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Por Gustavo Thompson.
En política hay algo mucho más peligroso que un adversario visible: el que nadie quiere ver.
Y eso parece estar ocurriendo silenciosamente en Villa Mercedes.
Mientras gran parte del oficialismo mercedino vive consumido en internas absurdas, discusiones setentistas, egos personales y operaciones menores de café político, afuera comienza a crecer lentamente una figura que nadie nombra públicamente pero que todos observan de reojo.
El candidato tapado existe.
Y el problema no es solamente que exista.
El verdadero problema es que muchos dentro del propio oficialismo mercedino parecen no darse cuenta que el tiempo pasa, la sociedad cambia y la política no espera a nadie.
Porque mientras algunos juegan a las pequeñas miserias internas creyendo que el poder es eterno, hay un hombre que todos los días se rompe el lomo recorriendo el territorio, caminando barrios, sosteniendo gestión, dando respuestas y manteniendo viva la relación emocional con la ciudad: Maximiliano Frontera.
Y aquí aparece el punto más delicado de todos.
Muchos dentro del espacio parecen no comprender todavía algo elemental: si Maxi se va, se van todos con él.
Tooooodos.
Porque guste o no guste, hoy el verdadero ordenador político, territorial y emocional del oficialismo mercedino es Frontera.
No las estructuras.
No los cargos.
No las oficinas.
No las internas de pasillo.
Es él.
Y eso obliga a una reflexión urgente.
Porque mientras Frontera pone el cuerpo todos los días, muchos sectores del propio oficialismo siguen mirando desde la tribuna como si el capital político fuera infinito o automático.
Y no lo es.
La política moderna no perdona la comodidad.
Mucho menos la ingratitud territorial.
Aquí es donde aparece el gran dato que La Línea pone sobre la mesa: el único candidato verdaderamente bendecido hasta hoy dentro del esquema oficialista tiene nombre y apellido: Nicolás González Ferro.
Y sin embargo, en lugar de fortalecerlo colectivamente:
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algunos especulan,
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otros operan,
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otros se miden solos,
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y otros siguen atrapados en lógicas antiguas creyendo que todavía la política se construye únicamente desde el escritorio o una banca.
Mientras tanto, afuera se mueve algo.
Se arma algo.
Crece algo.
El candidato tapado.
Ese que nadie quiere nombrar pero todos saben que existe.
Ese que aparece silenciosamente mientras los demás se pelean entre ellos.
Ese que entiende que cuando un espacio político se encierra demasiado sobre sí mismo, automáticamente deja libre el territorio emocional de la gente.
Y ahí empieza el verdadero peligro.
Porque la sociedad no espera definiciones eternamente.
La gente observa.
La gente compara.
La gente mide presencia, cercanía, humildad y capacidad de escucha.
Y cuando percibe desconexión interna o soberbia estructural, automáticamente empieza a mirar alternativas.
Por eso La Línea advierte algo simple pero profundo: el arbolito les está tapando el bosque y no están leyendo José Hernandez.
Mientras algunos oficialistas mercedinos siguen obsesionados con pequeñas disputas domésticas, no están viendo que afuera lentamente se fortalece una opción inesperada.
Y cuando quieran reaccionar quizás ya sea tarde.
Porque la política tiene una ley implacable: los vacíos se llenan.
Siempre.
Sobre todo cuando quienes deberían defender un proyecto colectivo empiezan a actuar más como propietarios individuales del poder que como militantes comprometidos con una construcción política.
Aquí no se trata solamente de una elección.
Se trata de supervivencia política.
Porque si el oficialismo mercedino no entiende rápidamente que debe salir masivamente al territorio junto a Frontera y fortalecer seriamente a González Ferro, después no habrá tiempo para lamentos ni búsquedas de culpables.
La autocrítica será inevitable.
Porque nadie podrá decir que no fue advertido.
El candidato tapado existe.
Está.
Crece.
Y quizás lo más peligroso de todo sea esto: mientras muchos miran hacia adentro, él ya empezó a construir hacia afuera.
Nada mejor que prevenir y reaccionar a tiempo, dice La Línea.