Monica Becerra: El Caballo de Trolla se asoma en San Luis

Monica Becerra: El Caballo de Trolla se asoma en San Luis

Hay algo que en política no se puede sostener demasiado tiempo: la incoherencia.

Y cuando esa incoherencia se apoya en la fe, el impacto es mucho más profundo porque deja de ser solo político y pasa a ser moral.

El caso de Mónica Becerra empieza a entrar en ese terreno incómodo donde el discurso que la proyectó comienza a chocar con la práctica que hoy sostiene. No estamos hablando de una dirigente improvisada ni de alguien que llegó desde afuera sin historia; viene del sistema, tuvo poder, tomó decisiones y formó parte de estructuras que hoy intenta resignificar con un relato apoyado en valores cristianos, en la cercanía con la iglesia y en una imagen de bonhomía que, en su momento, le permitió conectar con un sector de la sociedad que busca algo distinto dentro de la política. El problema no es ese punto de partida, el problema es lo que vino después.

Porque cuando la fe se convierte en herramienta de construcción política, el estándar de exigencia cambia, se cae lo doctrinario, se impulsan los «valores».

Ya no alcanza con hacer política como todos los demás. Se supone que quien se presenta desde ese lugar viene a marcar una diferencia. Y ahí es donde aparece la grieta interna del discurso. No porque exista necesariamente un escándalo puntual que la deje al descubierto, sino porque la contradicción es más profunda: se instala una narrativa de valores que luego convive con decisiones, posicionamientos y respaldos que muchos de esos mismos votantes no logran compatibilizar con aquello que se les prometió. Y cuando eso ocurre, la pregunta deja de ser religiosa y pasa a ser política: ¿se gobierna desde los valores o se usan los valores para llegar al poder?

Lo que agrava el cuadro es que este fenómeno no es aislado ni local. Empieza a tomar forma como un entramado nacional donde la fe evangélica se transforma en un activo electoral para ocupar bancas, armar listas y construir representación.

En Jujuy, por ejemplo, se han señalado prácticas que hablan de un uso discrecional del poder con fuerte impronta familiar, con denuncias públicas sobre nombramientos masivos de allegados dentro de estructuras legislativas, lo que instala una sospecha clara: la utilización de la política como extensión de un círculo cerrado, pero legitimado desde un discurso religioso. También en Neuquén, el caso de figuras como Nadia Marquez vinculada al mundo evangélico que llegaron a cargos públicos arrastrando cuestionamientos por promesas incumplidas o conflictos en su gestión refuerza la idea de que el prestigio religioso se convierte en capital político, pero no necesariamente en garantía de transparencia o coherencia, Villaverde, Lemoine «religiosos» que terminan representando a regímenes satánico..

Cuando se sube el nivel al plano nacional, la tensión se vuelve más evidente. Esos mismos dirigentes, que en territorio construyen desde la fe, terminan integrando bloques donde deben convivir con lógicas de poder tradicionales, decisiones duras y alianzas que nada tienen que ver con el discurso inicial. Y ahí es donde la contradicción se vuelve insostenible: porque la política no es neutral, se vota, se respalda y se defiende. Entonces el votante que fue interpelado desde valores empieza a preguntarse dónde quedan esos valores cuando hay que tomar decisiones concretas, sobre todo cuando esas decisiones afectan a los sectores más vulnerables ¿Cómo le explica a Dios, Mónica Becera el caso Libra, el 3% de Karina, el caso Adorni?, Dios para acercarme al poder pero Dios no esta cuando aparece la corrupción y ¿las inmoralidades?. LLego a la legislatura gracias a Dios y legislo ¿de la mano de Satán?, ¿es así?.

La política argentina tiene una vieja práctica: poner caras confiables al frente de estructuras complejas. El famoso “palito blanco”, esa figura que transmite decencia, cercanía y valores, pero que en realidad funciona como puerta de entrada a esquemas donde nada cambia en el fondo. Lo que hoy empieza a discutirse es si este nuevo fenómeno del evangelismo político no está repitiendo ese mismo patrón con otro lenguaje. No es la fe el problema, es su utilización. Porque cuando la espiritualidad se convierte en estrategia electoral, deja de ser un valor y pasa a ser una herramienta.

Y ahí es donde el caso de Becerra cobra otra dimensión. No por un hecho puntual, no por un escándalo concreto, sino porque queda atrapada en ese fenómeno más amplio donde la coherencia es puesta a prueba todos los días. Porque quien decide pararse desde la fe como plataforma política queda obligado a algo más que el resto. La vara es más alta. Y cuando esa vara no se sostiene, el golpe es más fuerte, porque la decepción también lo es.

Al final del día, el poder se puede construir desde muchos lugares, pero la credibilidad solo se sostiene desde uno: siendo lo mismo que se dice ser. Y en la Argentina de hoy, donde la sociedad ya aprendió a mirar más allá del discurso, esa diferencia empieza a ser determinante.

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