EL SILENCIO DE LOS PASTORES: CUANDO LA FE SE ENCUENTRA CON EL PODER, TIMBRE MONICA BECERRA

EL SILENCIO DE LOS PASTORES: CUANDO LA FE SE ENCUENTRA CON EL PODER, TIMBRE MONICA BECERRA

Por Gustavo Thompson.

Hay debates que la política intenta evitar.

Hay preguntas que muchos dirigentes prefieren esquivar.

Y hay silencios que terminan diciendo mucho más que cualquier discurso.

Durante décadas, las iglesias evangélicas argentinas construyeron una identidad basada en principios muy claros.

Desde los púlpitos se habló contra el ocultismo, contra el espiritismo, contra la consulta a los muertos, contra cualquier práctica que se apartara de lo que las Escrituras consideran compatible con la fe cristiana.

No era un tema secundario.

Era un tema central.

Miles de creyentes fueron educados bajo esa doctrina.

Pastores, líderes y predicadores dedicaron años enteros a enseñar que existían límites que un cristiano no debía cruzar.

Sin embargo, cuando la política entró en escena, algo comenzó a cambiar.

Lo que antes generaba rechazo inmediato pasó a ser ignorado.

Lo que antes provocaba sermones completos pasó a convertirse en un tema incómodo.

Lo que antes era motivo de denuncia pública pasó a ser relativizado o directamente silenciado.

Y allí nace la pregunta que cada vez más personas empiezan a formular:

¿Qué cambió?

¿Cambió la Biblia?

¿Cambió la doctrina?

¿O cambió la cercanía con el poder?

Porque la discusión no pasa solamente por Javier Milei.

La verdadera discusión gira alrededor de quienes dicen representar determinados valores religiosos y hoy prefieren mirar hacia otro lado.

La política argentina ha demostrado históricamente una enorme capacidad para absorber dirigentes, estructuras y voluntades.

Pero pocas veces se observó un fenómeno tan llamativo como el actual.

Pastores participando de actos políticos.

Referentes religiosos ocupando cargos públicos, legisladores, funcionarios.

Militantes de iglesias defendiendo estrategias partidarias.

Líderes espirituales transformados en operadores políticos.

Y en el medio de todo eso aparece una masa enorme de creyentes que observa desconcertada cómo muchas de las convicciones que antes parecían innegociables hoy son tratadas como detalles menores.

La pregunta es legítima.

Si mañana apareciera un gobernador peronista diciendo que consulta médiums, que recibe mensajes espirituales o que toma decisiones inspirado por experiencias sobrenaturales, ¿cuál sería la reacción de esos mismos sectores religiosos?

¿Habría silencio?

¿Habría comprensión?

¿O habría una condena inmediata?

La duda existe porque la vara parece haber cambiado.

Y cuando la vara cambia según quién ocupa el poder, la discusión deja de ser religiosa para convertirse en política.

Lo verdaderamente llamativo es que esta situación no está generando debate dentro de las propias comunidades de fe.

O al menos no públicamente.

Muchos creyentes se preguntan por qué algunos dirigentes religiosos exigen rigurosidad doctrinaria a los fieles comunes, pero parecen mucho más flexibles cuando se trata de dirigentes políticos con capacidad de otorgar espacios, cargos o influencia.

La historia demuestra que la mezcla entre religión y poder siempre fue peligrosa.

No porque la fe deba quedar fuera de la política.

Todo lo contrario.

Los valores son fundamentales para la construcción de una sociedad.

El problema aparece cuando los principios dejan de ser principios y se transforman en herramientas circunstanciales.

Cuando las convicciones dependen de quién gobierna.

Cuando la doctrina se adapta a la conveniencia.

Cuando el poder empieza a condicionar aquello que se predica.

Entonces ya no estamos frente a un debate espiritual.

Estamos frente a un problema político.

Quizás por eso el verdadero interrogante no sea qué piensa Milei.

Quizás la pregunta correcta sea otra.

¿Hasta dónde están dispuestos a llegar algunos dirigentes religiosos para conservar cercanía con el poder?

Porque tarde o temprano los creyentes terminan haciendo cuentas.

Y cuando eso ocurre, las explicaciones políticas suelen ser insuficientes.

La fe puede convivir con la política.

Lo que difícilmente puede soportar es la contradicción.

Y hoy esa contradicción empieza a ser observada por cada vez más personas por la ausencia de decencia.

Un religioso no puede avalar la corrupción, menos mirar para otro lado.

Por eso el silencio ya no alcanza.

Porque cuando los principios se ponen a prueba, no alcanza con predicarlos.

También hay que sostenerlos.

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