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Por Gustavo Thompson.
La reunión realizada este 24 de mayo en Toro Negro dejó mucho más que un locro patrio y una postal de militancia histórica.
El encuentro, que reunió a poco más de un centenar de dirigentes, referentes barriales, exfuncionarios y sectores tradicionales del justicialismo puntano, terminó convirtiéndose en un hecho político de enorme trascendencia para el futuro del peronismo en San Luis, pese a la pobreza de la convocatoria quién legitima la puesta en escena es el mismo Adolfo.
El dato más fuerte no fue solamente la pobre convocatoria.
Tampoco el simbolismo del lugar.
Lo verdaderamente relevante fue el mensaje político que dejó Adolfo Rodríguez Saá: un claro intento de reconstrucción del peronismo histórico y exitoso de San Luis, acompañado por una toma de distancia explícita del gobernador Claudio Poggi.
Durante su intervención, Adolfo fue contundente.
Cuestionó duramente aspectos de la actual gestión provincial y mencionó situaciones que, según expresó, reflejan deterioro y desmanejo.
Habló del estado de las autopistas, cuestionó las “prebendas” vinculadas al sistema de bicicletas TuBi y dejó en claro que ya no existe ningún tipo de vínculo político con el oficialismo provincial.
“Nos echaron del gobierno”, sostuvo, en una frase cargada de lectura política y emocional.
Pero quizás el momento más impactante llegó cuando también habló del Partido Justicialista.
Allí afirmó que “Nos echaron del partido por la policía”, aunque aclaró inmediatamente que no guarda rencor y que desea conversar con su hermano Alberto Rodríguez Saá.
Ese gesto político no pasó inadvertido.
Mucho menos después de que el propio Alberto, días atrás, manifestó públicamente que el diálogo con Adolfo podría existir si se apartaba definitivamente de Claudio Poggi, a quien responsabiliza políticamente por la persecución judicial hacia dirigentes y sectores de su espacio. Bueno chicos/as, si robaron hay que hacerse cargo ¿no les parece?.
Y eso fue exactamente lo que ocurrió en Toro Negro.
Adolfo marcó distancia de Poggi con absoluta claridad.
No dejó margen para interpretaciones ambiguas.
Fue una señal directa hacia Alberto, hacia el peronismo tradicional y hacia todos aquellos sectores que todavía esperaban una definición política concreta.
El tablero comenzó a moverse.
Todo indica que el histórico reencuentro entre los hermanos Rodríguez Saá ya no parece una fantasía imposible.
El escenario empieza lentamente a construirse y la política puntana vuelve a ingresar en una etapa impredecible, intensa y profundamente emocional. ¿van a dejar que los octogenarios ganen la agenda en San Luis?.
Sin embargo, el verdadero problema no está arriba.
La dificultad más compleja no pasa solamente por si Adolfo y Alberto se sientan o no a conversar. Es solo nostalgia, no tienen posibilidades en el 2027, ambos están absolutamente fuera de tiempo y lugar, son analógicos intentando integrarse al mundo digital.
El gran conflicto aparece debajo de ellos: en las segundas, terceras y cuartas líneas de ambos espacios, donde durante años se acumularon heridas políticas, enfrentamientos personales, operaciones cruzadas y daños que hoy parecen extremadamente difíciles de reparar.
Allí reside la verdadera tensión.
Porque mientras los «líderes de ayer» pueden intentar reconstruir puentes, las estructuras que quedaron enfrentadas durante años mantienen cicatrices profundas que no se curan únicamente con una foto o un abrazo político. El problema no son ellos, son los hijos que les recriminan: ¿piensan volver con esos viejos corruptos que se han quedado con todo?.
Desde el punto de vista de la neuropolítica, el mensaje de Adolfo Rodríguez Saá dejó una contradicción muy fuerte entre forma y contexto.
El exgobernador y presidente habló como si estuviera frente a una multitud épica, utilizando tonos elevados, gritos permanentes y una narrativa emocional de confrontación, pese a que el encuentro apenas superó el centenar de asistentes y contaba además con un sistema de audio potente que hacía innecesario forzar la voz. Esa desconexión entre el volumen emocional emitido y la magnitud real del escenario genera un ruido perceptivo en el receptor moderno (muy mal asesorado porque en el 2026 no debe haber guerra alguna, no es la forma).
La política actual ya no conecta del mismo modo con discursos de “batallas”, “luchas” o épicas de resistencia propias de otra etapa histórica del peronismo.
Hoy la sociedad procesa liderazgos más vinculados a la calma, la gestión, la cercanía y la resolución concreta de problemas.
En términos neuropolíticos, el cerebro social contemporáneo interpreta muchas veces esos tonos exageradamente confrontativos como señales de pasado, desgaste o desconexión temporal.
Allí apareció quizás la mayor debilidad del mensaje: mientras el contenido político de acercamiento con Alberto podía abrir una nueva etapa, la estética emocional utilizada por Adolfo pareció anclada en un lenguaje político de hace veinte años.
Toro Negro, entonces, no fue un acto más.
Fue el primer movimiento visible de una posible reconstrucción del peronismo puntano.
Un ensayo de unidad. Un mensaje hacia adentro y hacia afuera. Y, sobre todo, una advertencia de que el mapa político de San Luis podría entrar nuevamente en una etapa de transformación histórica.
La pregunta ya no es si habrá diálogo.
La verdadera pregunta es si habrá tiempo, voluntad y grandeza suficiente para sanar todo lo que quedó roto debajo de los hermanos Rodríguez Saá.