Los hermanos Rodríguez Saá vuelven a escena y desafían a toda una generación

Los hermanos Rodríguez Saá vuelven a escena y desafían a toda una generación

Por Gustavo Thompson.

Cuando los líderes del pasado pretenden volver a conducir una realidad que ya no existe

La política tiene una característica implacable: el tiempo no perdona.

Los dirigentes pueden acumular experiencia, construir poder, dejar huellas y protagonizar capítulos fundamentales de la historia.

Pero existe una diferencia enorme entre haber sido indispensables en una época y seguir siendo imprescindibles décadas después.

La reaparición conjunta de Adolfo y Alberto Rodríguez Saá bajo la bandera de una supuesta reunificación del peronismo sanluiseño abre una discusión mucho más profunda que una simple estrategia electoral.

La pregunta no es si tienen derecho a participar de la política.

Por supuesto que lo tienen.

La verdadera pregunta es otra: ¿Tienen derecho a presentarse como los únicos capaces de ordenar el peronismo, ignorando a toda una generación de dirigentes que creció, se formó y construyó territorio mientras ellos protagonizaban sus propias disputas de poder?

Durante años, el peronismo de San Luis estuvo atravesado por enfrentamientos internos, fracturas, expulsiones, divisiones y conflictos que tuvieron como protagonistas centrales precisamente a los hermanos Rodríguez Saá.

Las consecuencias de esas disputas todavía se sienten.

Se rompieron vínculos políticos.
Se fragmentaron estructuras territoriales.
Se expulsaron dirigentes.
Se generaron heridas que nunca terminaron de cerrar.

Y ahora, paradójicamente, quienes fueron protagonistas de gran parte de esa fragmentación pretenden presentarse como los arquitectos de la reconstrucción.

La contradicción es evidente.

Pero además existe otro problema todavía más importante.

El mundo que conocieron Adolfo y Alberto ya no existe.

No existe la economía de los años noventa.

No existe la Argentina de comienzos de siglo.

No existe el escenario político donde el poder se concentraba en pocos actores y donde las decisiones se tomaban bajo reglas completamente diferentes a las actuales.

Hoy la sociedad demanda otra cosa.

Demanda transparencia.
Demanda diálogo.
Demanda innovación.
Demanda dirigentes que comprendan las nuevas dinámicas económicas, tecnológicas y sociales.

Las nuevas generaciones crecieron en un mundo distinto.

Piensan distinto.
Trabajan distinto.
Se comunican distinto.

Y pretender gobernar el presente utilizando exclusivamente las recetas del pasado puede transformarse en uno de los errores más graves de cualquier proyecto político.

San Luis necesita experiencia.

Pero también necesita renovación.

Necesita memoria.

Pero también necesita futuro.

Lo preocupante no es que dos dirigentes octogenarios y analógicos quieran seguir participando de la política.

Lo preocupante sería que intentaran condicionar, bloquear o minimizar el surgimiento de nuevos liderazgos capaces de interpretar los desafíos del siglo XXI.

Toda sociedad sana necesita recambio y sin golpes bajos y tufillo a mafia de los 70.

Toda organización sana necesita nuevas generaciones.

Todo movimiento político que pretende sobrevivir necesita abrir espacios, no cerrarlos.

Porque cuando los liderazgos históricos se transforman en tapones generacionales, dejan de ser parte de la solución y comienzan a convertirse en parte del problema.

El peronismo sanluiseño enfrenta hoy una decisión trascendental.

Puede seguir mirando permanentemente por el espejo retrovisor, buscando respuestas en un pasado que ya no volverá.

O puede animarse a construir una nueva etapa protagonizada por dirigentes que entiendan el presente y se preparen para el futuro.

La experiencia merece respeto.

La historia merece reconocimiento.

Pero ninguna trayectoria, por importante que haya sido, puede convertirse en un derecho hereditario sobre el futuro de una provincia.

San Luis necesita una nueva generación de dirigentes.

No porque deba olvidar a quienes construyeron parte de su historia.

Sino porque ninguna sociedad crece cuando sus hijos deben pedir permiso para soñar con el futuro.

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