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Por Gustavo Thompson.
«La historia no recuerda a los que administran el poder; recuerda a los que transforman la Nación.»
Hace 52 años moría Juan Domingo Perón.
Pero más allá de las pasiones que sigue despertando su figura, hay una pregunta que hoy vuelve a instalarse con fuerza:
¿Qué diría Perón si pudiera observar la Argentina de 2026?
Probablemente no hablaría de derecha ni de izquierda.
Hablaría de conducción.
Y quizás comenzaría con una frase demoledora:
«Confundieron la política con el marketing y el poder con las redes sociales.»
Perón sabía que un país no se gobierna desde los discursos permanentes ni desde las operaciones mediáticas.
Se gobierna con un proyecto, con organización y con dirigentes capaces de interpretar a su pueblo.
Hoy vería una Argentina donde la grieta se convirtió en un negocio permanente.
Donde muchos dirigentes hablan más para las cámaras que para la gente.
Donde el adversario político dejó de ser un competidor para convertirse en un enemigo.
Y seguramente preguntaría:
«¿Dónde está la comunidad organizada?»
Porque para Perón el Estado solo no alcanzaba.
El mercado solo tampoco.
La solución era una sociedad organizada, con sindicatos fuertes, empresarios comprometidos, universidades pensando el futuro y dirigentes capaces de sentarse en una misma mesa aunque pensaran distinto.
Hoy observaría una dirigencia obsesionada por la próxima elección y muy pocos preocupados por la próxima generación.
También encontraría otra enfermedad.
La soberbia.
Dirigentes convencidos de que ganan solos como Claudio Poggi y Alberto Rodriguez Saá los dos Premios a la soberbia «Los Dos Venados».
Gobernantes que creen que el poder les pertenece.
Políticos que confunden una encuesta favorable con un cheque en blanco.
Y seguramente recordaría una de las enseñanzas más simples de la conducción:
«Nadie conduce solo.
El que cree que no necesita a nadie ya empezó a perder.»
Perón nunca creyó en los iluminados.
Creía en los equipos.
En la organización.
En la construcción permanente del poder.
No del poder para mandar.
Del poder para transformar.
También sería muy duro con quienes viven exclusivamente de la política.
Les preguntaría qué empresa generaron.
Qué escuela construyeron.
Qué industria desarrollaron.
Qué riqueza dejaron.
Porque una Nación no se hace distribuyendo pobreza.
Se hace creando riqueza y después distribuyéndola con justicia.
Y probablemente tendría una frase especialmente incómoda para toda la dirigencia argentina:
«Dejaron de discutir un proyecto de país para discutir quién ocupa un cargo.»
Eso explicaría buena parte de la decadencia.
Porque mientras el mundo compite por inteligencia artificial, energía, ciencia y tecnología, la Argentina sigue atrapada en discusiones pequeñas, personalismos y peleas que no mejoran la vida de nadie.
Si Perón caminara hoy por cualquier ciudad del país, seguramente encontraría argentinos cansados.
No cansados de trabajar.
Cansados de promesas.
Cansados de relatos.
Cansados de dirigentes que aparecen cada dos años para pedir el voto y desaparecen cuando terminan las elecciones.
Quizás, antes de volver a irse, dejaría una última advertencia.
No para un partido político.
Para toda la dirigencia nacional.
«Cuando los dirigentes dejan de escuchar al pueblo, el pueblo termina buscando otros dirigentes.»
Cincuenta y dos años después de su muerte, el gran debate ya no es si uno es peronista o antiperonista.
La verdadera discusión es otra.
¿Queda en la Argentina actual algún dirigente dispuesto a conducir antes que a dividir?
Porque las doctrinas pueden cambiar.
Los partidos pueden desaparecer.
Los nombres pasan.
Pero la política seguirá teniendo la misma obligación de siempre:
Construir una Nación antes que construir una candidatura.