formaba parte del reparto económico del futuro, se acordó de que era oposición.

El rol del periodismo: ¿Cómplices o punching balls?

Los medios no pueden seguir siendo el punching ball de un político en retirada.

Sentar a un dirigente a decir lo que se le antoja, fuera de tiempo y sin cuestionarle el contexto, no es hacer periodismo; es regalarle el micrófono para que ejecute su estrategia personal. Insólito…

La sociedad necesita que le expliquemos el mapa completo.

Hay que avisarle al oyente y al televidente dónde empezó este plan, qué intereses económicos defienden y por qué se están matando.

Si el periodismo no pone ese contexto sobre la mesa, termina siendo funcional al juego del entrevistado.

Y en este escenario, el que no expone la jugada, o es cómplice de la opereta, o está siendo usado de sonso que es lo más viable.

Ya va siendo hora de cambiar la música en San Luis.

Como dice el dicho: cantate una que sepamos todos, porque a esta altura, el cuento del Adolfo ya no se lo cree nadie.

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