Saltar al contenido
Por Gustavo Thompson.
En política, la comunicación no es un accesorio.
– es poder
Y cuando ese poder se utiliza mal, no solo no ordena…
– expone, desgasta y debilita.
Lo que hoy empieza a observarse en la gestión de Claudio Poggi no es un problema de gestión en sí mismo, sino algo más profundo: un grave error de enfoque comunicacional.
Un error que no es menor, porque toca directamente la investidura del gobernador.
La comunicación política tiene una regla básica, casi elemental: el gobernador no puede pelear como un dirigente más
No puede ser llevado al barro.
No puede ser parte del ruido.
No puede quedar atrapado en la lógica del enfrentamiento permanente.
Porque cuando eso ocurre…
– pierde jerarquía quedando a un paso de perder gobernabilidad porque cuando se pierde el respeto comienza la debacle.
Sin embargo, lo que se está viendo es contradictorio.
Se lo coloca en el centro del conflicto.
Se lo expone al cruce.
Se lo introduce en una dinámica de confrontación que no le corresponde.
– se lo baja al ring como si no tuviera anticuerpos, careciera de emisarios, todo es palo y a la bolsa, imposición absoluta, un tufillo a régimen improvisado.
Y ahí aparece el problema central.
Cuando la máxima autoridad institucional entra en lógica de pelea:
– deja de ordenar
– deja de representar
– y empieza a desgastarse
La política contemporánea es brutal en ese sentido.
Todo lo que se emite…
– vuelve
Y en un contexto donde se potencia el enfrentamiento, lo que se genera es una espiral: más agresión → más respuesta → más desgaste (el poder equitativo de las redes)
El caso reciente que se ha instalado alrededor de Bartolomé Abdala es un ejemplo claro de esa lógica.
En lugar de amortiguar el conflicto…
– se lo amplifica
En lugar de encapsularlo…
– se lo expone, se nota la mano oficialista, se nota y mucho, no es correcto, es torpe y de bajo vuelo.
Y en ese punto, la comunicación deja de ser herramienta de gobierno
– para convertirse en factor de riesgo
Hay algo que la experiencia política enseña: el poder no se defiende gritando y Maxi Frontera, por ejemplo, lo aplica a la perfección.
El poder se defiende:
-
con templanza
-
con distancia
-
con control del escenario
El gobernador debe ser percibido como:
– árbitro, no jugador
– conductor, no contendiente
Cuando se rompe esa lógica, lo que aparece es el desgaste.
Y el desgaste no es inmediato.
– es progresivo
La sociedad no reacciona en el momento.
– observa
Y esa observación, con el tiempo, se transforma en percepción.
Otro punto crítico es la multiplicación de frentes.
Cuando un gobierno:
-
abre varios conflictos al mismo tiempo
-
no jerarquiza las discusiones
-
no administra la agenda
– pierde control del relato
La comunicación, en esencia, es administración de tensiones.
No eliminación.
– administración
Y eso implica saber:
-
cuándo hablar
-
cuándo callar
-
cuándo confrontar
-
y cuándo elevarse
Hoy, lo que se percibe es una estrategia que hace exactamente lo contrario:
– baja la figura del gobernador
– lo expone al desgaste
– y lo mete en una dinámica de confrontación innecesaria, lo están agarrando de punto.
Y eso, en términos políticos, es un error grave.
Porque el gobernador no solo gobierna.
– representa
Y cuando la representación se erosiona…
– el poder también
No es un problema de contenido.
– es un problema de forma
Y en política, la forma muchas veces define el fondo.
Un gobernador no está para pelear el conflicto…
está para estar por encima de él.