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por Gustavo Thompson.
La visita de Adolfo Rodríguez Saá a Villa Mercedes dejó más preguntas que respuestas.
Durante casi dos horas de exposición, análisis político, referencias históricas, críticas al gobierno provincial y llamados a la unidad del peronismo, hubo una ausencia que llamó poderosamente la atención: Maximiliano Frontera.
Y la omisión no fue un detalle menor.
Porque cuando se habla de reconstruir el peronismo de San Luis resulta imposible ignorar al dirigente que hoy posee el mayor volumen político, electoral e institucional de Villa Mercedes, la ciudad más importante de la provincia.
La contradicción fue evidente.
Adolfo habló de unidad, pero cuestionó dirigentes.
Habló de futuro, pero se refugió permanentemente en el pasado, el teléfono fijo, el fax y las fotos Kodak.
Habló de nuevos liderazgos, pero pareció desconfiar de toda una generación que hoy ocupa responsabilidades de gestión.
Y habló de peronismo sin reconocer la realidad política que tiene delante de sus ojos.
La mesa de «Polémica en San Luis» coincidió en un punto central: nadie discute la importancia histórica de Adolfo Rodríguez Saá en la construcción de San Luis.
Lo que se discute es si ese capital político puede transformarse en una propuesta para el futuro o si quedó atrapado en una lógica analógica que ya no interpreta los tiempos actuales.
Durante la entrevista apareció además otro tema que despertó atención: la minería.
Lejos de concentrarse exclusivamente en la reorganización del peronismo, Adolfo dedicó buena parte de sus reflexiones al potencial minero de la provincia, particularmente al desarrollo de recursos estratégicos y al debate sobre el aprovechamiento de las riquezas naturales de San Luis.
No fueron pocos los que interpretaron que detrás de ese discurso existe una fuerte preocupación por el futuro esquema económico provincial y por los sectores que podrían adquirir protagonismo en los próximos años.
La minería apareció como un tema recurrente y no casual dentro de su exposición.
También llamó la atención la valoración positiva que realizó sobre Fernando Pastor, en contraste con la dureza utilizada para referirse a gran parte de la dirigencia política provincial.
Esa diferencia de trato fue observada por varios integrantes de la mesa como un dato político relevante dentro del nuevo escenario que intenta construir el exgobernador y ex presidente.
Pero quizás el aspecto más delicado fue el tono.
Porque resulta difícil convocar a la unidad mientras se desacredita a quienes piensan distinto.
Resulta difícil reconstruir un movimiento cuando se les explica a todos por qué están equivocados.
Y resulta difícil seducir a las nuevas generaciones cuando el mensaje parece partir de la premisa de que nadie está a la altura de quienes condujeron hace treinta o cuarenta años.
Villa Mercedes merece respeto.
Y respetar a Villa Mercedes implica reconocer también a quienes hoy representan a los mercedinos.
La política no se detiene.
Las sociedades cambian.
Los liderazgos evolucionan.
Y los pueblos siempre terminan encontrando nuevos intérpretes para sus demandas.
Por eso la gran pregunta que dejó la visita de Adolfo Rodríguez Saá no es si quiere volver al centro de la escena política.
La verdadera pregunta es si está dispuesto a comprender que el San Luis de 2026 ya no es el San Luis que él gobernó.
Porque la unidad no se decreta.
La unidad se construye.
Y para construirla primero hay que reconocer la realidad.
Han pasado torrentes de agua bajo el puente, y Villa Mercedes no esta dispuesto a tolerar ligerezas devenidos de octogenarios que piensan que si no son ellos no hay nadie, fundamentalmente, MINTIENDO, no declaman con sinceridad porque los verdaderos intereses están desde el poder real y no desde el poder político, ergo, la prioridad es la guita, no es la gente.