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Por Gustavo Thompson.
La política tiene una particularidad que no existe en casi ninguna otra actividad humana: quienes construyen liderazgo muchas veces terminan enfrentando el desafío más difícil de todos, que es saber cuándo dar un paso al costado.
En San Luis, el debate ya no pasa por la experiencia, los antecedentes o los logros de gestión de los hermanos Rodríguez Saá.
Nadie puede negar que tanto Adolfo como Alberto marcaron durante décadas la historia política de la provincia con todos sus aciertos y errores.
El verdadero interrogante es otro: ¿qué ocurre cuando los liderazgos históricos dejan de ser impulsores de nuevas generaciones para convertirse en el techo de esas generaciones?, las nuevas generaciones ya no los reconocen como reales l.ideres del presente, es más, casi como que les están perdiendo el respecto por la manera que intentan volver absolutamente fuera de tiempo, espacio y forma.
La discusión no es biológica.
No se trata de tener 80 años.
La edad, por sí sola, no invalida a nadie.
Lo que la sociedad comienza a cuestionar es la persistencia de una lógica política donde las decisiones estratégicas, los armados electorales, las candidaturas y los espacios de poder continúan orbitando alrededor de los mismos nombres de hace cuarenta años.
La política moderna necesita mentores, no propietarios.
Un líder trascendente no es aquel que se vuelve indispensable o cree que lo es.
Por el contrario, es aquel que logra construir una generación capaz de superarlo.
La grandeza de un conductor se mide por los líderes que deja detrás suyo, no por la cantidad de años que permanece sentado en la cabecera de la mesa.
Allí aparece una de las mayores contradicciones de los liderazgos históricos.
Mientras hablan de futuro, el escenario político continúa girando alrededor de figuras del pasado.
Mientras se menciona la necesidad de renovación, los espacios reales para esa renovación parecen siempre limitados porque están ellos digitando VOS SI, VOS NO.
Mientras se reclama protagonismo para los jóvenes, la última palabra sigue perteneciendo a los mismos dirigentes de siempre.
La consecuencia es inevitable: se produce un cuello de botella generacional.
Decenas de dirigentes de entre 30 y 60 años esperan oportunidades que nunca terminan de consolidarse porque el centro de gravedad político permanece inmóvil.
No importa cuánto cambie la sociedad, cuánto avance la tecnología o cuánto se transformen las demandas ciudadanas; el sistema sigue funcionando bajo las coordenadas de una época que ya no existe.
Aparecieron los octogenarios nuevamente al escenario político y San Luis se contamino con mensajes de violencia, relatos y formas del pasado, de tiempos oscuros de la Argentina, mentalidades setentistas formados en tiempos de violencia pretenden imponer un modelo obsoleto en el 2026.
Los maestros y pilares de la corrupción en San Luis hoy pretenden dar catedra de honestidad y transpartencia.
La política del siglo XXI exige velocidad, innovación, participación digital y nuevas formas de construcción colectiva.
Los liderazgos verticales y centralizados encuentran cada vez más dificultades para interpretar una ciudadanía que ya no espera órdenes, sino respuestas.
Por eso la pregunta que comienza a recorrer la política puntana no es quién tiene más experiencia.
La pregunta es quién está dispuesto a construir el futuro sin necesidad de controlarlo todo.
Los pueblos progresan cuando sus dirigentes entienden que el poder no es una propiedad privada ni una herencia familiar.
Es una responsabilidad transitoria.
La verdadera revolución política no consiste en conquistar el poder.
Consiste en saber entregarlo a tiempo para que otros continúen la obra.
Y quizás allí se encuentre el gran debate que San Luis deberá resolver en los próximos años: si seguirá mirando hacia los liderazgos que construyeron su historia o si finalmente abrirá la puerta a quienes están llamados a escribir el próximo capítulo.